MÚSICA COLOMBIANA

ASÍ ESTAREMOS HOY.

jueves, 17 de diciembre de 2020

LOS RUMBIADEROS


 


POSUDO.

Ese viejo pueblo dormilón recostado a la montaña, arrullado por la sonoridad del cauce del río, el encantado del golpear de las aguas de la quebrada Piedras Blancas; ese Sitio de la Tasajera amodorrado por el ensueño de su pasado, era tranquilo, con el silencio del claustro de monjes. A lo lejos, sólo se escuchaba el sonido de máquinas Singer en el interior de los hogares, movidas por piernas femeninas, uniendo con hilo la tela hasta formar camisa y pantalón para cubrir al paisa trabajador en la jornada de trabajo honesto diario. Los aires recogían la algarabía de la chiquillería en el recreo de la escuela de don Jesús y los lanzaban al espacio desviando el círculo del vuelo de las palomas. La palmera danzaba abrazada al viento que llegaba del norte. Desde el Tablazo el repiqueteo del martillo en el yunque, descargado por brazos desnudos, formaba la danza de la laboriosidad en esa Copacabana Fundadora de Pueblos; la alegría del remanso de paz, contagiaba a los Cucaracheros, los Sangre Toros, las tórtolas, las aguadulceritas, los Siríes e infinidad de aves, que recibían un baño en la pila y jugueteaban en sus aguas. Así, cómo se persigna un cura ñato, se describe la serenidad de aquel nido acogedor de antaño.

El baile es un motivo de recreo, es como sí sé fuera en cada paso la pesadez de la rutina, el agrietamiento del dolor. Se danza percibiendo el palpitar del corazón de la pareja, los espasmos producidos por el contacto y esos suspiros entrecortados exhalados desde la voluptuosidad. En la hidalga Copacabana se brillaba hebilla muy de vez en cuando; por ejemplo, en algunos cumpleaños, primeras comuniones y podía ser, por anestesiar a los contrayentes, en los matrimonios, claro, sin olvidar los diciembres en que bailan hasta las pulgas. Un fin de semana se notaba algo diferente al sosiego del villorrio. Subían por la carretera que se llamaba “la vieja”, esa que pasa por el Pedregal, muchachos en bicicleta, parejitas de enamorados, hasta familias enteras; aquello parecía una romería al Señor Caído de Girardota. La respuesta aquel singular acontecimiento no era otra qué, después de los tejares de los Zapatas, la familia González, había construido un despampanante bailadero con estilo de casa de campo de amplios corredores, que le daban la vuelta al salón principal en donde estaba el mostrador. Fontibón se llenaba de tal manera de danzantes llegados de Medellín que muchos se acomodaban en los muros o, a las orillas de la carretera. Bueno hasta que aparecían los celos, el descarado de turno o los fogoneros de los carros de escalera. El comentario era, que algunas noches desde los cañadulzales se escuchaban suaves lamentos entrecortados; también desde el púlpito sonoros repelos a la vida de concupiscencia adquirida por la feligresía. “Pero al qué no quiere caldo se le dan tres tazas,” por el otro extremo se abrió El Tolú, con mucha semejanza al de la salida a Machado, más campestre, lo suficientemente retirado para evitar los murmullos de la cofradía del Santo Sepulcro, las Hijas de María y las seguidoras quejumbrosas de San Antonio.


miércoles, 4 de noviembre de 2020



EL PESO DE LOS AÑOS

LA RIDICULEZ QUE HACE EL DINERO.

 

Cuando todavía usaba pantalones cortos sostenidos por cargaderas de cuero, en forma de trenza, rezaba el rosario entonado por el patriarca del hogar, en aquel tiempo que nos desparasitaban con Quinopodio, la pelota de números rodaba en tumbos por cuanta manga había, las niguas campeaban por los dedos de los niños, con aquella sabrosa rasquiña y los domingos iban llegando los campesinos descendiendo desde las altas montañas, trayendo en mulas y caballos, los productos agrícolas que la Mama Pacha en abundancia les concedía; los ojos preguntonos y curiosos, se detenía en la belleza engalanada de sencillez, de aquellos seres vestidos con sus trajes típicos: Su sombrero aguadeño, sin ningún perendengue, arete, maravedí o bagatela que deshonrara su casta; camisa blanca signo de pureza de almas grandes, trabajadoras y honestas; pantalón de dril o paño con el negro dominguero, bien aferrado con correa de cuero; una gran parte a pie limpio, otros con sandalias o abarcas bien adheridas a las callosas extremidades con las que transitaban por socavones, peligrosos y abruptos caminos para llegar a la querencia que se deja ver desde la distancia, cuando el humo es lanzado por la chimenea, demostración de qué en el fogón, las viandas están casi lista. Aquella ruana bendita de gruesa lana, color gris o negro, algunas con rayas o fondo entero, compinche de amores furtivos, compañera inseparable del rodar de dados, abrigo del frío del hijo recién nacido y compañera del tiple en noches de bohemia y cubridora del carriel y sus secretos bolsillos, en que con disimulo se asoma la barbera o las trenzas de la amada.

Hoy, todo aquello, se fue perdiendo cuando los politiqueros ambiciosos les compraron a los campesinos su hidalguía y distinción. Encuentra uno en aquellos grandes hombres de la literatura paisa, obras maestras ensalzando la grandeza de la comarca; la admiración del orgullo del hombre de campo por su atuendo, atavío y vestimenta. Verlos bajar en grupos con la hermosura de las flores en enormes silletas, qué más bien, parece un concurso de fuerza y no de belleza y candor. Recorrer sudorosos, calles enclaustradas para que sólo ojos omnipotentes puedan ver, aspirar el olor embriagante de jazmines y deleitarse viendo el revoletear la abeja detrás del néctar. Todos marchan al compás de órdenes, con runas púrpuras, ofensa a don Tomás Carrasquillas, Ñito Restrepo, Vélez Efe y otra pléyade maiceros de pura cepa, que lloran desde su refugio celestial, “al ver como se afemina la molicie” y cómo “se lleva el hierro sobre el cuello”.           





 

viernes, 16 de octubre de 2020


 

lunes, 12 de octubre de 2020

 Quién se mete a hablar del pretérito, se le va observando como amante de los cavernícolas, a alguien qué en el tiempo de las grutas volaba encima de un Ornitisquio (dinosaurio volador), es cómo dicen las gentes cachet, “pasados de moda”. Pero no hay tal. Eso de sacar a desempolvar el ayer, es verdaderamente agradable, convierte al explorador en un extraño ser que aun ejecuta la gratitud, una virtud desaparecida del contexto social; también tiene el encanto del minero aurífero, al menear la batea y ver en el fondo la chispa del anhelado oro. Por eso y otras cosas, es que hace el recordar, una alegría indescriptible, aunque por instantes se revuelva con alguna lágrima; sé sabe que son muchos de los que no entienden nada de ese ayer, y saltan de felicidad al ver medio escondido, algo que toca la fibra de sus ancestros, por eso, es grato ser contador de vivencias, limpiador de anaqueles en que reposan escondidos librejos de lomos raídos por el contacto de manos callosas, trato brusco de niños ávidos de saber o de dedos delicados de esbeltas mujeres apasionadas por el parnaso en que se agita el corazón.


Aquel rinconcito que era Copacabana escondida entre las nebulosas del tiempo, se mantenía apacible, romántica, meneada por la brisa acompañada de trinos de ‘pinches’, cucaracheros y uno que otro sinsonte bajado de las montañas; por eso, al caminar las calles, se alcanzaba a escuchar el sonido de las máquinas de coser Singer, impulsadas por pies femeninos cubiertos par chancletas o babuchas de abuelas, cosiendo ropa de cargazón. La estampa familiar se observaba sin ningún tapujo, pues las puertas y ventanas eran atalayas para otear la pujanza de los hogares. Cada uno ocupaba el lugar que le correspondía: La que estaba atareada en la humeante cocina, la que con jabón Camel e inclinada, lavaba la ropa y junto a los carreteles de hilo, telas recortadas, dedales etc. no podía estar ausente el bebé semicubierto, pues sólo usaba una camisita y con las nalgas al aire, mientras en la boca con fuerte mandíbula agarraba un chupo semiamarillento por el uso, encasquetado en una botella de gaseosa Carta Roja, lleno de aguapanela con leche acabada de ordeñar y vuelta a calentar en el fogón de tres piedras en que la madre atizaba el carbón de leña.   

Alberto.         

domingo, 19 de julio de 2020

DICHOS.


AMANECER
A un buen entededor, con pocas palabras basta.

Cada cual se estira hasta donde la cobija alcanza.

Nadie escarmienta por cabeza ajena.

De eso tan bueno no dan tanto.

Cuando uno está de malas hasta los perros lo mean.

Es mejor deber plata que favores.

Cado un dedo, cagada toda la mano.

Lo que viene derecho, no trae arrugas.

Desde e desayuno se sabe lo que va a ser el almuerzo.

La peor diligencia es la que no se hace.

Alberto.

miércoles, 20 de mayo de 2020

LOS NIÑOS Y LOS CHUPOS


ARRIERO DE COPACABANA

Quién se mete a hablar del pretérito, se le va observando como amante de los cavernícolas, a alguien qué en el tiempo de las grutas volaba encima de un Ornitisquio (dinosaurio volador), es cómo dicen las gentes cachet, “pasados de moda”. Pero no hay tal. Eso de sacar a desempolvar el ayer, es verdaderamente agradable, convierte al explorador en un extraño ser que aun ejecuta la gratitud, una virtud desaparecida del contexto social; también tiene el encanto del minero aurífero, al menear la batea y ver en el fondo la chispa del anhelado oro. Por eso y otras cosas, es que hace el recordar, una alegría indescriptible, aunque por instantes se revuelva con alguna lágrima; sé sabe que son muchos de los que no entienden nada de ese ayer, y saltan de felicidad al ver medio escondido, algo que toca la fibra de sus ancestros, por eso, es grato ser contador de vivencias, limpiador de anaqueles en que reposan escondidos librejos de lomos raídos por el contacto de manos callosas, trato brusco de niños ávidos de saber o de dedos delicados de esbeltas mujeres apasionadas por el parnaso en que se agita el corazón.

Aquel rinconcito que era Copacabana escondida entre las nebulosas del tiempo, se mantenía apacible, romántica, meneada por la brisa acompañada de trinos de ‘pinches’, cucaracheros y uno que otro sinsonte bajado de las montañas; por eso, al caminar las calles, se alcanzaba a escuchar el sonido de las máquinas de coser Singer, impulsadas por pies femeninos cubiertos par chancletas o babuchas de abuelas, cosiendo ropa de cargazón. La estampa familiar se observaba sin ningún tapujo, pues las puertas y ventanas eran atalayas para otear la pujanza de los hogares. Cada uno ocupaba el lugar que le correspondía: La que estaba atareada en la humeante cocina, la que con jabón Camel e inclinada, lavaba la ropa y junto a los carreteles de hilo, telas recortadas, dedales etc. no podía estar ausente el bebé semicubierto, pues sólo usaba una camisita y con las nalgas al aire, mientras en la boca con fuerte mandíbula agarraba un chupo semiamarillento por el uso, encasquetado en una botella de gaseosa Carta Roja, lleno de aguapanela con leche acabada de ordeñar y vuelta a calentar en el fogón de tres piedras en que la madre atizaba el carbón de leña.   

Alberto.         
      

miércoles, 13 de mayo de 2020

LOS KIOSCOS


KIOSCO VIEJO DE COPACABANA

Traer desde por allá tan lejos, pequeños momentos vividos en esa cajita en que permanecía resguardado para no permitir que nadie perturbara la alegría, eso, no conlleva al esfuerzo. Copacabana era la cripta en que fueron ocultos los sentimientos más bellos que caben en el corazón de niño, joven y adulto. Corría el año de 1946 o 47, la administración y quizás la SMP (Sociedad de Mejoras Públicas), se propusieron darle al pueblo un lugar de esparcimiento; emprendieron la construcción del kiosco, aquel, de redondel, en que el aire, el sol, las golondrinas, pasaban sin encontrar obstáculos; en dónde las parejas se podían mirar al amparo del libre regocijo, sin que apareciera el escarnio o la duda, mientras en el pequeño y redondo cubículo de la administración, en el tocadiscos giraba disco de acetato a 78 rpm, con temas románticos. Cuando se empezó a constituir la distracción del conglomerado, el caguetas ocupaba el caserón en que estuvo una de las primeras capillas, en la esquina noroccidental del parque, diagonal a doña Concha Acosta, propiedad de Los Isaza, acaudalada familia; desde ahí, empezaba a fraguarse los juegos con que la chiquillada disfrutaba y sin querer queriendo, se volvían la calamidad. Los pobres albañiles en el día colocaban 7 hiladas de ladrillos y los “angelitos” en la oscuridad de la noche, tumbaban 3, escondiéndose del que salía buscar en los escondidijos.   

Aquella plaga de inocentes infantes desaparecía como por arte de magia, al divisar a ‘Patalán’ el inmenso policía que estaba de ronda en la noche. Lo bello, acogedor y tierno del lugar, recibió órdenes de conciencias mediocres de perderse de la historia y mucho también de culpa, al crecimiento de la población. Ya la juventud estaba posesionada en el cuerpo del infante de ayer, cuando en el mismo lugar apareció el nuevo disipadero de la comunidad. Un kiosco grande con plancha de cemento, administración con harta capacidad, un muro para resguardar el piano de 100 melodías, un piso embaldosado y varios meseros para atender la clientela. Éste, ya no era refugio de jugadores de ajedrez, ni tertulias con el padre Jaramillo, el romanticismo de lo sencillo lo desbarató la super población, esa, qué no tiene amistad y se pandea sin asomos de sentimientos, pero no por eso, allí, se quedaron engarzados bellos momentos, unos, con el sabor a anisados y otros, con el recuerdo de labios pulposos en el rostro de los primeros amores. Este, duró lo que le permitieron las raíces de unas matas de “balazos” sembradas en una era cercana que levantó el piso, dándole paso al actual. 

Alberto.   
      

miércoles, 6 de mayo de 2020

PENSAMIENTOS...


GUATAPÉ Y SU ATARDECER.

¿GENEALOGÍA? Estudio pa’ chicaniar, que se va evaporando con cada matrimonio.

¿NOVELERO? Se mete donde no le importa y no ayuda a nada.

¿REVOLCARSE? Calmar el deseo sexual antes de tiempo, cuando aún los calzones huelen a miaos.

¿RESENTIMIENTO? Falta de saber valorar el momento que causo el dolor. Fanatismo.

¿REALIDAD? Los hijos se ganan, no se compran.

¿ESTUPIDEZ? Si nos comiéramos las burradas cometidas, moriríamos hastiados. 

¿INCÓGNITA? ¿Por qué cuándo las familias eran numerosas se vivía mejor que a ahora, que existe control natal y hay superpoblación?

¿PELIGRO? Cuando un amigo se trasforma en enemigo. 

¿RUTINA? Camino que conduce inexorablemente al tedio.

¿HASTÍO? Cuando las frivolidades del mundo dicen que ha llegado el momento arrepentirse.

¿PRODUCIR? Actividad esencial para encontrar respeto

miércoles, 29 de abril de 2020

RECUENTOS DEL CONTADOR DE HISTORIAS (3)


ANTIGUO PARQUE DE COPACABANA


Aunque la mañana esté gris, con los recuerdos que deambulan libremente por la evocación, la gratitud resplandece, se ilumina tal como eran en aquellos hermosos días de esos diciembres juveniles vividos intensamente en ese pueblo copacabanense de tejados lamosos, verdosos de historia, que en perfecto orden cubren la hidalguía de un conglomerado descendientes de campesinos y de alguna manera, rastras de genes españoles; bueno eso no importa. Es significativo el comportamiento señorial que salía como aroma de flores de dentro de aquellos caserones con patios empedrados, bifloras, rosas, orquídeas y hasta claveles rojos. Aquellas ventanas arrodilladas, se prestaban para que los domingos día de mercado, los campesinos amarraran sus bestias, yeguas y alguna potranca traída para la venta. En ese lugar se reunían los llegados de más allá de la montaña, Sampedreños con aquellos quesitos envueltos en hojas de bijao junto con la arepa de chócolo, sin faltar el que llegaba con la marrana gorda y la cría inmensa de cochinitos hermosos y chillones. En ese ambiente dominical se amacizaba todo el conglomerado entre humo de tabacos, lociones fragantes, lazos, sogas, monturas, zamarros, mocasines, pañolones, cachirulas; gritos de vendedores y aullidos de perros.

El paso de los años había comenzado a dibujar con la delicadeza de fino pincel, un bozo coquetón y travieso encima de los labios, de vez en cuando se escapaba un piti-gallo. La escuela de don Jesús, quedaba atrás; el quito preparatorio estaba en el Instituto San Luis Gonzaga situado en la calle Mejía, diagonal a la casa Campesina. Una casona antigua se prestó para albergar alumnos en aquella inolvidable Alma Mater. El rector siempre lo fue el coadjutor de turno en la Iglesia. Allí, quedó la vanidad encaramada en la banda de guerra (cómo se llamaba en esos tiempos), pues aquel precioso uniforme le copaba todo el ego sin dejar espacio para la humildad. Abran el catecismo del padre Astete, empezaba diciendo después del saludo el curita. Con puntos y comas, se debía dar la lección; detrás de una moldura negra y gruesa marco de las antiparras, estaban los ojos claros del padre Mario Mejía Escobar, ese, qué está próximo beatitud. Fue la época en que la sexualidad iba en dilatación; aparecían enfrente del espejo el acicalamiento del cabello con gomina, la loción y vamos al parque a mirar las bellas damitas de la Normal, que salían del templo. Se entrelazaban las miradas con la trigueña y ansioso se quedaba a la espera al voltear la esquina, de aquel acto sobrecogedor de “la última.” 

Alberto.            

miércoles, 22 de abril de 2020

EL CONTADOR DE VIVENCIAS (2)


ANTIGUA ESCUELA DE COPACABANA

Cuando aún se caminaba con aquellos pantalones cortos, con talego hecho por las manos rugosas de una madre en que iban las bolas para jugar pipo y cuarta en uno de los bolsillos; otras veces, el trompo Canuto que poníamos a bailar en una de las aceras libremente o a luchar en hacer cabriolas en la polvorienta calle. La madre nos daba la bendición mientras nos entregaba la maleta con los cuadernos rallados, cuadriculados, lápiz, borrador, secante; el horario, el puntudo compás. Corriendo igual que el gamo se llegaba a una de las dos enormes puertas, aquella que esperaba los párvulos de los sectores del norte y la otra, los que estaban ubicados al sur. Aquel primer año en que la melancolía de abandonar las caricias de la madre junto con la media mañana, el abrazo calientico de las cobijas en que se escondía el perro criollo, no era nada fácil. Empezar a ver caras de nuevos niños, a salir cómo almas que lleva el diablo a los “cuarticos” al recreo para llegar de primeros a orinar, la rigidez de un maestro que dentro de su pupitre escondía licor que saboreaba a cada levantada de la tapa o el alejamiento a medio año de la maestra, porque la cigüeña le había traído otro cachorro y remplazada por la señorita Marina, capitalina de tes trigueña, cabello negro, con un cuerpo menudo y danzarín; para ser primerizo, es casi que frustrante.

La maestra tapa huecos por el caso fortuito en que la principal, se retiraba para comer gallina por 40 día, empezó a mostrar cierto cariño especial por el muchachito atribulado por el cambio de casa a escuela. Es algo generalizado en aquello primeros años de clases, qué, esas caritas inocentes de los chiquillos, tienen un trasfondo de picardía sexual. Cuando por el cachiporrazo de la suerte toca el primer maestro mujer, el niño, ve en ella la prolongación de la madre o, tergiversa las caricias, las miradas de la institutora, creyendo que aquella mujer está enamorada de él; la voz de la pedagoga dentro del aula, lo lleva a recorrer misteriosos paisajes; en la noche la ve en sus sueños. La señorita Marina hizo estragos en el corazoncito del pequeñuelo. Absorbía con delicadeza el aroma del perfume que ella emanaba, los ojitos acompañaban los pasos dentro del salón y por el corredor en los instantes de recreo. No sé sí a las niñas les pasa igual. Oh, ¡qué dolor! Un malhadado día, camino a casa estaba el consultorio de un dentista; puerta entre abierta, curiosidad infantil…Ahí en la silla odontológica estaba el “amor de su vida”, su maestra, en brazos del sacamuelas.  

Alberto.     

miércoles, 15 de abril de 2020

RECUENTOS DEL CONTADOR DE VIVENCIAS (1)


COPACABANA EN NOCHES DE PANDEMIA PATRICIA DÍAZ

Tratando de emular a los idolatrados maestros de aquella destruida escuela en que se botó el analfabetismo, vemos junto al tablero negro, un pequeño cajón atiborrado de tizas, el borrador de trapo, más hacia el frente, la plataforma con el escritorio y el educador acariciando la regla castigadora, adecuando las antiparras, dando la orden para hacer un recuento de lo visto durante más de medio año lectivo. Pues bien: Cuando se llegó al nicho de la Virgen De la Asunción al bajar el acarreo en la casona de Emilianita Cadavid en la esquina sur-occidental, los dos niños extrañaban el pueblo en que se sancionó la constitución de 1863, (Rionegro) en que el frío los hacía usar medias de lana casi hasta la rodilla. En principio fueron objeto de burlas. El mocho Esteban el comisionista del pueblo, fue el que los ubicó en aquel palacio de entretención con la naturaleza y sus sonoros trinos. La soledad y el silencio del parque se rompía cuando desde El Chispero manejados por Tirsio, llegaba la chusma a atacar a la del centro del pueblo. Piedra, palos y el invento de Juacundo, bolsas con ceniza que al estallar los tapara en la retirada; todo el mundo se encerraba en sus casas. El primer amigo del padre se llamaba Don Ramón Cadavid (Ramón Coco), amistad que duró por siempre. Algo extraño les parecía a aquellos forasteros, cuando por las calles polvorientas se encontraban paqueticos bien amarrados, que al destaparlos se encontraban piedrecillas, al averiguar, se les dijo que el que cogiera los guijarros se llenaría de verrugas. Costumbre no conocida.

El café Pilsen estaba para aquellas calendas en el espacio que hoy ocupa el Palacio Municipal; unas escalas lo separaban de la calle y junto a la puerta el Traganíquel que el niño miraba con asombro al ver su colorido y los movimientos del intrincado aparato para sacar el acetato de 78 R.P.M. Sonaba en el disco la canción: “Mal Hombre” de moda; los campesinos ‘pandiaban’ la ruana, el carriel, machete y sombrero. Si algún mocoso los molestaba le decían: “Ve este hilachento zarrapastroso; manque te echés toíto el perjume, se siente la guelentina , andá a la jinca pa’ date comistraje.” Existía al frente del frondoso palo de magos y del café de don Pompilio un kiosco que, al tiempo de haber llegado, fue remplazado por el viejito de redondel donde fueron perseguidos por el policía que le decían Patalán por la complexión descomunal a quién los párvulos tenían pánico. En ese kiosco sin murallas, entraba la brisa besando a la clientela; allí, las nalgas se esparcían cómodamente mientras con los pitillos ofrecidos por la dulcinea, sabían que permanecerían unidos para siempre; los ojos de ella, le decían con el alfabeto de la timidez que no tiene sonido: Quisiera qué me besaras.   


miércoles, 8 de abril de 2020

COPACABANA EN LAS NOCHES


PANORÁMICA DE COPACABANA

Siempre se ha estado alumbrada por los radiantes rayos del sol, que iba traspasando la montaña oriental, detrás de la torre; pero poco se manifiesta de las noches con luces centelleantes de luciérnagas, de eso cocuyos que deseábamos introducir en un frasco para iluminar los juegos de pelota envenenada o, encontrar el mejor lugar para ocultarnos en el juego de escondidijos. En ese parque de eras con palmeras botella, bajo la mirada penetrante del libertador, la blancura angelical de la madre protectora o el rocío lanzado por la brisa desde la pila añeja enmohecida de historias de amores furtivos, abusando de la penumbra pasaba la sombra de los murciélagos, se escuchaba quizás desde uno de los tejados ruginosos el ululato de las lechuzas, mientras en una de las bancas, la pareja de enamorados se juraba amor y respeto hasta que llegara el día que juntos salieran por la nave principal de la iglesia unidos para siempre. Los niños correteaban por los senderos jugando a la “chucha” sin importar las notas salidas desde las cantinas con las voces de Margarita Cueto y Juan Arvizu; parejitas de mozuelas daban la vuelta a todo el marco con un caminar coqueto, porqué ellas sabían que desde cierto lugar unos ojos seguían su movimiento, esperaban de alguna forma, ser invitadas a un refresco en el kiosco.

Aquella estampa pueblerina saltaba hecha pedazos, cuando desde el segundo piso del teatro Gloria, desde ese mismo sitio en que estaba el prehistórico proyector de cine, el inmenso parlante, esparcía por todo el contorno empujado por el viento, notas de boleros de Néstor Mesta chaires, tangos quejumbrosos de Pepe Aguirre y la voz de algún “pato” invitando a ver la super producción de “Quién Mató a Rosita Alvirez”. Poco a poco, se iba llenando aquel lugar en que nuestros años escolares disfrutaron los domingos de matiné, vespertina y noche de series de cowboy o los bailes de Resortes. Ahí, entre penumbras, olor a veterina y con suave rasquiña en las piernas por algún vicho, se escuchaban suspiros entrecortados. Detrás de la gente del común aparecían la chusma de los fogoneros que gritaban insultando a Horacio que por tiempos fue el operador, cuando las enfermizas cintas se reventaban. Muchas noches prestaban su belleza a la salida hasta llegar a los hogares, pero, otras tanta, se escuchaban las carreras atravesar la plaza, con la iluminación de relámpagos, motivo que muchos esgrimíamos para hacer un escampadero en Club de Rubio y antes de que fueran las doce, hora de permiso, un aguardientico…cuatro, cinco…Carlos Mejía, Obdulio y Julián…siete, ocho; dame el arranque pa’ ime y, entre rayos y centellas mojados desde la cola hasta la crin después de mil tanteos introducíamos la llave a la puerta de la casa.  

Alberto.
  


miércoles, 1 de abril de 2020

DIVAGACIONES


GUATAPÉ  ANTIOQUIA Y SUS PATOS

De tumbo en tumbo marchaba el agitado peregrinar del conglomerado habitacional en el planeta; los bufones burocráticos exhibían ante el cardumen crédulo, las benevolencias de los desafueros en las políticas libertinas de los estados, haciendo creer con malabarismos económicos que se marchaba en un cabalgar de éxitos y que cada súbdito dejaba de ser inferior al pasarles el rasero de la democracia. Los templos suntuosos, garajes llenos de engaño, mezquitas Islámicas, sinagogas judías y un sin fin de vividores, tenía al unísono la clave de la salvación. Eros, de la mitología griega, el comprometido con la seducción sexual, tomó poder sobre cada criatura inyectando dosis de olvido ante la fidelidad; en los tálamos y sobre el césped caía a pedazos la virginidad; reputadas ancianas, ninfas con olor a orines abrían sus extremidades para copular con siniestros depravados. No ser igual y practicar sexo indiscriminado, estaba encasillado en la era de los dinosaurios. Todos y todas se agruparon en la “alegría” de un período irresponsable que adquiría el mismo tenor del tiempo bíblico, cuando Sodoma y Gomorra se desplomaron quedando en pie solo Lot, Edith y la familia, fue el fin; de allí, se encontraron el renacer que estaba en el principio de una vida sencilla, colaborativa y humilde. ¡Todo se desplomó! ¡Hoy, la pandemia, trae el nuevo renacer!   

Desde el continente asiático fue apareciendo la sombra negra, hasta oscurecer el mundo. El universo entró en pandemia. Las potencias eran iguales a los países en desarrollo, la aves vieron el espacio limpio, empezaron a juguetear en el aire sin temores, descolgándose hasta la copa de los árboles y de ahí a piquetear en las calles vacías; los ríos y las quebradas contaminados, empezaron a descender desde los nacimientos cristalinos como en el -principio de la creación, las mariposas se podían posar en los jardines sin ser espantadas; el eco de las oraciones se diseminaba por todos los rincones de los castillos, rascacielos, latifundios, caseríos, fronteras arribistas y de tétricos burdeles. ¡Las familias, habían vuelto a ser hogares! El milagro de retomar las viejas usanzas patriarcales, iban tomando forma. Los jóvenes podían ver a los progenitores por primera vez sin reproche, las parejas de esposos compartían la risa, renovando el círculo de amor, los ancianos encontraron el reconocimiento del verdadero valor en una sociedad olvidadiza. Estaba entrando la paz, por la crueldad del dolor, la incertidumbre y el miedo. El planeta tendría el cambio sin el engaño politiquero y sí por la conciencia, mientras el hombre mirando al cielo, daba gracias sin el peso del engaño.

Alberto 

miércoles, 18 de marzo de 2020

LA CALLE DEL COMERCIO




CAMPESINOS EN COPACABANA EN DÍA DE MERCADO.



Cuando se ama, nada es extraño que suceda. En el momento que la hamaca se vuelve danzarina al más leve empujón, el cuerpo y la mente se refrescan con esa brisa tímida que el movimiento va creando, ese bello instante forma la sensación de poseer el poder de la ubicuidad, la universalidad y omnipresencia; de ese simple instante parte la mente al viaje placentero de regreso al pasado en la nave de la quimera, la añoranza y la nostalgia. Se parte al encuentro del ayer si atavíos, sin enormes maletas, solo se lleva el alma y el corazón en que se guarda el amor a ese rincón de Antioquia, que para ser el más paisa, se recostó a la montaña, sin sacar sus tierras de las aguas del río, refrescando sus entrañas con las cristalinas aguas de la quebrada en que sus hijos buscaron la chispa de metal precioso, morenos brazos lavaron ropa ajena entre cantos y lágrimas y los niños disfrutaron del encanto de sus aguas. Sí. Se llega a esa Copacabana acogedora donde los muertos no se van, se quedan mirando desde lo alto del morro, es desde allá, desde donde se lanzarán las cenizas para que recorran los caminos que los pies ingenuos del niño transitaron buscando el horizonte.

El viaje de ensoñación hace un descanso para contemplar la callecita agitada de otrora, que partía del parque hasta Cuatro Esquinas; allí, sé sentía el olor a telas, paño, cuero que provenían de almacenes manejados con decoro. En la puerta de la farmacia estaba Pedrito Cadavid para aconsejar una pócima para la gripa o adentrarse al fondo para preparar la receta del doctor Correa que en papeleticas cuidadosamente selladas se despachaba la fórmula. Más allá, la tienda del ‘Mocho’ atendiendo la venta de empanadas a la clientela llegada desde Quebrada Arriba; al fondo, ya casi para llegar a la escuela de niñas, estaba el más juguetón de los almacenes: Almacén el Niño, manejado por tres hermosas hermanas alejadas del himeneo, en que los niños querían vivir “dopados” por los juguetes que tomaban vida en la imaginación; era la vía obligatoria para liar la nobleza con la belleza de las mujeres, era, la calle del comercio, mil veces recorrida.

Alberto.


miércoles, 11 de marzo de 2020

LOS RECLINATORIOS


COPACABANA Y A LO LEJOS LA CRUZ

No solo es en Antioquia o en los pueblos fundados por los españoles, tal vez, esto sucede en toda la pelota de barro llamada mundo, de que los condados y sus inquilinos, se suscriban al tañer de las campanas de un templo. Es el imán de la población. El atrio se convierte en sitio obligado del campesino para encontrarse, de los oligarcas para hablar de negocios, de los desamparados de la fortuna y del intelecto detrás de unas monedas, de los mozuelos en busca de los primeros amores a las escondidas y el hábitat de las malas lenguas ‘dejadas del tren’ del himeneo, para despotricar hasta del cura del pueblo. No hay duda, que después de la ermita, crece toda la actividad. Copacabana reafirma el hecho, al ver la torre enhiesta como una atalaya supervisando el acaecer diario, observado por palomas y golondrinas que en su altura hicieron los nidos; ese lugar es el sitio de control del territorio en que vuelan mariposas; “aguadulceras”, halcones encumbrados, tórtolas y colibríes que cruzan como una exhalación en busca del néctar de las flores del guayacán amarillo, que tapiza el suelo.

Para aquellas calendas en que el pantalón corto cubría los genitales, sostenido por las cargaderas y en que solo se pensaba en jugar con la pelota de números, los ojos observaban con curiosidad el desfile de matronas que iban saliendo de aquellos caserones de amplios portones, contra portones y puerta falsa, que estaban empotrados en las márgenes del parque con rumbo a la ermita, pues la bella sonoridad de las campanas había hecho la invitación alguno de los actos religiosos. Vestidas rigurosamente de negro, media velada, zapatos negros de tacón cubano  y con aquella mantilla de sedas importadas, llena de flecos que les resaltaba el postín con que ellas, querían demostrar la diferencia del resto de la población; provistas del reclinatorio que alguno de los niños pobres o mucharejo ambicioso cargaba por unos centavos y en lo que las señoronas ya dentro de la iglesia, acentuaban el orgullo al ser el aparatejo unipersonal el que las desligaba del resto de la feligresía. En el momento de la Elevación de la tapa del reclinatorio abollonada, bellamente decorada donde recostaban los codos, salían librejos devocionarios y camándulas enormes traídas desde Roma “bendecidas por el Papa”, que descargaban duramente interrumpiendo el silencio y con los ojos cerrados demostraban ostentosamente su enorme “devoción.”

Alberto.   


miércoles, 4 de marzo de 2020

LO QUE PUEDE PASAR


CERRO DE LA CRUZ COPACABANA

Cuando se recorría palmo a palmo el poblado acariciado por la brisa, poniendo cada paso sobre el césped viendo brincar los grillos; cuando a la vera de los caminos se recogían las frutas que caían de los árboles, escuchando el ladrido de los perros defendiendo el terruño o, el saludo desde corredor enchambranado de nobles rostros; era ese pasado que se quedó allá en la distancia acompañado de la fuerza vital del imberbe mancebo, soñador de ilusiones, de pantalón corto sostenido por cargaderas de cuero, soñador despierto de mundos apacibles, frescos cuerpos de diosas impúber; hogares sostenidos por los flechazos de Cupido incorruptibles ante los devaneos de la concupiscencia. Romántico contador de estrellas en noches sitienses, de comedores engalanado de comensales familiares, rodeando las blancas cabelleras de unos abuelos curtidos de la sapiencia que da el largo recorrido del camino de la vida. Esa paz del Copacabana de otrora interrumpida a veces por la música de Margarita Cueto, salida desde la cantina de Toño Toro o del Club de Rubio o, por el tañer de las campanas encara petadas en esa torre maciza y derecha como el alma del pueblo. Aquel ambiente de regocijo y ensoñación, eran el marco de sueños libres, almibarados y castos, de ese niño que nunca pensó que todo aquello que le besaba el alma, iría a morir.  

Con la “maleta” cargada de años ha vuelto al terruño y desde aquel atrio espacioso, limpiando las antiparras, echa la mirada queriendo divisar las añoranzas… ¡No! Ya no están. Con la visión borrosa descubre moles de cemento donde antes quedaban caserones hidalgos, el silencio de las tardes lo violaron el ruido de los vehículos, ¿la calma? Esa, la ensordece el sonido de las sirenas de la policía. Los vecinos no se conocen. La música campesina no existe, es otra la cultura del pueblo. Esto es apenas el comienzo. Los que mueven la tierra al derecho y al revés desde las curules, piensan en mega proyectos de expansionismo; en cierne está la mega-metrópolis que se lleva enredado en su ambición, hasta el último milímetro cuadrado de la pastoril cultura, se arrancará desde las entrañas mismas del territorio hasta el más mínimo vestigio del pasado; nadie reconocerá entre los rascacielos, que en ese mismo lugar hubo un castillo de los nuestros con puertas inmensas abiertas a la amistad, ventanas “arrodilladas” en espera de serenatas; patios empedrados hasta donde llegaba el sol a besarse con la brisa, solares arborizados en que cantos de pájaros eran el arrullo de la paz hogareña. No. Ellos jamás lo sabrán.

Alberto.     

miércoles, 26 de febrero de 2020

MIRADAS ESCRUTADORAS


FRONTIS SIN TORRE DEL TEMPLO DE COPACABANA

De aquella Copacabana que acogió las escaramuzas de las confusiones infantiles, de esa aldea romántica de la mocedad, de aquel verde paisaje con olor a naranja, guayaba o mangos; de esa floritura multicolor de rosas, claveles, gloxíneas y bifloras moteadas de diferentes matices; quedaron engarzadas tantas imágenes que la memoria les dio hospedajes, sin esperar emolumento alguno de retribución. Se fueron acomodando las visiones más sencillas, tragedias imborrables, que aun desangran el alma; personajes de lucha diaria por darle lustre al poblado, protagonistas de la cotidianidad que de locos no tenían nada y sí mucho de avispados y en verdad qué el Sitio, era un lugar apetecido por quienes viven del cuento. Un gran ejemplar nacido en la tricentenaria lo fue Horacio (Tirsio), vivía en la cúspide de la subida al Chispero, en una casita humilde dónde perdió la vida su hermano al explotarle un taco cuando lo taqueaba de pólvora. Horacio, alto, de fuerte complexión, sombrero tipo hongo, vestimenta alejada de lujos, pantalones ajustados al cuerpo con una cabuya; al hombro jamás faltó mochila en que carba alguna vianda, tacizo y machete para rozar maleza en algún predio donde fuera contratado, pero eso sí, qué nunca estuvieran ausentes las tizas para entizar los tacos de billar en que era todo un espectáculo, en dónde ganaba dinero casi siempre.

Ahí en ese lugar recóndito de la memoria se instaló aquel sacerdote llegado al pueblo cómo coadjutor, el padre Manuel Jaramillo Flórez. Delgadito y pálido como un espagueti, cabellos erizados entre canosos, voz gruesa perfecta para el púlpito. Fumador constante, jugador de ajedrez al qué le dedicaba largas horas en el viejo kiosco de redondel. Quizás nadie supo, fue un buen tirador de escopeta y aquí entre nos, ferviente admirador de las bellas muchachas. Inexcusablemente en un lugar especial del palacio de la memoria se quedó paseando por sus laberintos doña Luisa Bustamante (Mama Luisa). El primer recuerdo está en la casa finca a la entrada del cementerio, con linderos de la quebrada Piedras Blancas; recuerdos del corredor principal engalanado de aquellos descansaderos bellamente llamados “nidos,” por donde correteaban sus hermosas y elegantes hijas. Don Octavio Sierra el compañero, era un próspero carnicero qué se mantenía a media caña, cada hora se tomaba su aguardiente que para aquel entonces era anisado. En la parte del solar pastaban vacas, caballos y yeguas de montar. Lo que hizo que la evocación se quedara dando vueltas, es la bella estampa cuando todos los domingos y días festivos salían por la carreta rumbo al Noral y, sus alrededores donde existían bailaderos. Llegaban al pueblo por la tarde y sobre el pavimento se escuchaban el sonido de los cascos de los jamelgos, la risa de los jinetes con más de un trago encima y los runrunes de las viejas camanduleras.

Alberto.   


jueves, 20 de febrero de 2020

RECORRIENDO EL PASADO


COPACABANA HACE ALGUNOS AÑOS

"El corazón de todos los inviernos vive en una primavera palpitante, y detrás de cada noche, vive una aurora sonriente". (Khalil Gibran)

Puede ser una manía genética o sólo algo inherente con los años, eso de estar haciendo viajes constantemente por el pasado; pero sea lo que fuere, es algo que llena el alma de contento y, algo más, es agradecerle al ayer, todo aquello que nos hizo ser feliz; es cómo desligarnos del mal generacional de la ingratitud. No se puede desechar por ningún motivo, las horas vividas en compañía de los padres, cuando el hogar, aún estaba unido por la vida y la paz de la morada, donde se calentaban los sentimientos al arrullo del ejemplo. Sacar del recuerdo a los institutores, la vieja escuela de tapias, los recreos, las animadas caminadas en estricta formación hasta la cancha de fútbol de La Pedrera, lugar, en que nos desinhibíamos y más de una pilatuna se cometía; cómo aquella, de pegarle en las canillas de los compañeros con ramitas de pringamoza o aquella sorpresa de ver a don Alfonso, maestro de segundo, levantando la tapa del pupitre, para tomarse tragos de aguardiente en plena clase. No se puede omitir el dolor de ver el primer muerto y que éste haya sido un compañerito de la escuela, electrocutado durante un desfile del 20 de julio, cuando tan animado llevaba su antorcha. De la misma manera, quedó para siempre la usurpación de unos cuadros, que nuestra madre amaba y que la maestra de primero, nos pidió para adornar el salón y que jamás regresaron al lugar de origen. 

Se viene así, sin cronología, los pensamientos más dispares guardados anacrónicamente en la evocación del corazón. En las vieja y derruida capilla de San Francisco, quedó revoloteando aquel primoroso instante, en que a escondidas, se galanteaba a la bella niña de trenzas, adornadas de pequeñas flores y el momento que de sus manos se recibió un pañuelo perfumado -hecho premeditado-, que duró mucho tiempo guardado en el bolsillo de atrás del pantalón y que todas las noches a escondidas, se le depositaba un beso. No se puede pasar el borrador del olvido, el tiempo de las navidades, cuando con la dirección de Margarita Quintero (hermosa voz), subíamos en tiempos de la novena del Niño Dios, al coro de la iglesia y con unos pajaritos de polietileno llenos de agua, acompañábamos el canto de los villancicos; nos sentíamos tan importantes que mirábamos de soslayo a los demás niños, además, estábamos seguros, qué el Divino Redentor, por nuestra 'devoción', nos colmaría de traídos y que no cabrían debajo de la almohada. ¡Bendito ayer! 

Alberto

miércoles, 12 de febrero de 2020

TEUTONES EN COPACABANA


RECORDACIÓN DE LA FUNDACIÓN DE COPACABANA


No sé qué día y menos por qué, cualquier amanecer de una mañana engalanada de fresco aire, fueron asentando sus pies tres hombres llegados de la Europa convulsionada por fratricidas guerras, podría ser debido a eso, que abandonaron su terruño dejando atrás costumbres, propiedades, familia, empleos y no es por demás, un tierno amor. Aquel hombre de complexión atlética, piel blanca, ojos azules, juntó su raza aria con la paisa; cupido les observaba y les clavó el flechazo. Por el sector en que cruzaba raudas las jaulas cargadas de cebús con su giba adiposa, maltratadas y sedientas. El Noral, ese lugar pacífico de frescura encañonada en que el tren dejaba la estela de humo matizado por el cha-cha-chá del movimiento, el sonido de los polines y aquel pito anunciador de la próxima llegada a la bella estación de la Copacabana de otrora; se acomodaron creando prole. Él era todo simpatía, bullicio cuando llegaba a comprar víveres a la tienda de “Madeja”. Don Carlos Pinsky era un paisa más. Apoyó la economía con una fábrica de químicos. La plazuela de San Francisco le dio en su belleza histórica un rinconcito al germánico Gerber Geithner; la memoria se ensancha buscando en alguno de sus recovecos y no visualiza la figura del extranjero, pero solo el presente dice que es, la ascendencia de Cristina Geithner la actriz. Un día aquel caserón hermano en vejez de la Capilla, se quedó sólo…

En la subida del carretero condominio de los Montoya, se instaló con esposa e hija alemanes, don Francisco Jingles. Hizo de su propiedad todo un búnker, encerrado por murallas de adobe macizo al que sólo entraban alguno de los Montoya: Zacarias, Segundo o don Rafael, también el vigilante custodio de la casa, empresa y árboles de naranjas pamplemusa, “ombligonas” y de unos arbustos atosigados de naranjas injertas, qué ni en el cielo las hay tan dulces, acompañado de enormes ejemplares de perros alemanes y a pesar de ello, revestidos de triquiñuelas, robábamos para hartarnos riéndonos de los caninos y del vigilantes. La familia no tubo jamás un rato de sociedad con nadie, ese comportamiento, más el claustro habitacional, levantó en la vecindad miles de conjeturas y hasta temores, se llegó a decir qué Mariano Ospina estuvo escondido ahí cuando los sucesos del 9 de abril de 1948. Una empresa de mangueras era la supervivencia y quizás el disfraz de un pasado culposo.  

Alberto.       

miércoles, 5 de febrero de 2020

"LOS ESCALERAS"


EL VIEJO PUENTE 

Hace tanto que nos enseñaron que mi bello pueblo, estaba distanciado de la capital por 16 kilómetros. No existía autopista a la costa, todo aquel que viajara para ver el mar se untaba de paz al atravesar el caserío de casas históricas de un solo piso, con ventanas y puertas abiertas. La carretera qué unía al Sitio con la Tasita de Plata era aquella llamada el carretero o la vieja, no exenta de huecos por la que tantas veces pasaban los ciclistas de la vuelta a Colombia con Ramón Hoyos al frente, aparatosas competencias ya de motocicleta o de autos y jaulas cargadas de café de aquí para allá o al contrario con ganado; era la misma por la que los sitiénses se trasportaban al trabajo, estudio o hacer las compras de cachivaches de moda. Aquello era casi un paseo. No se viaja de cualquier manera, de las entrañas de los escaparates salían a relucir las mejores prendas para no desentonar ¿pues qué dirían los pretenciosos de la ciudad?: “Vean a esos montañeros.” No. Bien vestidos nadie se daría cuenta y se mesclarían con la petulancia de la ciudad de la frivolidad. Era un recorrido matizado por el polvo, las frenadas a cada momento para recoger pasajeros diseminados a la vera del camino, el chirriar de las llantas al escuchar el timbre halado por alguno que ya había llegado al lugar de destino.

Los carros de escalera estaban agolpados enfrente de la cantina de la pisca debajo de uno de los palos de mango, era allí el cuadradero en que los ayudantes o fogoneros ensordecía con el pregón: “Copacabana Medellín, suba qué nos vamos.” El muchachote desordenado montaba al capacete todo lo que no se podía llevar en las bancas y de paso miraba la pierna de las damas, que después de mil peripecias subía para acomodarse. Aquel Fargo, ese Chevrolet y el Ford de 8 bancas pulcramente mantenidas, eran unos palacios multicolores. Los laterales del vehículo eran un museo geométrico que rompía la brisa matutina cuando el motor ronroneaba acortando el camino; al cruzar dejaban ver en la parte trasera la religiosidad de la hidalga Copacabana. En el olvido no puede quedar las imponentes sirenas colocadas en el frente y en la parte más alta del carro, que se hacía sentir cuando partía o en la llegada avisando qué estaban de regreso. Los postigos dejaban ver rostros expectantes, sonrisas tímidas, manos agitadas, mientras en la calle la chiquillería rodeaba con sorpresa y cariño a los que bajaban y ponían sus pies en suelos preclaros.    

Alberto.

miércoles, 29 de enero de 2020

LAS CHORIZADAS



FOTO DE COPACABANA DE SEBASTIÁN CORREA

Hombre, no es por chicaniar, mucho menos demeritar la vida actual, pero sí sé configuran en el recuerdo acontecimientos tan inmensamente gratos en ese ayer, ese, vivido en aquel conglomerado acorralado de verdes montañas agrietadas de surcos de honorabilidad, adormecidas bajo el impacto de olores a azahar de naranjos en capullo, guayabales adormecidos por el arrullo de cause de la cantarina quebrada, bifloras hogareñas verdes de ensoñación, policromas y cuidados extremos de delicadas manos; música antañona que arropaba el parque al rodar del tocadiscos y que la brisa la introducía por entre los postigos de ventanas “arrodilladas” ; el escuchar a la distancia los golpes en el yunque forjando el hierro, la fortaleza, creatividad y el alma. Aquel paisaje bucólico recorrido por los pies veloces, la mirada escudriñadora, se quedó para siempre haciendo roncha en la mitad del alma, de la misma forma que lo hace la flecha o la pérdida del primer amor y más hondo aún, la muerte del primer amigo qué ya nunca más alzará la copa de anís en el brindis por la amistad.
Las edades eran más o menos parejas, si acaso meses los separaban. Apareció sin saber de dónde el nombre de la cofradía: LOS GUIFAROS. Los pajaritos les tenían miedo cuando los veían en sus vuelos, armados de la cruel cauchera; los charcos de la quebrada les brindaban su profundidad verdosa, para que retozaran con sus cabellos húmedos, cuerpos habidos de aventura, soñadores e incrédulos. Cuando llegaban los tiempos de asuetos de la escuela lo disfrutaban hasta el delirio. En el morro del cementerio de la amada Copacabana, se desprendían cómo locos en hojas de palmera embadurnadas de cera. Pero había algo más que los reunía haciéndolos sociables, era la chorizada en las horas de la noche en la quebrada Piedras Blancas; cada uno de sus hogares traía algo de bastimento, ya los chorizos estaban comprados en laguna de las tiendas. La leña estaba en las orillas de palos secos de los guayabales…tres piedras y manos a la obra. Todos ayudaban a la fritanga bajo la tenue luz de la candelada, se oía el chirriar de los elementos en la paila y los hijueputazos después de las quemaduras. Aquello se podía hacer, no existían violadores, tampoco habían nacido los atracos.     

Alberto.

miércoles, 22 de enero de 2020

LA PIEDRA DE ARA


QUEBRADA ARRIBA LOS NIÑOS UNA TRADICIÓN DE COPACABANA

En el tiempo en que en Copacabana disfrutaba de los 23 grados de temperatura, la suave brisa no encontraba obstáculos en moles de cemento, los habitantes se conocían compartiendo sus viandas; los hogares llenaban los solares de árboles frutales, los animales retozaban en las inmensas mangas y la escuela Urbana de Varones, sí, esa misma conocida cómo Escuela de don Jesús, la de dos patios para desinhibición; uno con fontana incorporada, que servía para calmar la sed o, refrescar el cuerpo del sofoco de tardes de verano; aquella, de salones amplios, vastas ventanas para que el espacio pudiera compartir el aula con el aprendizaje de los párvulos de números quebrados, decimales y el respeto social. Ese lugar de primer amaestramiento, no estaba exento del temor al castigo cruel de las famosas ‘reglas’ que golpeaban varias veces las manos o lo glúteos de aterrorizados niños. Fue allí, que entre recreo y recreo escuchaba de un compañerito la famosa historia de LA PIEDRA DE ARA.

En el amplio patio de atrás llamado el Predio, amurallado por paredones de tapia que formaban un rincón en que la sombra invitaba a reposar, él, el que seguro escuchó en el hogar los misterios esotéricos que se hayan en el interior de los templos, exactamente en el altar donde los clérigos ofician las misas, se encuentra lo que en la memoria quedó gravado y que ya con todos los años encima encuentro: “(…)     Pero en la parte central taladraban un hueco de unas medidas adecuadas en los que introducían reliquias de algún santo, pedazos de lignu crucis, o talismanes sagrados para significar la conexión interna entre el cielo y la tierra, entre el oficiante y el oficio, entre el sacerdote y Dios, es decir de esta forma daban al altar la cualidad o símbolo de Cuerpo de Cristo, sobre el que conectamos con Dios.” Mi amiguito contaba con la inocencia que para aquellos tiempos existía, qué en el Sitio de la Tasajera, la Copacabana del alma, habitaban hombres que empotraron chispas de la piedra de Ara en la muñeca de la mano, usurpadas del hermoso altar recubierto de plata (que un negro día desapareció), volviéndose casi imbatibles por enemigo alguno; de eso recuerdo los nombres del Hijo de Juana del Cabuyal y Cañengo de la Azulita. Mi compañerito me lo contó y yo se los repito.          

Alberto.

miércoles, 15 de enero de 2020

LA CAPILLITA


EL PARQUE DE COPACABANA EN ÉPOCA ANTIGUA.

Todo era silencio. El medio día estaba radiante. Las golondrinas jugaban dándole la vuelta a la enorme torre. Los pasos retumbaban en los oídos, mientras se dirigían a lugar más amado; aquel amor nació desde pequeño cuando agrupaban a los niños sobre los ladrillos que tapizaban la tierra ancestral y sentados cuidadosamente iban recitando el catecismo, que enseñaban Margarita Quintero y Carlina Tobón Acosta la mayoría de las veces, otras, estaba la presencia del cura coadjutor. Los ojos inquisidores repasaban cada una de las decoraciones históricas talladas en madera: El altar, las imágenes quiteñas especialmente las doce estaciones colgadas del muro de bahareque; los tres portones de acceso, la chambrana que separaba a los feligreses del presbiterio. Aquello, siendo tan niño, lo hacía pensar en la leyenda que contaba los principios del villorrio. Alguien de los antiguos pobladores manifestó que el clérigo de la capilla escondió algunas armas de los conspiradores patriotas, en túneles que estaban debajo del altar. Todo el entorno exhalaba un efluvio de hidalguía, historia y curiosidad.

La plazoleta llevaba el mismo nombre de la capilla: Plazuela de San Francisco. El sonido de sus pasos se confundía con el de los cascos de la mulada que cargan en la angarilla, la caña dulce para el trapiche. Poco faltaba para llegar al sector amado en que grandes caserones de familias acaudaladas y la del teutón Gelber Geithner, daban postín al lugar. Cuando la mirada quiso ver el entorno del ayer…sintió un golpe en el corazón que lo hizo tambalear. Nada existía. Se dice que un incendio arrasó con todo desde las cepas. El cura de sotana negra y una ostentación en la figura, se marchó llevándose con él, el nombre de los lugares en que el pasado volteó la esquina sin dejar huella; en que la historia, el arte quiteño, los sables, trabucos y chopos patriotas se silenciaron para siempre sin conocer la victoria. De aquel lugar apacible inundado de recuerdos de un ayer de abolengos en que, en la Semana Mayor, descansaba el cuerpo de Cristo muerto, nada quedó para que las futuras generaciones sientan el arrullo de los que escribieron con amor y lealtad la leyenda de la Copacabana ilustre.

Alberto.                 



miércoles, 8 de enero de 2020

BABEY


INTERIOR DE LA IGLESIA DE COPACABANA
En aquellos pueblos de antaño, esos, de bestias amarradas a los barrotes de las ventanas arrodilladas, carros de escalera, sermón de Hora Santa, Madres Católicas e Hijas de María, existían personajes inolvidables ya sea por su ostentación, el gamonal, la niña más sexi atracción de miradas; esos mentirosos compulsivos que si dicen una verdad, se ponen colorados, hermosos borrachitos que si no los metían a la cárcel cada domingo, la rasca no tuvo gracia o la pelea a machete en la cantina por linderos o aguas. Esos pueblos que hoy yacen ante el poder satánico del “progresos” y que los pocos duelos se esconden para no verlo morir. Casi siempre los historiadores en sus escritos van nombrando personajes de alcurnia, límites, nombres de cordilleras, ríos y quebradas. Hacen un barrido en la historia del primer cura y alcalde que dejaron huella, aunque esta haya sido nefasta, olvidan a esos humildes faltos de intelecto, que muchas veces, utilizan el personaje como un caparazón para vivir del cuento, pero la mayoría de las ocasiones trancaos y cerrados por dentro; esos que todos llaman Personajes Típicos. Copacabana los poseyó[C1]  y muy buenos.
Cuando la sonoridad de las campanas de la iglesia decía en su canto que eran las tres, esa hora en que el sol se vuelve faro, la brisa empujaba los chorros de la fontana y la brizna curiosa se salía del estanque, para pícaramente chilguetiar a los transeúntes, ese momento diáfano en el cielo que aprovechan las tórtolas, los azulejos y las palomas para cruzar la belleza del parque; los días sábados se veía una mujer enclenque, inexpresiva, vestida con atuendo gris que cubría el encorvado cuerpo salir de las hileras de cuartuchos que eran las carnicerías en semana, llevando encima la pesada mesa parte del toldo que el domingo engalanaría el entorno. Una y otra vez pasaba con su carga sin un reclamo, sin mostrar fatiga, cansancio y ni una sola sonrisa. Al terminar la labor emprendía camino a La Azulita donde tenía su morada. Piel de mestiza, pálida, impasible y rápida; aquella pequeña distancia del parque a la Azulita, se convertía para ella en martirio. Los niños le gritaban Babey y ella, se convertía en una energúmena, lanzaba piedras a diestra y siniestra…unas daban en el blanco y otras cayeron en el recuerdo para no hacer ningún daño.

Alberto.                

 [C1]