MÚSICA COLOMBIANA

ASÍ ESTAREMOS HOY.

miércoles, 22 de mayo de 2019

TODO UN ESPECTÁCULO


DESFILE DE  LA ESCUELA NIÑAS

Esto sucedió hace mucho…en los tiempos de la calma, cuando el rejo era el primer enderezador, en que los padres eran el centro familiar, por allá en que los maestros enseñaban comportamiento, normas antes que derechos; esa época en que Copacabana estaba distanciada de droga, atracos. Cuando en las fincas se rezaba el ángelus antes de emprender la jornada en el arado, cuando al río no le habían robado su espacio besándose con la vega y la quebrada estaba invadida de charcos para disfrute de los niños, por esa calenda, se instaló en la calle del comercio otra farmacia, la memoria dice que venía su propietario de Girardota. Esposa y dos hijos. Como el tiempo es así, la acrisolada dama envejecía y los retoños se hacían la entrada por la pubertad. Esos retoños eran la luz de los ojos de doña Inés. Al que se llenó de fantasías armoniosas, le colmó de acordeones de todas las marcas, atriles, cuadernos de notas musicales, profesores de solfeo y música y éste, quería mostrar sus avances en las cantinas, mostrando que podía dar el do de pecho.
Una mañana fresca, de esas que ofrecía el Sitio, en una de las ventanas apareció el aviso: Dentistería sin Dolor. Había puesto su consultorio un sobrino de doña Inés. El menor de los retoños de la acrisolada señora, se dedicó a aprender la profesión de saca muelas. Elkin lo tomó en serio, hasta en su vestimenta. Vivía impecablemente vestido sin dejar de ser vivarachero, amigo de todo el mundo, saludando siempre: “Amigo mío.” Comenzó extrayéndole las pocas piezas dentales a los despojados de la fortuna, personajes típicos y a los fogoneros de los carros de escalera. Con su profesión recorrió el país; en la isla Gorgona en tiempos de prisión fue el odontólogo de los reclusos. Se iba por temporadas largas, pero volvía a su dehesa con la misma simpatía de siempre. Una ocasión el templo hizo sonar las campanas, un buen grupo de personas estaba en frete de la puerta principal, tiraban arroz a una pareja de recién casados, bajaron por las escalas hasta donde los esperaba un carro de bestia adornado papeles de colores, al cajón se encaramaron Elkin y su distinguida esposa que sonrientes y agitando las manos, le dieron varias vueltas al pueblo. 

Alberto.                          


miércoles, 15 de mayo de 2019

LA MODA DE LA BICICLETA



ATARDECER EN COPACABANA

Se escuchaban los susurros desde   puntos equidistantes, pero el sonido de una sirena encasquetada en el capacete del Chevrolet de Trasporte Montecristo reventaba el silencio, hacía volar las tórtolas adormecidas en los palos de mango, las golondrinas propietarias del campanario y hasta las palomas sin dueño, buscaban la quietud de otro sitio; sonaba, para avisar a los del vecindarios que permanecían en los biflorados patios, la llegada de los seres queridos que por cualquier causa, se habían echado el penoso viaje hasta la capital de la montaña. Aquellas callejuelas eran pisadas por huellas de historia, de niños traviesos, de cascos de mula en recuas que llevaban caña dulce para los trapiches y los asalariados padres para llegar al aposento del aluminio y el plástico. Uno que otro poseía el bípedo aparato de la bicicleta, los que no, envidiaban con los ojos el rodar zigzagueante de la Monark o la Coventry “engalladas” de timbre, espejo retrovisor, guardabarros, farola al frente que iluminaba en las noches, movido por el dinamo en llanta trasera y la parrilla para montar pegajosos o parte del mercado.
La envidia que aquello proporcionaba, la calmó un pensante de la necesidad de los párvulos y hasta de mayorcitos. En la esquina de abajo donde terminaba la calle de la Rosca, un día cualquiera de un año ídem, se veían algunas segundonas bicicletas recostadas perezosamente a la pared a la espera de ‘jundillos’ que se posaran en los sillines raspados. Eso fue como destapando y haciendo botellas. La chiquillería colmó el local, ellos felices y los padres, ennegrecidos de la ira, pues no aguantaban a los hijos pidiéndoles dinero para alquilar después de la salida de la escuela. Se veían pasar raudos bajando por la plaza haciendo piruetas a toda velocidad, unos mostraban la destreza manejando con una mano, otros mas avezados sin tocar el manubrio; mientras Jesús Gallego (Chucho), iba guardando dinero y, ganándose el odio de las desesperadas madres que no daban abasto pegando botones, zurciendo camisas y pantalones, mientras muy quedo le iban mentando la madre. 

Alberto.                            

miércoles, 8 de mayo de 2019

EL CHARCO DEL SEMINARISTA



Al frente del poblado, arriba de la margen izquierda del río, donde comienza la montaña, estaba el latifundio de don Ramón Arango, hasta donde columbraba la mirada estaban los estacones con alambrada de la propiedad que dividía la vera del camino. Ese encantador paraje arborizado, desde donde oteábamos la historia añeja de Copacabana, tenía su encanto. La montaña le hizo un sendero a la corriente de agua, que cantarina se desprendía desde la cresta, la frescura del paisaje le hacía rebajar grados de temperatura, era fresca, por no decir helada. En su desprendimiento por entre rocas, fue construyendo un charco verde debido a su profundidad; las aguas eran serenas, pesadas, difíciles para el sobrenado, por aquellas circunstancias nace las la leyenda o tradición del nombre del charco. Se contaba en aquellas calendas, que un grupo de seminaristas se lanzaron a sus aguas y uno de ellos se desapareció en las profundidades.
Cuando la vitalidad de la juventud resopla por los poros, el temor no encuentra cabida, los mitos, leyendas, fábulas, ficciones o cuentos, en vez de atemorizar azuza para despojarse de dudas. La barra de amigos de vez en cuando planeaba la subida al lugar, (lo tomaban como un paseo de olla), se aperaban líquidos que calmaran la sed, alguna fruta y dele pa’l morro. Chanzas, cuentos de suave color y verdes cual lora en un yerbal, cantos y sobre todo en cada mochila cargaban la amistad. Se busca las partes altas de la montaña para lanzarse a aquella profundidad color esmeralda una y otra vez hasta que el gélido del agua, los hacía salir ¡Nunca pasó nada! Pero sí en uno de los regresos. La cauchera hacía parte del equipaje. En un arbusto las avispas “quita calzones,” había edificado vivienda y el otero, por el tamaño del nido, se notaba eran prolíficas. Sin darnos cuenta, uno disparó la cauchera y cuando menos pensamos no se escuchaba sino los zumbidos por encima de nuestras cabezas. Carreras alocadas, engarzadas de pantalones en las alambradas y un grito, uno de nuestros amigos fue picado en la cabeza y la avispa aún permanecía revolando en unos de los ‘cachumbos’ del ensortijado cabello. Susto, dolor, de quién después a base de empeño, llegaría a hacer alcalde de la tricentenaria ciudad del Sitio de la Tasajera. 

Alberto.

miércoles, 1 de mayo de 2019

RECORRIDO DE LA AÑORANZA


CASA DEL RECUERDO

La inquieta imaginación emprendió sin ninguna autorización, una tarde gris, un recorrido por la antigua señorial población del Sitio de la Tasajera. Todo estaba tal y como lo conoció. Salió desde la casa paterna, aún la carretera era la vía principal, arriba por el Pedregal estaba el condominio de los Montoya con su flota de carros de bestias, para la parte de abajo pasando la vega el caudal del río; toda la inmensa propiedad fortaleza del alemán circundada por infranqueable muro, después la insipiente Copahilos, la pequeña bajada sociedad de los Gómez, más adelante al pie de una virgen pudo observar los niños jugando bolas, esconde la correa, botellón, pelota envenenada, trompos a la rayuela, tenían en el bolsillo de atrás la condenada cauchera de varios ramales y, siguió…ahí era la entrada a la Azulita a la margen izquierda de la carretera aquella cruz casi tapada por pedruscos lanzados por los devotos, recuerdo de un muerto, que siempre pasaba lleno de miedo mirando para el lado contrario; adelante la estatua de la virgen que daba entrada al cementerio donde vio subir tantos muertos en hombros de los dolientes y bajar tanto llanto cuando el dolor existía; antes de emprender la subida, aquella casa finca que lindaba con la quebrada Piedras Blancas, ahí pastaba y pernotaban  vacas y caballos de Mama Luisa. Posó su divagación en el histórico puente. Veía pasar las cristalinas aguas de la caudalosa quebrada. Arriba por entre guayabales estaban los charcos: Charco Verde, Piedra Lisa, Charco Hondo etc. Caminando por la ancha acera de Imusa, estaba reposando el almuerzo los obreros, distinguió varios rostros y al final en la orilla del frente la tienda de Zacarías con la frescura de su avena blanca como un pecado de San Luis Gonzaga, mientras desde el frente, retumbaba un tango tristón desde la cantina de Tito, desde ahí, junto a la desembocadura de la quebrada en el río, de noche se escuchaba los chillidos de marranos y mugidos de los novillos en el matadero. Extrajo del corazón un recorte de nube para limpiarse las primeras lágrimas.  
El parque estaba que reventaba de parroquianos, se confundían los del pueblo con los de carriel y ruana. El atrio atestado de pañolones negros, reclinatorios y camándula, la estridencia de sonidos de discos en las cantinas, los ahogaban el repique de las campanas; por la esquina sur, hacia la aparición el verde y blanco del Instituto San Luis, antepuestos por la banda de “guerra” perseguidos por la chiquillería; por el norte, los educandos de la escuela de niños con el azul claro y blanco del uniforme; por la calle del comercio las niñas encabezadas por las señoritas Jiménez sus maestras y por el lado nororiental las bellas aspirantes al magisterio con aquel azul y blanco adornado por la seductora boina. La majestuosa palmera echaba miraditas sonrientes desde lo alto al homogéneo conglomerado de soñadores de paz pueblerina, que en el templo se entregaban a la oración. Los tejados enverdecidos por el tiempo mostraban la hidalguía, encubriendo con amor la historia de un rincón de ensueño. Ahí debajo de los palos de mango, acampaban los retazos de colores de los carros de escalera el 7 u 8 bancas, más allá el redondel del viejo kiosco con damitas sobrecogidas de amor naciente al arrullo de la melodía de Alfredo Sadel. La imaginación despertó de aquel ensueño, vio todo cambiado, la visión se opacó de lágrimas y retornó a acomodarse al vaivén en la silla del recuerdo.  

     Se llena por momentos de descontrol la existencia. Quedaste a merced de los vástagos, no te hace falta nada material; todo es puesto a la disposición ¡Eso te amarra! ¡Ni un reclamo! Tú espacio se va limitando, la independencia empieza a sentir ataduras y sientes que tus sueños han comenzado a morir… 

Alberto.


miércoles, 24 de abril de 2019

ESO QUE NO SE OLVIDA


Se recorría la serenidad emanada de la vieja Copacabana con los pantalones cortos, aferrados a las cargaderas de cuero, adherida a uno de los ojales una cadenita con una pequeña navaja traída en diciembre por el Niño Jesús, pedida incansablemente durante meses; aunque la madre era poco visitadora, una tarde nos arreglamos para ir donde las Cadavid. Conversaron, se rieron y se hicieron buenas amigas. Le encantó que a un lado de la puerta principal existía otra por la que hacían el acceso arriadas por muchachos, vacas blancas orijinegra con ubres repletas de líquido perlático, seguidas por las crías mamonas y aquel olor a boñiga era señal inequívoca que más adentro era un establo. Los mugidos lo confirmaron. Muchas mañanas después de aquel encuentro, se prestaban para oír los tres golpes en la puerta, el saludo de buenos días y el sonido de vasijas en que llegaba calientita la postrera que bogaba con gratitud, en aquella casona que estaba en frente del kiosco y miraba la torre del reloj se movía como hormiga: Alejandrina Cadavid (Jando). Con ella, estaban otras hermanas solteras y la hermosa matrona de la anciana madre. Aquella sala en que fuimos recibidos era inmensa, pero en diciembre, se quedaba estrecha para dar albergue al pesebre.
 La añoranza se remonta cuando llegaba el mes de las mañanas frías, al instante en que detrás de la montaña aparecía un sol calientico, que le daba abrazos a los habitantes, en que todos parecían amarse; en que las sonrisas iluminaban los rostros, semejando que no existía el dolor, el cielo se teñía de azul y el alma no cabía en el pecho ¡Estábamos en diciembre! Las familias salían a las colinas a buscar musgo, chamizas y cuanto producto sirviera para hacer el pesebre. Jando, con sobrinos hacía los mismo. Llegaba el 16 y toda la chiquillería, adultos, parejitas de novios se asomaban por aquella ventana inmensa a curiosear el pesebre más bonito de toda la población ¡Era distinto! Estaba hecho por manos e imaginación creativas. Las figuras eran la imitación de personajes típicos del pueblo, construidas en cartón, tela o barro, bellamente diseñado y equitativamente construido. En un punto del pesebre, en la plaza, estaba acomodada la vendedora de natilla hojaldras y buñuelos, que Alejandrina renovaba diariamente todo colocado en una mesa con impecable mantel blanco; esa estampa abrió el apetito y con la sagacidad y abuso de confianza, todos los días al atardecer consumía escondido debajo de la mesa. Muerto el viejo se bota el bordón.    

Alberto.

miércoles, 17 de abril de 2019

RECORRIENDO CON EL PENSAMIENTO



Por algunos instantes como viejo añorador se ve marchando, por la topografía de aquel recodo de historia, cariño y apacibilidad, porque eso era Copacabana. Encasquetado en la añoranza, empieza el viaje: Aquel paraje en que está posado el hogar, era rodeado de mangas en que pastaban equinos, bovinos, muletos, asnos y aún por las vegas del río, se veían correr a brincos conejos silvestres. Cuando la intrepidez de la edad, no tiene vallados que no puedan ser esquivados, se adentraba por entre cañaverales, cañadulzales, matojos de hierbas rastreras y el barrizal dejado por las aguas del caudaloso torrente, armado de la cauchera asesina. Al atravesar la espesura llegó espantar la blancura de cigüeñas, que se extasiaban viendo cruzar las corrientes oscuras.
No sin antes dejar brotar una furtiva gota salada por la mejilla, continúa el imaginario viaje. Detrás de la morada en que los viejos hacían “el perro”, corría zigzagueando el caudal limpio de una pequeña quebrada, que las sardinas, sabaletas y aquel sabroso corroncho recorrían largos trayectos adheridos a la rivera sobre piedras blanquecinas. Se pescaba con costal en días soleados y el producto caía a la paila en casa de doña Alicia. 

Alberto.     


miércoles, 10 de abril de 2019

NIGUAS Y PIOJOS


LAS NIGUAS Y LOS PIOJOS.
Cuando Copacabana no se había metido en esas ‘inguandias’ de volverse metrópolis, en aquellas noches iluminadas por encantadora luna, en que se podía llevar serenata a la amada en su ventana, pues la casa más alta tenía dos pisos, cuando la plaza se engalanaba de toldos blancos como el alma de sus campesinos; en aquellos instantes los campos eran tapetes verdes con estampaciones dejadas por los frutos, por aquellas épocas en que los maestros se volvía segundos padres, en que las escuelas eran manantiales de cultura. Sí. Por aquellas calendas, estaban posesionadas bandas de plagas abusadoras de los niños, con algunas participaciones de los padres y muchas con el beneplácito del niño, porque aquella rasquiña, escozor, hacía que el instante de introducción de la una y succión del otro, fuera el beneplácito del instante. Desafortunadamente por culpa de esos animalitos, quedaron secuelas en más de uno de mis condiscípulos. Aquella escuela tenía dos patios enormes, corredor de jardineras en el uno que era para los más pequeños y tercero y cuarto en el de la parte de atrás llamado el predio; en esos lugares se descargaba la fuerza vital que dan los primeros años cuando la bendita campana anunciaba el recreo.
En su mayoría los condiscípulos asistían a pie limpio o a “pata boliada” como se decía generalmente; la mayoría con los pies descalzos provenía del campo, eso ejemplares de la pureza, eran los más desafortunados con la plaga de niguas y piojos. Las cabecitas al hacer la formación antes de entrar a las aulas, con el sol daban reflejos y chispazos rápidos con algún movimiento; las causantes eran las liendras que en su desarrollo serían flamantes piojos. Lo espelúznate de aquel entorno estudiantil, estaba en los dedos y jarretes de los pies, eran esos benditos lugares urbanizaciones escogidas por las niguas, aquellas ínfimas criaturas que iban taladrando para buscar acomodo y mientras tanto depositaban sus huevos, esas posesiones causan la más agradable de las rasquiñas que en la casa destruía colchones. Atrás hablaba de secuelas dejadas en algunos compañeros, fue tal el abandono, que esas criaturas se les comieron partes de los pies, a esos, los grandes y los de corazón torcido, se paraban encima para hacer explotar los óvulos. El grito y un pequeño llanto.


Alberto.