MÚSICA COLOMBIANA

ASÍ ESTAREMOS HOY.

miércoles, 16 de septiembre de 2015

¿POR QUÉ?


Pintura 1

Estaba sentada la anciana duda, a la sombra de un frondoso árbol, con su ropaje desteñido mirando intranquila el transcurrir de la vorágine de la existencia. Sus manos huesudas, no dejaban de temblar. Del raído manto que cubría el rostro, se asomaban unos mechones de cabello curtidos por el tiempo, que la brisa iba agitando, con el temor de que fueran desprendidos del cráneo donde estaban aferrados. De lo que se alcanzaba a percibir del rostro, se notaba que nunca llegó a ser feliz, que había pasado la vida llena de preguntas, zozobras, angustias, debilidades y que de esas mismas frustraciones, las transmitió a todo aquel inocente trashumante, explorador de su amistad. Caminó siempre en busca del débil, entró en la mente de la juventud, se posó en el nido de los enamorados; era la reina en la actitud de los políticos y el hada en religiones y sectas. Aquello que tocaba, se volvía confusión, angustia, desastre.
Demostraba, allí, en ese paraje en que se encontraba, que jamás hizo gala de una amistad duradera, en ella, todo era oscilaciones, titubeos, indecisión y perplejidad, cuna insondable de celos, infidelidad, crímenes, guerras la hecatombe. No estaba allí yaciendo tal y como se podría ver, tomaba un descanso para fortalecerse, he iniciar con ahínco las asechanzas sobre la debilidad de un mundo hecho para su reinado.

Pintura 2

Pasaban a su lado para darle aliento, los celos, infidelidad, odio, envidia, animándola a continuar con su derrotero de incertidumbre sobre la humanidad. Con el temor del engaño en las palabras de respaldo, se aprestaba para volver a las andanzas, corroer a su paso la felicidad de un cosmos que ella, había labrado en inseguridad, perfidia, desazón y violencia. Atisbaba aguzando la vista, que por el sendero, no hiciera aparición su peor enemiga: la certeza; la que con su inmensa fortaleza destruía la iniquidad de su existencia. 


miércoles, 9 de septiembre de 2015

DESEMPOLVANDO


Copacabana y su vieja estación del ferrocarril

Desempolvar, era la palabra usada por las madres con mucha frecuencia, cuando se dedicaban a limpiar el cobijo, no sólo cuando el viento traía el polvo en el juego alocado de los remolinos, sino, también, con las travesuras de los vástagos, ciclones naturales de desorden. Hoy se quiere utilizar, para sacudir la polvareda de infinitos recuerdos, cubiertos por el tiempo para mostrarlos, que aunque sencillos, ingenuos, no dejan de ser evocadores de una época matizada por las delicias de la candidez. Los actos por pequeños, eran movidos por la fuerza motriz del amor.
Sé evoca aquel instante acogedor en que toda la familia se agrupaba en el comedor. Siguiendo la norma de la urbanidad, se esperaba que el padre, se sentara primero, después cada uno ocupaba su lugar. Mientras se degustaba el alimento, no faltaba la reprensión por alguna nota discordante de uno de los comensales; era allí, en aquel monumento de la solidaridad, en que se conocía el valor de los ancestros, se expedían las normas, enseñanza de la caridad, respeto por el semejante; distinguir entre el bien y el mal. Era pues en ese escenario, la universidad de la vida regentada por los maestros de la fidelidad acrisolada por el amor, a la espera de vernos graduados en los señores del futuro. Todo esto acaecía saboreando el plato materno.   

Ojo con lo que hacen tus hijos

Al seguir sacudiendo los anaqueles de la nostalgia, se roza con las hermosas niñas buscadas para que los domingos o días de fiesta, salieran por las calles recolectando dinero, para alguna obra benéfica, deportiva o cultural. Pegaban insignias con alfiler en el pecho de los parroquianos; atravesaban un lazo en la vía para detener los vehículos y con la mejor sonrisa tan casta como seductora, pedían a los visitantes la colaboración. Entre ese ramillete de flores en despunte, resaltaba nuestro primer amor. Hoy una venerable rosa, que se niega a marchitar.
    
     

martes, 1 de septiembre de 2015

LA RAZÓN DE VIVIR


Años entre la naturaleza

El peso de los años, iban carcomiendo la vitalidad de los seres queridos, los padres. Uno a uno se fueron yendo y el último suspiro, se quedó gravado en tallas perpetuas en el corazón. Son imborrables. Los vacíos dejados eran insondables. Una oscuridad terrible cubría la casa; la paredes era frías, el jardín familiar perdía su verdor, las flores estaban apolilladas, las abejas se alejaron al no percibir el néctar. El viejo radio calló para siempre al no encontrar quien lo escuchara; en la puerta no se volvieron a oír los toques de vecinos que llegaban a compartir vivencias; las ventanas se serraron al paisaje y los rostros no volvieron asomarse por los postigos. La soledad, llegó para quedarse y las quimeras ocuparon los espacios, nada volvió a ser igual.  
Sé posó una mirada postrera por la querencia, para retener en la memoria los bellos instantes vividos, no olvidar que allí dormitó la serenidad, la enseñanza, el amor y la paz. Serró el portón y guardó la llave, caminó despacio sin mirar atrás, sabía que era la última vez…Aquel sufrimiento lo iba amortiguando la batalla emprendida con la llegada de nuevas existencias, procreadas con amor en el vientre de la mujer amada; esos hijos, sin saberlo, fueron el oasis que refrescó la jornada, mitigando con sus risas, travesuras y porqués, los recuerdos de épocas doradas. Las lágrimas pasadas se embriagaron con los nuevos rostros inquisidores. 

Niña relajada

Los amaneceres dejaron de ser sombríos, pues, se anteponían las risas en los rostros angelicales, que llegaban al tálamo matrimonial en busca de calor o a escuchar historias narradas de tiempos idos, en las que no podían faltar, las epopeyas de los ancestros  arrieros, que a lomo de mula, hicieron patria; dejando en cada fonda tatuada con el filo del hacha, la honorabilidad, el valor, la responsabilidad, el espíritu de conquista que guardaban en uno de los bolsillos secretos del carriel, junto con la carta de la mujer amada.
Algo de eso quedó acuñado para siempre, en el transcurrir de sus vidas.    


miércoles, 26 de agosto de 2015

CARGADO DE ENSUEÑOS


Naturaleza viva

No inútilmente han pasado los años, se convirtieron en un baúl en que se guardan los recuerdos, coleccionándolos delicadamente, cómo quien atesora figuras de cristal, para que no vayan a romperse; de vez en cuando en que la soledad hace la visita acompañada de la congoja, intuitivamente, se abre el cofre sagrado de la evocación y una a una sus piezas, son limpiadas con el cachemir del amor humedecido por las lágrimas, fuente inagotable de la añoranza.
Durante el recorrido del otrora, se encuentra estampas decoradas de singular belleza, matizadas por una ingenua calma que el corazón saboreaba revestido de ternura, hacía que los amaneceres fueran radiantes y las noches tachonadas de luceros, un mullido tálamo de ilusiones, esperanzas y reposo. No se encontraba asomos de perturbación, temor o miedo. Desde los campos sembrados de honestidad, revestidos del verde de la paz, bajaban por los caminos a lomo de mula las notas de sentidos bambucos, las risas angelicales de los niños, el viento jugaba con las trenzas de las vírgenes campesinas, bajo la mirada del varón, que azadón al hombro lanzaba requiebros castos, tímidos y amorosos. Mientras los pueblerinos envueltos en la fragancia de la esperanza, escuchaban la sonoridad de las campanas provenientes de la torre de la iglesia, manifestándoles que un nuevo día había llegado.


Escudo familiar

Un ángelus arropaba los hogares. En la cocina, hervían las ilusiones, los bostezos, el chocolate y la pereza de los educandos al sonido del molinillo, batido por las manos pulcras de la madre que musitaba oraciones, mientras el perro dormitaba en un rincón. Por las calles semivacías se escuchaban el taconear de pasos fervorosos, encapuchados en delicadas mantillas con rumbo al templo, el de hombres acrisolados con destino al lugar de trabajo y un murmullo de voces infantiles inundaban la pasividad de la alborada, camino al encuentro de una educación preñada de urbanidad.        


miércoles, 19 de agosto de 2015

LOS APAGONES


Tesoros de la naturaleza

Transcurría la calenda del año 1945 en adelante. El Sitio de la Tasajera (Copacabana), era proveída de electricidad, por Fabricato; empresa dedicada a los textiles, que tenía su asiento en la vecina población de Bello. La capacidad de los motores, no era lo suficiente para que el alumbrado fuera persistente y cuando menos pensaba, llegaba la oscuridad. Poco, las amas de casa, hacía sus comidas con energía; los fogones de hulla estaban en todas las cocinas, los había de carbón de piedra que inundaban de humo el ambiente y los de leña, que eran comprados por bultos a los campesinos que bajaban desde la montaña ennegrecidos por el tizne. Cuando el repentino y repetitivo apagón afloraba, nada se descomponía, no había neveras, ni estufas, hornos; los ayudantes de las madres, eran su dedicación al hogar y el amor por la familia; para planchar, estaban diseñados los aparatos para ser calentados por el tizón extraído del fuego, que rechinaba sobre las tres piedras que sostenían con ternura las ollas de donde sobresalían las patas escarbadoras de suculenta gallina, plato apetitoso que aromaba el ambiente del lar, arropando  la mesa en un ambiente de cordialidad y respeto. Era el ciclo en que las velas, amortiguaban las sombras de la oscuridad, colocadas estratégicamente en cada habitación, empotradas en bellos candelabros de peltre; encendidas formaban siluetas fantasmales.

Hojas vivas

La chiquillería se tomaba el parque, con aquello juegos de otrora, en que desarrollaban la mente, el cuerpo y fortalecían la amistad; no había lugar vetado para ellos, cuando más disfrutaban aparecía el corte, los bombillos se negaban a resplandecer, la visibilidad se acortaba y la gritería salida de la garganta de los niños exaltaba la felicidad; no tomaban el instante como un inconveniente, por el contrario, era el momento supremo para alcanzar la felicidad, recreándose con las tinieblas. Por las negruras, se sentía el corretear los pies ligeros, el transpirar de unos cuerpos sudorosos, una mano pequeña que golpeaba la pared y la exclamación: liberto.           


miércoles, 12 de agosto de 2015

REMINISCENCIAS


Anturio

No existe forma alguna, el evitar las evocaciones, aunque sobre sí, haya caído todo el peso de los años y la curva descendente vaya mostrando que el final, no anda tan lejos; es perceptible en cada paso, en la atiborrada medicación, al enclaustrarse mental y físicamente buscando en la pasividad del silencio y el murmullo del recuerdo, la esperanza de poder adentrarse en las épocas de brillantez, adormilarse en los brazos vacíos de amores furtivos y reclinar el cansancio sobre rocas históricas en que descansan los seres queridos. Las remembranzas son traídas por el viento desde los confines, montadas en caballos voladores que desaparecen al soplo de la realidad y de la lágrima imposible de atajar. Añorar, se vuelve el juego rutinario distractor de soledades, reproches, incomprensión y hastío. Es la entretención compulsiva de la ancianidad en el derrotero al faltante de la vitalidad; placebo mentiroso que apacienta el tormento de la decrepitud.
Las reminiscencias, hacen posible deshacer la telaraña del olvido, revivir el pasado. Sin esfuerzo, se camina por el ayer cómo por un tapete purpurino, deslizándose con la suavidad del viento por entre la felicidad cronológica de lo acaecido. Es una actitud suprema de la imaginación que permite otear desde la atalaya de los años, el divagar por la existencia, correteando con la placidez del antílope.   

Belleza en casa

Ese permitirse volver a avizorar lo acaecido, es una forma deliciosa de encontrar nuevamente a los seres queridos; es sentir el aroma de viejos amores y acariciar los cabellos desordenados por la brisa, sentarse a la mesa en compañía de los patriarcas a degustar el pan, experiencias, honorabilidad y amores suculentos. Es ese sentir, de nuevas amistades nacidas en el remolino de las travesuras, selladas para siempre, con el tatuaje de la fraternidad. Es, el vagabundear por los campos verdes arados por las manos encallecidas, de campesinos honestos, sentir el dulzor del trapiche en noches de molienda y el caminar las noches de luna buscando la luz de las luciérnagas.               

miércoles, 5 de agosto de 2015

LA REALIDAD DICE OTRA COSA


A donde se irían

El cansancio de miles de juegos sencillos pero sociables, hacía que llegara a la cama fatigado; entre el tiempo de acomodarse y dormirse lo aprovechaba a lo máximo para viajar al futuro. Alcanzaba hasta dónde le fuera posible en el viaje de la imaginación, a escudriñar los intríngulis del destino. Entendía que existirían cambios, que seguramente nada sería igual; pero, en sus reflexiones, no oteaba que con el correr del tiempo, él envejecería y sus seres queridos tendrían el final. Continuaba embelesado en la meditación de un mañana acogedor, próspero, risueño y venturoso.  Creía que la humanidad avanzaría en procura de la perfección, que la violencia era vencida por la comprensión y el amor. ¿Cómo compartir sus pensamientos con los compañeritos? Tal vez a ellos poco o nada, les importaba irse a divagar por senderos ocultos y preferían regocijarse en el zumbar del trompo o elevarse a la par de la cometa sobre un cielo azul.
Nunca en sus recorridos mentales, se hicieron presentes los “adelantos” de la ciencia, ni se dejó ver por parte alguna la feroz tecnología, esa, que llegaría, para roer inclemente el pedestal en que estaba anclada la sociabilidad de los humanos ¡La unidad familiar! Quizás, si la hubiera detectado, no habría continuado las escapadas artificiosas en busca de un futuro, que él, presagiaba armónico, sereno y primaveral.  

Cuando no hay sino vacío

Cuando menos pensó, estaba sumido en el presente, hacía parte de él. Encontró la familia disuelta. La virginidad de las mujeres, era un estigma y no una virtud, niñas pariendo aferradas aún a la muñeca. La comunicación en el hogar, es un eco de soledad, de hastío y desamor. El cobijo virtuoso de otrora, se presta a los hijos, para calmar el erotismo. Los abuelos, dejaron de ser, las figuras patriarcales y fueron convertidos en niñeros de hijos no deseados, que los arrullan dando tumbos, sumidos en la decrepitud. Aquel refugio de penas y alegrías, de abrazos, besos, consejos y remanso de paz, se convirtió en soledad, en egoísmo y animadversión, ha triunfado la tecnología, lo virtual. La familia ha muerto y con ella la alegría de vivir.