MÚSICA COLOMBIANA

ASÍ ESTAREMOS HOY.

miércoles, 28 de agosto de 2019

ESTRAGOS DE LA VIOLENCIA


CASA YA DESTRUIDA

Los campos se han ido quedando solos, en los arados no se ve el recatón, la chimenea no despide humo al cielo, la vaca no llega hasta la chambrana esperando el ordeño; la niña de trenzas y de mejillas rosadas se asoma con miedo a la ventana del tugurio y los abuelos están cansados de llorar. Los ojos no columbran desde la cima en que revolotean las águilas, la extensión del universo, el cruzar invisible del viento trayendo el aroma de flores silvestres; los turpiales no llegan a cantar en la platanera ejecutando melodías, cual barítono perdido en la montaña; las palomas no currucutean en el alar de bahareque emigraron a la cordillera del frente, el viejo tiple instrumento melodioso llamador de enamoramientos, en noches tachonadas de luceros, ha empezado arreglar los corotos para abandonar el habitad. El olor de suculento sancocho de gallina cocotera que expedía la cocina negra de humo de leña, lo tapó la pestilencia de la pólvora brotada de los fusiles, que ordenaban abandono de la querencia. Se desperdigaron los ancestros, cayó de rodillas la honestidad, se fue de bruces la fidelidad volviendo añicos la virginidad y las trenzas adornadas de flores las trozó el ambiente de ciudad. Los arados en que el sudor caía para ser simiente virtuosa del nacimiento de las hortalizas, queda maniatada ante la voracidad de la maleza. El recuerdo cansado de intimidación, se sienta a la vera del camino, a ver pasar las mulas cargadas de esperanzas muertas, a mirar la rueda del trapiche inmóvil y sin la dulzura de antaño; trocha abajo un hilo rojo recorre los socavones…


miércoles, 14 de agosto de 2019

CUÁNDO SE CAMBIÓ EL NOMBRE


ATARDECER EN SANTA ELENA.

La quietud de Copacabana era movida por esa brisa que se apegó a la comarca, nunca se venía sola, traía desde lejos rumores de otros espacios y de los campos trasfería olores de jazmines, azucenas, claveles y siemprevivas; los aromas se entrelazaban con hiervas fragantes que brotaban a la vera de los caminos de herradura. Las dos casas siempre se estaban mirando y el niño hacía lo mismo desde inmensa ventana de aquel histórico caserón. Las niñas del frente eran tantas, como una pequeña escuelita de niñas; mientras la mirada anhelante del pequeño se detenía en una de ellas, todas entonaban canciones del pentagrama infantil de la época o en la acera derrochaban la vitalidad en los juegos de Chupaté, golosa, Brincar al Lazo, Catapiz y más fuerte hacer acrobacias en patines. Pero a él lo trastornaba cuando salían a lote vecino que estaba lleno de hierba, puntos con maleza en que hacían cuevas que decían era la casa, no se puede olvidar el árbol quebradizo de ciruelas…

Cuando ese inteste aparecía en su vida, el corazoncito le daba golpes acelerados de felicidad. En ese bello instante aparecía él, para hacer parte del círculo social de los infantes; se convertía en el “padre” responsable que traía yerba, hojitas, ciruelas caídas para ‘alimentar’ a los hijos. Recostada al tronco estaba la chiquilla que ejercía de “madre” con las miniaturas del fogón, platos, tazas, junto a la muñeca de trapo que con amor arrullaba. Venía lo bueno. La hora de acostarse en la cueva casa cubierta de hojarascas. Él en verdad, amaba entrañablemente a aquella infanta, le pasaba la mano con suavidad y tímidamente le depositaba un beso en la lozana epidermis de la frente. Un día partieron con todos los corotos hacía la capital, ella, le dijo adiós con la mano, él sintió un vacío. Muchos años después supo por un familiar que ya no se llamaba igual y que no sabía dónde quedaba Copacabana. 

Alberto 

miércoles, 7 de agosto de 2019

COCTEL DE AÑORANZAS


BARRIO VILLA NUEVA COPACABANA

No se puede acusar al esplendor de los años y menos al recuerdo, por el disfrute de irsen cada que les dé la gana de paseo de ‘olla’ por el pasado. Es como esos viajes no planeados que siempre son los mejores. Cualquier día emprenden el éxodo y llegan hasta la imponente iglesia de Copacabana. Las bancas atiborradas de niños, todos vestidos con limpieza y recatos; se escuchan murmullos, se aspira olores gratos perturbados por alguna pestilencia escapada de algún fundillo de niño que disfruta de las flatulencias; se escucha la voz de señoritas encargadas de diciplinar a los párvulos, el sonido de una campanilla y la entrada en acción el cura coadjutor y empieza el catecismo. Preguntas, respuestas a grandes gritos. Entrega de unos papelitos blancos como el alma, con una cruz en alto relieve, prueba innegable de la asistencia.

En algún domingo o día de fiesta atravesado, llegaba por encanto aquellos benditos bazares. Debajo de la inmensa torre de la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción se movían las señoronas del pueblo, sí, esas, que andaban de pipí cogido con los curas. El lugar iba cogiendo hermoso colorido. En el centro tamaña mesa de comedor cubierta de blanquísimo mantel con bellos bordados, que parecía los pensamientos de San Luis Gonzaga; de las cuatro columnas que sostiene la majestad del campanario y las cuatro caras del reloj, colgados llamativamente toda clase de cachivaches a donde iban a caer los ojitos posesivos de los niños. Una de las damas aristocráticas llamaba para que depositaran unas monedas para tener derecho de introducir la mano dentro de una bolsa roja afelpada, en que unos papelitos enrollados tenían escrito el nombre de lo ganado: Carritos de madera (aún no había plástico), muñecas de trapo, tacitas, cucharitas, confites, pelotas de caucho con el abecedarios o números, loterías, estampitas de santos o bustos de yeso. Éramos los mejores niños que había tenido padre alguno la semana antes del bazar, todo a la espera de que fuéramos recompensados con algunas monedas que quedaban en el carriel del cura Sanín.

Alberto