MÚSICA COLOMBIANA

ASÍ ESTAREMOS HOY.

miércoles, 13 de julio de 2016

HUBO UN TIEMPO


Centro de reunión de aves.

HUBO UN TIEMPO…

Corría el meridiano del siglo pasado, el acontecer exhalaba otro ambiente. Los hogares, seguían los ritmos de una batuta que ejecutaba los movimientos, con el saber del corazón y la responsabilidad. Existían escuelas y colegios en que se enseñaba primero la honradez, que a contar el dinero, el respeto antes del poder. Las aves trinaban sin asfixia, el verde de los campos era el color natural, la nieve era perpetua, el agua corría a raudales; los niños jugaban ingenuamente por la cornisa de la imaginación. Las reuniones familiares, eran un festín de aprendizaje en donde los lazos de amistad, se ligaban hasta el pretérito. Para aquel entonces, las fincas enchambranadas eran sagrario de la heredad, reposo del carriel, ruana, machete y dados que rodaban lanzados por las manos callosas del campesino labrador de sueños e ilusiones, hoy, convertidas en lupanares de orgías promiscuas irrespetuosas del abolengo.  
Por las calles se caminaba con la cabeza en alto, llevando siempre una sonrisa al encuentro del trabajo honesto, sin negar un saludo a quien en la travesía se cruzaba. Simple gesto de urbanidad. Los asilos, eran lugares casi ociosos, pues las familias adoraban a sus ancianos ellos, representaban la hidalguía acumulada en el venerable patriarca, de caminar lento atiborrado de historia, que al narrarlas quedaban marcadas en el alma.
La niñez, correteaba alegremente fuera de temores, sin encontrar al paso libidinoso hambriento que mancillara la castidad de los sueños y borrara por siempre, la expresión de alegría en la faz angelical. Era satisfactorio, llegar al hogar perenne en que irradiaba el amor encasillado sobre el ejemplo y ser recibido en los instantes de angustia, por unos brazos de comprensión, prestos irrestrictamente a brindar ayuda. Hermosa y despampanante la lozanía de la mujer, maquillada por el poder de la naturaleza e irreprochable el donaire con que matizaba la pulcritud de su dignidad.    

             




miércoles, 6 de julio de 2016

A MALA HORA


Florece la vida

Se ha resaltado a través del tiempo en éstos escritos, la paz conventual que se respiraba entre los pocos habitantes, del idílico lugar encasquetado en la agreste montaña, circundado por un río y atalayado por la elevada torre de la iglesia; eso era Copacabana la tricentenaria población, que el conquistador español Jorge Robledo fundó, para dejar allí, un sembrado de honestidad en sus gentes. El trabajo limpio de hombres laboriosos, mujeres igual que manojos de flores silvestres, recatadas, pulcras, esposas fieles y madres apasionadas en la crianza de sus hijos; orgullosas en su preñez. El templo, era el lugar de encuentro matizado de oraciones exhaladas entre ruanas, cachirulas, mantones y genuflexiones. Las dos escuelas para diferencia de géneros, eran los castillos que albergaban a los niños, para continuar la preliminar educación hogareña, por unos maestros íntegros, que depositaban su saber con torrentes de amor. Las clases se iniciaban con una plegaria. En aquel pedacito de cielo, se respiraba paz. Todos se saludaban, era la constante; pareciera, por la similitud de los apellidos, que fueran familiares: Cadavid, Jiménez, Montoya, Zapata y Rivera. El aguardiente, era el único vicio, de eso daba cuenta, el aforo de las cantinas en los días domingo y festivos.
El viejo taita decía socarronamente: “de eso tan bueno, no dan tan bastante” y…vaya sí tenía razón. Por allá el año 1948 del pasado siglo, un viejecillo de apellido Álvarez, carpintero él, descargó los corotos en frente de la fábrica Andina y con ellos, sus dos hijos; sin saberlo, estaba descargando a la par, la maldición de la droga, en papeleticas mal olientes.
Sus retoños, empezaron a distribuir entre una juventud ignorante y tal vez ávida de aventuras, la marihuana en pequeñas dosis. Muchos cayeron en la trampa y se les veía pasar en grupos, para consumirla en la soledad del cementerio, en la oscuridad de un rincón en un callejón o en las cercanías de la plazuela de San Francisco. La “traba”, la llevaban a pasear a las cantinas y con una leve sonrisa en el rostro, disfrutaban de Daniel Santos y Celia Cruz, con el yerbero moderno, que aquellos “jibaros Álvarez”, les habían enseñado a regocijarse.



miércoles, 29 de junio de 2016

RECUERDO GRATO


Hace 50 años

Aunque se haya recorrido mucho en el tiempo, no es sencillo depositar en el olvido, acontecimientos que no por sencillos, marcaron indeleblemente nuestra vida, por eso, no es extraño que cuando menos se piensa se nos vengan encima de la misma forma que lo hace un derrumbe, que se viene silenciosamente desde la montaña cubriendo todo a su paso. Se estaba pequeño viviendo en el marco de la plaza en donde pastoreaban animales, las palomas volaban hasta la torre de la iglesia que les servía de atalaya para mirar el sosiego del villorrio, pero al primer repique de campanas para el rosario espantadas surcaban el cielo azul, algunas regresando al lar y otras a los árboles frondosos que daban belleza, aire y salud.
El rosario y la salve en el templo de Nuestra Señora de la Asunción, estaba dispuesto para la 6 de la tarde, el sacristán un viejo gordo que arrastraba ambas piernas hacía sonar las campanas para llamar la asistencia de los habitantes. El antiguo templo se iba llenando; venían de los campos cercanos, gentes humildes, los bobos del pueblo, la aristocracia con mantillas negras las mujeres que a la vez traían reclinatorios y los varones con elegancia. Se confundía los olores de pachulí con los de la tierra, la devoción con la farsa. Lo que no se puede alejar de la mente, era el recorrido por las naves del templo del Señor Sacramentado en manos del padre Julián Sanín, acompañado por cuatro caballeros de la alta sociedad, pero lo más impresionante, eran aquellas bellas niñas vestidas de ángeles, que tiraba flores al paso de la procesión, convencidas tal vez, que pronto volarían hasta el cielo.    



miércoles, 22 de junio de 2016

IGNOMINIA


Naturaleza al rojo

Es extraño el sentimiento, al ver la forma como vamos aceptando todo aquello que se lanza como innovación usando las palabras libertad y democracia. Se teme que el vulgo, nos señale de retrógrados, reaccionarios, atrasados y obcecados. Por esa falta de personalidad y cobardía, damos aceptación a cuanta aberración se les ocurre a depravados que habitan encubierto en sociedades, cofradías, instituciones y mil más abanderados de la destrucción del universo. Ese borregaje de aceptar por temor, nos ha ido llevando a perder nuestras ideas e ideales, a ser tan blandengues, que copiamos en toda su plenitud, la actitud estúpida del avestruz. Sin darnos cuenta (que no creo), nos volvemos correligionarios de la ignominia y de estampas promiscuas que prostituyen la cordura; es un ir montado en una hoja impulsada por la corriente del agua, hasta caer en el torrente que lo hundirá para siempre.  
Ese ir “¿Para dónde va Vicente?, para dónde va la gente”, es la forma más ridícula de caminar divagando por la inmensidad del universo; es marchar a cada paso entregando la conciencia, en pequeños mendrugos hasta quedar en una masa mal oliente, rodeada de remordimientos, que se seguirán ocultando bajo el alar de una sonrisa fingida y cruel como hiena al acecho, de presas desprevenidas que recorren la pradera, recogiendo flores silvestres, para adornar el altar de sus creencias, sueños, metas, cumpliendo con las reglas de la normalidad y el decoro.         
 

miércoles, 15 de junio de 2016

LA COZ


La belleza se deja ver


El temor a los reglazos en la escuela, hizo que fueran muchas las “mamadas” (la no asistencia); mientras los otros niños se encontraban en clase, él, se recorría la población, esperando que fuera hora para regresar a casa. En esas escapadas, practicaba natación en la quebrada Piedras Blancas, durmiéndose muchas veces sobra las rocas que cambiaban el cauce, para que la corriente de aguas limpias, entrasen a engrosar el charco, disfrute de las gentes de antaño, hoy, las urbanizaciones le robaron su espacio y sólo un murmullo se escucha cuando cruza la población, que dejó de serlo, para copiar a las grandes urbes.

Una tarde de esas en que rechazaba ir a la escuela, trepó con la maleta llena de cuadernos, lápiz, tinta china, por la calle que conduce al barrio El Chispero; llegando a la cima y antes de empezar la bajada que lo comunica con la quebrada, estaba un pequeña llanura, utilizada por uno de los gamonales del pueblo cómo ordeñadero, en el momento en que llegó, se estaba exprimiendo de las ubres el precioso líquido. La curiosidad de niño, hizo que se sentara a ver por la parte de atrás, mientras la vaca semidormida rumiaba; él, no se dio cuanta, que el animal no estaba maniatado requisito en aquel menester, al parecer, ella, tenía plena confianza del hombre que le extraía el albo brebaje, que sería alimento trascendental en los hogares. Cuando menos pensó, sintió que el mundo daba vueltas, estrellado como noche de enamorados, escuchó una voz lejana que le decía: “vallase para la casa que no le pasó nada, eso le sucede por engañar a los padres y no ir a la escuela; ¿vos sos hijo de quién? No hubo respuesta y corrió, corrió y corrió…     

miércoles, 1 de junio de 2016

VAPOR


Despuntando el día

VAPOR
Pareciera que hubiera sido destinado para la vaquería. Tenía su hogar a una cuadra bajando del puente de IMUSA y a otra cuadra antes de llegar a la desembocadura de la quebrada Piedras Blancas. Era un perro de gran alzada, contextura maciza, pelaje de un color rojizo, criado a sus anchas, el amo de apellido Mesa, carnicero de oficio, lo mantenía bien alimentado con desperdicios que quedaban del descuartizamiento de la res. Hay cosas que no dejan de ser extrañas en el comportamiento de los seres vivos. El amo de Vapor, se paseaba por las afueras de Copacabana, en busca de requiebros amorosos, en principio a pie limpio, cambiando por cubrirlos por sandalias de un cuero duro, quizás, con el deseo de aparentar ante la ingenua nueva Dulcinea. De tantas escapadas, se decía, que habían quedado varios retoños; de la misma manera de actuar, salió el can. Se le encontraba por todas partes en busca de hermosas hembras en celo y fueron muchas las camadas que quedaron cuidando casas ajenas.
Los miércoles, salían los carniceros hasta la feria de ganados de Medellín, a comprar el mejor novillo, para sacar con orgullo sus carnes en los toldos blancos, los domingos en un costado de la plaza principal. Hasta ahí, todo anda muy bien, pero en el recorrido desde la capital hasta el Sitio y lo curioso, era que en las puertas del poblado, los animales empezaba una estampida, desparramándose por calles, veredas y matorrales; era aquello, la alegría de los chicos que salían de las escuelas, temor de las solteronas que no se perdían repique de campana y tristeza de las amas de casa, porque sabían que aquella semana era probable la descomposición de la carne. El suceso, se prestaba para que de los vagos, salieran imitadores de toreros, usando como capote la camisa sudada. Era el momento en que entraba Vapor y con un don innato, iba recogiendo a cada res dispersada; era todo un espectáculo ver al sabueso buscar por cuanto rincón de la comarca, una a una las rumiantes.     
      


miércoles, 25 de mayo de 2016

EL CAFÉ PILSEN


El trompo


El hermano mayor le había entronizado desde muy pequeño, el gusto por la música cubana, de la que sobresalía la Sonora Matancera dirigida por Rogelio Martínez y su pléyade de cantantes. Hasta ahí todo era normal; el problema comienza en que, el entorno, era hostil a todo lo que no fuera melodías antiguas, rancheras, tangos, lo mismo que aires campesinos. La gente del condado se enteró de la adicción a la marihuana del “jefe” Daniel Santos y se imaginaban que todos eran lo mismo y que el que siguiera o gustara de aquella música, era un degenerado y pervertido, de inmediato se le colocaba el Inri. Él, como joven rebelde, empezó con su grupo de amigos, a ir cambiando las costumbres de un pueblo anquilosado, llegaron los zapatos apaches de 2 colores, camisas estampadas, pantalones anchos y el disfrute de las guarachas.

En Copacabana, se les veía como una plaga que podría pervertir a sus hijos. El hijo de don Francisco, todo un patriarca, era el marihuanero más grande que cruzaba las calles, las madres escondían a sus hijas, para evitar contacto con el degenerado; cuando en el equipo hacía gambetas y jugadas salidas de lo normal, se escuchaban voces: “Son los resultados de la traba.” Duro era la situación, pero aprendió de los padres el poder de la personalidad y que cuando la conciencia no tiene de que acusar, se debe dejar correr el mundo, sin el temor del que dirán. Hoy se recuerda ese capítulo de la vida y una sonrisa se escapa.