MÚSICA COLOMBIANA

ASÍ ESTAREMOS HOY.

viernes, 16 de diciembre de 2022

DESHILACHNDO EL TIEMPO



 

Cruzaron raudos la vega del río, él y Biyú el perro compañero, se sentaron a la orilla  a ver con detenimiento el juego de las olas y el remolino en el que bailaban las más dispares de las suciedades arrojadas irresponsablemente, veían como el agua unas veces las hundía y otras trataba de arrojarlas fuera para que dejaran de contaminar; el silencio del ruido entre ellos estaba presente, pero estaban comunicados con el corazón constantemente; la blanca cigüeña se posó en el empinado  sauce, en que su vaivén sensual le propinaba junto con el aire, la paz infinita del ensueño , ella, como ellos, oteaba el ambiente de calma en que solo la brisa movía las hojas de los arbustos, las afiladas de los cañadulzales y jugaba entre la corriente del afluente. Al frente de sus ojos estaba la ribera en que estaba el intrincado sendero del tren, con sus gruesos polines o traviesas que soportan los brillantes rieles en el que el monstruo movido por carbón de piedra, se desliza haciendo que la tierra tiemble ante su arrollador paso y el pito de gratitud cuando los pueblerinos izaban sus pañuelos en son de despedida. Los gallinazos avizoraban desde las alturas algo en descomposición para cumplir la misión de descontaminación, mientras las hormigas cachonas formaban caminos cargando cada un trozo de hojas, en unión envidiable; el perro con su ladrido le avisaba que por entre los matorrales brincaba el conejo para escabullirse a la cueva profunda, mientras divisaban a hombres semidesnudos a metros más abajo, dedicados a extraer arena y cascajo, dejando ver en su piel morena, las inclemencias del clima. Cogían la batatilla que comerían sus cobayos y regresaban al hogar.   

 

Las costumbres en el pueblo, se arropaban fuertemente con grandes cadenas de decoro, tratando de que el ambiente familiar, sus tradiciones ancestrales, no fueran hacer violadas por la llegada de fuereños. Un día grandes empresas hicieron petición para afincarse en el suelo fundado por el mariscal Jorge Robledo, los pequeños terratenientes pusieron el grito en las alturas, para manifestar el rechazo dijeron al unísono ¡NO! Aquellas compañías se apuntalaron en hermana población de Girardota. Era don Félix Montoya otro integrante de la cofradía de los transportadores en carros de bestia, que ya cansado por los años tomara la decisión de hacer acarreos dentro del área urbana o algunas saliditas por ahí cerquita puesto que su “macho” (mulo) brioso de otrora, era ya un animal cansino y no aguantaba viajes hasta la capital y él, tampoco. Se le veía cargando tejas y ladrillos desde el tejar de los Zapatas, arena, gravilla y cascajo a la orilla del río o ayudando algún trasteo de una familia. El niño lo tenía observado pues siempre tenía que pasar por el frente de su casa, deseaba estar sentado junto a don Félix, ahí, cerquita del animal y llegó el día. El viejo a pesar del genio disparejo lo dejó que se trepara y de un salto estaba en el lugar soñado. Caminaba lerdo, pesado y torpe en el andar, no escuchaba los hijueputazos ni el arre macho, entonces don Félix sacaba del descolorido carriel, un enorme clavo que iba a introducirse en las ya laceradas, magulladas y heridas posaderas única forma de empezar a trotar. Aquella experiencia que buscaba tener felicidad, le dejó un recuerdo triste al ver que al anciano lo pullan para que pueda terminar su destino.


Alberto.   


 

sábado, 26 de noviembre de 2022

Y...CÓMO NO LLORAR


¿Y…cómo no llorar?

 

Con el correr del tiempo se fueron desvaneciendo hasta perderse, actitudes y cualidades engalanadoras de los especímenes que ocuparon el espacio parcelado para acoger a los descendientes del alelado Adán y la pizpereta Eva. La honradez, un día amaneció completamente desvencijada, descompuesta, tanto, que ya nadie la reconocía; aquello de la fidelidad, le fueron cambiando de nombre y alegremente la llaman bobada; ¿Amistad? Ya no existe. Ahora es el fajo de billetes en el bolsillo, la chequera o el escalón social el que es “respetado”. La felicidad sincera, es un espejismo que atraviesa la mente haciendo ver una realidad inexistente; de un momento a otro se desprendió el alud del existencialismo, tapando todo aquello que antes era delicadas virtudes. Los cambios en la sociedad se iban haciendo visibles, primero en las grandes urbes, hasta irlos observando la forma atrevida en que trepaban a los riscos, murallas que guardaban la dignidad del campesino, que fue doblegándose pasivamente al sibaritismo, hasta el punto de renegar del surco, el arado, la parcela, el chiquero de los marranos; el gallinero y la recogida de los huevos, ya era tormento la búsqueda de la leña para el fogón de tres piedras y el Ángelus vespertino le dio paso a la aspiración de efluvios engañosos de bienestar irreal que al ir despertando, sé es ya un guiñapo, al que las miradas se pasean sin detenerse, dejando ver el signo del terror y miedo. El fin de la estirpe que llenó de gloria las gestas de la arriería y el abandono de la recua de mulas, hizo que el arriero solo perduraría en libros de lomos gastados en repisas desvencijadas de un corazón envejecido.

 

Mucho antes de que el llanto empiece a brotar y el espeso de las lágrimas nublen la mente, se debe ir entregando de aquel pasado en el villorrio de la virgen de La Asunción, acaecimientos del cuotidiano vivir, en los que se entremezclan alegrías desbordantes o penalidades, que son como los dos caminos transitables de la humanidad. El teatro Gloria, era ese sitio perfecto para que una sociedad pasiva, calmada y sin muchos lugares de esparcimiento, lo tomara como la zona de salvamento, a pesar de que las bancas estaban hechas más bien para incomodar que para dar descanso; las películas venían muy maltratadas y constantemente se reventaban, momento aprovechado por la chusma de los fogoneros para insultar a Horacio el cabezón con gritos ensordecedores, para calmar el instante se prendían las luces, acto que calmaba el ambiente. Aquella noche se había ido a ver: Yo maté a Rosita Alvírez, con Luis Aguilar, ese día la cámara pasó la cinta sin ningún tropiezo. Para llegar al hogar, debía pasar el hermoso puente de Imusa, la casa finca de mama Luisa y la bendita entrada al cementerio; en la parte alta del camino sinuoso, torcido y desigual, en la oscuridad atravesada por uno que otro cocuyo empezó a ver un bulto negro, el golpe sordo de una campana y una voz gutural llenándolo de pánico; volteo la cara al lado contrario de la aparición “fantasmal” corrió como un gamo dejando atrás la entrada a la Azulita, el puente de las Sinarinas, entró al hogar…al día siguiente supo que un señor había comenzado la devoción paisa del animero. ¡Esos sí son espantos! 


Alberto.   

 


 

viernes, 18 de noviembre de 2022

DESHOJANDO ALMANAQUES


DESHOJANDO ALMANAQUES

 

En los últimos tiempos se ha estado como a la espera de aquella carta, en la que entre líneas han de venir fragantes noticias allende de los mares, sin que las gaviotas estropeen su curso; es una carta ficticia, creada por la mente, en la que atraviesa el oscuro túnel del tiempo, para que renueve el ayer vivido, al hoy, añorando ver con claridad estampas escritas en mármol en el lindero florecido de épocas eco distantes. Cuando llega el oscuro fantasma del “cartero”, es a horas impropias, como aquella de llegar a media noche en medio de la oscuridad de la alcoba o a la modorra del mediodía cuando se escucha el taconear de la gente sobre el pavimento humeante; sin negar, se siente una felicidad de muchacho cagao hasta la crin. Se abre el pliego de ese ayer y van apareciendo ilustraciones, estampas y grabados desde los pantalones cortos con los bolsillos que estaban llenos de bolas roñosas, el trompo y la pita, la cauchera de cuatro ramales con la horqueta tallada con la efigie de mujer voluptuosa, hasta con roto incorporado para tocarse el “pipí”; así mismo, surge por entre gobelinos perfumados, el hogar paterno con sus costumbres, patios florecidos, bendiciones, regaños, ronronear de gato y ladridos, una mixtura soberbia de encantos quizás irrepetibles en el lapso que queda por recorrer. En esa esquela perfumada por el espacio, no puede faltar en el guion, los efugios de amores rechazados por la suegra con infinita crueldad, son todo aquello, la parafernalia que va endureciendo la personalidad para enfrentar en el futuro al monstruo de la realidad.

 

Al seguir avanzando en la lectura, llega el instante fatídico de otra tragedia casi en el mismo punto del de la escuela de niña, en el lugar de Cuatro Esquinas un poco más abajo de la cantina de “Molé”; un señor se subió a hacer un arreglo en un techo y por un descuido tocó las primarias de la energía y murió electrocutado, no deja de ser algo curioso, en tan corta zona, dos desdichas. En la epístola del tiempo con aquella hermosa caligrafía de la añoranza, aparen la alegría ingenua de saltar polines de la carrilera, unas veces para ir hasta Girardota y las más, para ir a Bello a ver cine en el teatro Rosalía o al Bello; cuando existía cansancio, se caminaba estableciendo equilibrio sobre el riel, aquellas paralelas aceitadas serían como todo un psicólogo para las generaciones actuales. Avanzando en la lectura de esa “carta” artificiosa, aparecen los juegos infantiles desarrolladores de la mente, espíritu y cuerpo, las niñas jugando: al lazo, con muñecas de trapo muñequero a las mamacitas, también la golosa y los niños, pirinola, botellón, pelota envenenada y con carritos en madera rústica, recogiendo arena de las construcciones, que, a la vez, amontonaba en las uñas las minúsculas niguas culpables de incitante rasquiña y dolorosas pelas.


Alberto.

 


 

domingo, 9 de octubre de 2022

BUSCANDO HORIZONTES



El hombre desde que pisoteo la tierra ha venido en crecimiento y con la rueda, se emberracó en busca de superación. En el tiempo que las miradas inquisitivas iban trasladando los instantes a la oficina central de la mente, quedaron el vocabulario, el atuendo, las costumbres familiares, comidas y el proceder de la añeja cultura. Sin hacer esfuerzo, aparecen esas estampas de esos ejemplares de la gallardía abrigados por la runa, carriel de nutria, peinilla envainada en la cartuchera de ocho ramales, acompañados por su prole y el caballito galapero que ya conocía todos los vericuetos del camino que los llevaría a la cabecera del pueblo y dejaba escapar un relincho al ver la cúpula de la iglesia, que sobresalía por encima de los tejados que resguardaban la honestidad; se escuchaban a lo lejos: “Pañe ese costal y arranquemos pal jilo, vusté sí ques bien langaruto”, era que ya habían asistido a misa y emprendían el viaje de regreso a la parcela sembrada de plátano, hortalizas, árboles de mango, naranja y mandarinas en que revoleteaban las abejas polinizadoras, colibrís, azulejos, “sangre toros”, toches y cuanta ave sintiera a su paso el deseo de saborear la dulzura esparcida en la heredad de la estirpe. Debajo de un árbol frondoso con ojos amodorrados, estaba la vaquita mascando sin finalizar el bocado de hierba, mientras con la cola espantaba los moscos, en la que el perro criollo redoblaba los latidos para dejar escapar su felicidad.  

 

Por la puerta falsa del caserón que miraba de frente el templo, de mañanita salía arriando las vacas, don Ramón Ríos (Ramoncito), con su figura cansada de años y aquella hernia inguinal que llenaba de interrogantes a los ladinos niños; se le veía abrir la alambrada existente después del histórico puente de Imusa, dejando que los rumiantes cuadrúpedos se adentraran por entre los guayabales que bordeaban la caudalosa quebrada de Piedras Blancas, él, envolvía el rejo, retomando el camino de regreso; por muchos años fue su disciplina y estampa que aún divaga por el sendero de la quimera. Las empresas llamaban a los trabajadores, con pitos y sirenas, los carros de escalera movían personas a fábricas de la ciudad. La Tasajera fue emporio de semejantes dedicados a elaborar productos de aluminio: ollas, poncheras, pailas y hasta ceniceros. Algunos de ellos, iniciaron sus propias empresas, tal es el caso de Pelgón (Pedro Luis González), empresa que llegó a figurar internacionalmente e Imelda, un caso de visión en un elemento de estrato campesino, iletrado pero de corazón futurista, (Eduardo Gómez); en un pequeño cuarto en que cabían un torno hechizo, una pulidora, él, y alguno de sus hermanos, fueron dándole vida a ollas pequeñas, medianas y grandes, portacomidas y poncheras que engrosaban los estantes de las cacharrerías en Medellín. Prueba innegable de la intrepidez, arrojo y bravura del pueblo antioqueño en que Copacabana está implantada por los vínculos de la hidalguía de un pueblo creador.


Alberto.

 






 

miércoles, 5 de octubre de 2022

EL MIRADOR DE LOS RECUERDOS.


Nunca se pensó que cabalgaría en el indómito corcel del tiempo, quien iba a cavilar que tomaría las bridas, correajes y arneses de épocas con sus segundos, minutos, horas, acumulando días hasta un siglo; ver en el sublime recorrido cruzar raudo el envejecimiento de rostros angelicales de aquellas bellas niñas de maleta, trenzas y zapatos brillantes, para ir a la escuela; el paso de ancianos gachos hoy, de amiguitos de juegos en las polvorientas calles o en el verde de predios amplios en que cabía la fogosidad de los mozuelos, mucho menos se visualizaba por allá en esa quietud de verde lago, el ir viendo en obituarios los nombres de seres apreciados, que dijeron adiós anticipado, cansados de la fragmentación y descomposición del humano mundo por la herida abierta en la unidad familiar, por la decadencia de la estirpe y el abandono total de la honestidad. Un día la geodesia del lugar de rezos de ángelus, de viviendas de techos históricos, el paso inseguro de personajes típicos, sonido de sirenas en carros policromos de escalera y de gentiles vecinos compartidores de viandas, desaparecieron del entorno como engullidos por una bestia mitológica.

 

Ya desde las cantinillas albergue de campesinos de día domingo, se apagaron aquellas tonadas tristonas y sentimentales que los pueblerinos llamaban despectivamente “Guascas”, para dar cabida a sones extranjeros unos y otros, a melodías con letras subidas de tono que no enternecen el alma y sí, alteran al monstro que llevamos dentro. El interior de la iglesia cambió, el altar hermosamente tallado en plata, no existe; el presbiterio ya no es resguardado de la ociosidad de los niños y a la vez servía para comulgar, por una barandilla de mármol, desapareció; la sonoridad de las campanas se dice ya no es la misma y los relojes no se ponen de acuerdo para dar la hora. creo que al progreso se le ha unido la rapiña y una fuerte porción de desidia, flojedad e indolencia por un pueblo que lo adormeció la intrusa tecnología mal usada ¡Oh Copacabana! El trote de las recuas de mulas sobre el pavimento ardiente del medio día, llevando en la angarilla el dulce alimento del trapiche, se desligó del encanto en el pentagrama del tiempo, cambiándolo por notas tristes que hacen que la melodía se vuelva apropiada en una sinfonía de horror. Cuando la existencia se vuelve extensa, te va mostrando con un índice tembloroso, que estás desvariando antes de llegar la decrepitud; el tiempo es arrollador, impetuoso y agresivo tal como una borrasca que todo aquello que se encuentre a su inhumano paso, será arrastrado con todo y sepas de los ensueños.


Alberto.  

 


 

domingo, 25 de septiembre de 2022

DESAZÓN

 


No es que se haya creado rancho aparte en el pasado, más bien, es un simple hecho de gratitud a la configuración de un conglomerado de caserones de calicanto y bahareque; de individuos procreados por el amor y paridos por la honestidad; mujeres forjadas para laboriosidad y arrulladas en la cuna de la dignidad; ese maremágnum de encantos, hechizos y sortilegios, hicieron nacer en un corazón de rapaz, un amor sempiterno por el villorrio bañado por un río y protegido como un búnker por montañas altaneras salpicadas por casitas de chimeneas, chambranas de macana, vaca cachi mocha, perro criollo y rezo del ángelus. Si no trajera ese ayer a revivir, a mostrar los encantos bucólicos y la armonía, la conciencia (juez implacable), daría una sentencia de culpabilidad que pagaría en la isla tétrica de la soledad en un lugar gélido. Rastreando en ese ayer se ve los alrededores del parque en la parte occidental con dos guayacanes amarillos, uno en frente de don Belisario Toro y un poco más abajo diagonal al kiosco, ahí en ese lugar, se llevaban a cabo peleas de boxeo montadas por el hermano de Julio Gaviria (Chonto) el singular arquero de fútbol; al frente de la anterior tienda de Luis Gil, estaba sembrado un algarrobo en que se oían cantar cucaracheros y los azulejos formaban nidos. Al oriente, los frondosos árboles de mango, hoteles cinco estrellas para todos los pájaros.

 

Siguiendo el recorrido por la antigua topografía del esplendido parque, están al frente del atrio los carboneros y entre ellos, unos que llamábamos “mionas”, ya que el fruto al apretarlo lanzaba un líquido, de lo que los niños hicieron un juego, causante de más de un disgusto y para acabar de ajustar, una pela al llegar al hogar. La quietud del parque de pronto se fue disipando, era el binomio de hombre y bicicleta que rodaban falda abajo en alocada carrera, ya las deslumbrantes por la parafernalia de los hermanos Montoya (Horacio y Genaro), que estaban llenas de pequeñas bombillas, farola, espejos, sillín acolchonado, retrovisores, parrilla y dinamo, admiración de todo el contorno, fueron proscritos ante la ola de velocípedos aparatos destartalados unos, algunos con manubrios encorvados y otros en buen estado, que inundaron las callejuelas del apacible poblado; culpable Jesús Gallego (Chucho) quien gozaba contando los pesos que pagaban los mocosos por un cuarto, media o una hora de alquiler y que algunas veces se extendía, porque habían unos lanzados que llegaban hasta Hatillo. Los niños enloquecidos por el alquiladero y los padres que se los llevaba el diablo. 


Alberto. 

 


miércoles, 7 de septiembre de 2022

HUBO UN TIEMPO


HUBO UN TIEMPO…

Corría el meridiano del siglo pasado, el acontecer exhalaba otro ambiente. Los hogares, seguían los ritmos de una batuta que ejecutaba los movimientos, con el saber del corazón y la responsabilidad. Existían escuelas y colegios en que se enseñaba primero la honradez, que, a contar el dinero, el respeto antes del poder. Las aves trinaban sin asfixia, el verde de los campos era el color natural, la nieve era perpetua, el agua corría a raudales; los niños jugaban ingenuamente por la cornisa de la imaginación. Las reuniones familiares, eran un festín de aprendizaje en donde los lazos de amistad, se ligaban hasta el pretérito. Para aquel entonces, las fincas enchambranadas eran sagrario de la heredad, reposo del carriel, ruana, machete y dados que rodaban lanzados por las manos callosas del campesino labrador de sueños e ilusiones, hoy, convertidas en lupanares de orgías promiscuas irrespetuosas del abolengo. 

 

Por las calles se caminaba con la cabeza en alto, llevando siempre una sonrisa al encuentro del trabajo honesto, sin negar un saludo a quien en la travesía se atravesaba. Simple gesto de urbanidad. Los asilos, eran lugares casi ociosos, pues las familias adoraban a sus ancianos ellos, representaban la hidalguía acumulada en el venerable patriarca, de caminar lento atiborrado de historia, que al narrarlas quedaban marcadas en el alma.

La niñez, correteaba alegremente fuera de temores, sin encontrar al paso libidinoso hambriento que mancillara la castidad de los sueños y borrara por siempre, la expresión de alegría en la faz angelical. Era satisfactorio, llegar al hogar perenne en que irradiaba el amor encasillado sobre el ejemplo y ser recibido en los instantes de angustia, por unos brazos de comprensión, prestos irrestrictamente a brindar ayuda. Hermosa y despampanante la lozanía de la mujer, maquillada por el poder de la naturaleza e irreprochable el donaire con que matizaba la pulcritud de su dignidad.  


Alberto.   

 


 

miércoles, 31 de agosto de 2022

BUCÓLICO



Idealizar aquel tiempo enredado en la zarza del recuerdo, ensalzar los parajes adyacentes enverdecidos de pastos, árboles frutales, surcos de pan coger, encumbrar la delicia del airecillo madrugador o ennoblecer el comportamiento de sus gentes, no se pueden llamar especulaciones, teorías o pensamientos de un maniático soñador, es la evocación genuina de quien vio con la mirada limpia de niño, esa, que apenas despierta asombrada ante las bellezas del entorno, traslada esas imágenes a la mente (potencia intelectual del alma), ahí se apertrechan para siempre, para con el correr del tiempo irse configurando como historias y depositarlas con amor entrañable a los nuevos habitantes, que sepan que hubo un ayer y…aquellos congéneres, vuelvan a vivir siquiera por un instante, la paz de ese entorno. Ante la mirada de delicia de los niños, iban pasando los entrañables carros de bestia que llegaban con una puntualidad militar, para entregar en las tiendas de abarrotes, situadas casi todas en la parte nororiental, los encargos hechos. Siempre llegaba de primero Germán Montoya con su jamelgo de inmensa contextura, mientras los otros, hermanos o sobrinos, contaban con mulas algunas de estas, con muchos años encima. A eso de las tres y media de la tarde, empezaban el retorno a sus hogares en el Pedregal condominio de esa acrisolada familia de cocheros fundadores del transporte en el Sitio y la ocasión de los párvulos que salían de la escuela de niños, que vivían por aquellos entornos, para colgarse por debajo del planchón, en el eje que unía las ruedas de madera, para viajar más rápido a tomar el “algo parviao” en el refugio del hogar, muchas veces bajados a punto de soga y de sobremesa, el hijueputazo.  

 

Cansado ya el sol de entrar a los anchurosos corredores enladrillados y visitar de una en una las amplias piezas de la casa, en que el cuadro del Corazón de Jesús daba la bienvenida, iba tenuemente la oscuridad apoderándose del espacio, era el mejor momento para que los infantes se tomaran por asalto las calles y más de medio parque; hacían aparición chiquillos de la calle de la Rosca, Chispero, la calle Mejía y comenzaban a jugar partidos de fútbol con pelota de números que siempre terminaban cuando el dueño de la bola porque iba perdiendo, la recogiera y se fuera. La cosa no terminaba ahí…se iniciaba el botellón que muchos al brincar aprovechaban para golpear con fuerza al inclinado en los glúteos, factor que prendía la pelea que se apaciguaba con el coclí:, el que lo vi lo vi y el que esté detrás de mí no pago. Las niñas en el quicio de la casa mientras tanto jugaban esconde la correa, a la gallina ciega o a las mamacitas; el ambiente era de agitación, movimiento, bulla y algarabía bajo la mirada escrutaste de los padres; algunas damitas casaderas se reunían en frente de los hogares a contarse de sus amoríos escondidos o a hacer coros con tonadas sentimentales. La noche se ponía oscura, pues el bombillo no alcanzaba a despejar lo lóbregue del momento, ese era el mejor instante y antes de ser llamados a dormir, jugar el escondidijo. Una noche como tantas se empezó el esparcimiento, el que le tocaba buscar iba descubriendo compañeritos en los puntos más extraños. La diversión consistía en escudriñar a los que se ocultaban hasta encontrarlos; uno a uno descubría…faltaba uno. Detrás del kiosco, nada; agazapado en los árboles, tampoco. Corría la noche y no daba con el último. No lo encontró porque el padre lo cogió de la oreja y lo llevó a dormir sin que él se diera cuenta…  


Alberto.

 

 

miércoles, 10 de agosto de 2022

ENSOÑACIÓN

 

Aquello era casi sagrado cuando daba principio un nuevo año. Según era el día, si lluvioso o de verano, se iba sabiendo como irían a hacer los meses del año; la palabra con que denominaban aquello era (era, porque con los daños a la naturaleza, eso ya no existe), les decían cabañuelas. Los campesinos sabían con exactitud los instantes de siembra y de cosecha, en los hogares no se conocía aflicción, desconsuelo ni congojas a la hora de hacer el mercado para apertrecharse de viandas, pues por la puntualidad del clima nada faltaba en las tiendas y menos en el mercado dominical, en que la naturaleza hacía gala de su magnanimidad. La inmensa plaza se veía colmada de todo lo que Dios dio para calmar la voracidad de los hombres; se entrecruzaban las elegantes damas acompañadas de sus consortes con las matronas de mantillas y los nietos, hasta florecientes damitas con vestidos alegres y hermosas sonrisas salían a hacer algún mandado. Aquella pasividad de Santo Domingo de la Tasajera, nombre que también le pertrecharon y habilitaron en los más tiernos años a Copacabana; los días de la semana, corrían como las aguas mansas de una quebrada de arroyos puros; antecitos de las doce, se veían pasar niños descalzos llevando portacomidas para los trabajadores de Imusa, corriendo antes que sonara la sirena. Desde la cantina de Tito, se dejaba escuchar un tango tristón y arrabalero.  

 

Cuando iban pasando las fragancias expedidas desde las cocinas en que hasta ollas de barro entraban en la cocción, de esas delicias de la comida paisa, entraba a sus anchas la modorra del medio día, a ese letargo, lo seguía un silencio sepulcral. Todo era desolación y sin quererlo, nostalgia. El sol cansado de iluminar los tejados pardos por el tiempo que cubrían la hidalguía, la nobleza y el señorío de sus habitantes, le iba dando paso a la oscuridad, era la hora precisa en que hacía su aparición Guillermo Toro con una extensa vara, derecha como su existencia, acondicionada en una de sus puntas, para ir juntando la cuchilla dejando pasar la corriente que iluminaba el “foco” (bombillo), para que una luz mortecina, vaga y alicaída dejara ver el frontis de los caserones, las bellas caras de las damitas y la alegría de los infantes que iniciaban el juego de pirinola, trompos y algunas veces pelota envenenada, que algunos padres no compartían por el peligro que podía representar. En la intimidad de la alcoba, la niña casadera se daba los últimos retoques con un rubor tenue en sus mejillas para esperar en la inmensa ventana “arrodillada”, al galán que después de muchos lloriqueos, los padres le dejaron dar la “arrimada”. Aquella estampa de sencillez que cobijaba diariamente el poblado se consumaba, con el acto de amistad y fraternidad entre los habitantes, cuando el niño pequeño de la familia Montoya, tocaba la puerta y decía: “Qué aquí le manda “miamá” esta mazamorrita.”


Alberto.

 


jueves, 28 de julio de 2022

COTIDIANIDAD



 

Ese nidito amado que sirvió para calentar las ilusiones del niño de cargaderas, al imberbe soñador de cuerpos voluptuosos, al joven incrédulo del contexto de la vida, de los devaneos del amor y desconfiado de la palabra lealtad, se quedó adorando para siempre ese terruño adormecido en los brazos de la brisa, en las caricias de la hidalguía y en la musicalidad de sus campanas. Era aquella época en el que el cruzar de las palomas en su vuelo, removían la tranquilidad del parque en que vacas, caballos y hermosas gallinas atisbadas por el gallo, pastaban en las mangas al frente de la telegrafía y al deleite de la mirada de los niños, que querían desfogarse al querer atraparlos; de pronto esa quietud acompañada de soledad, se interrumpía cuando unos cascos de caballo repicaban al cruzar camino al Cabuyal, lugar de origen de las elegantes damas montadas en sillas especiales echas para las amazonas doña Florentina Montoya y hermana; se perdían por el camino, pero aún perduran en mi recuerdo. En manos de chiquillos de escasos recursos eran trasladados los reclinatorios de las encopetadas señoronas, con mantillas negras de satín que cumplían el llamado de las campanas que Marquitos el sacristán, jalando los rejos, hacía desperdigar por todos los contornos del pequeño vecindario. Muy cerca del palo de mango en frente del café de la Pisca, estacionaba Juan Bobo con aquel carro antiguo convertible de capota de lona, hasta allí, llegaba el señor de “cachaco”, la esposa de vestido elegante con sombrero de pluma, redecilla o malla cubriendo los ojos, pasador plateado reteniendo el escote, guantes de cabritilla, zapatos medio tacón y los dos niños de pantalón corto con botas de charol, iban para Medellín a la fotografía Rodríguez, con el objeto de una foto del grupo familiar.

 

El trasporte de Sitio eran aquellos pintados de hermosos símbolos, emblemas, jeroglíficos, paisajes campesinos, imágenes del santoral o algunos de humor cruel; eran los Gaviria, los Toro, los Mesa y Arango los dueños de los históricos carros de escalera que rodaron por la polvorienta carretera vieja, aquella que pasaba por la zona de tolerancia de las Camelias, en que los mozuelos echaban habidas miradas a las damiselas de escotes profundos y baticas cortas, mientras las señoras se santiguaban mirando para otro lado; aquellas hermosas obras de arte, empezaron a tener problema en gran parte de la población. Mucho antes, los carros eran manejados por sus dueños, señores respetuosos, pero, todo cambió cuando los antiguos fogoneros tomaron la manija. Arrancaban antes que el pasajero (sobre todo los ancianos), pusiera los pies sobre la tierra, corrían como alma que lleva el diablo, las señoras llegaban con el corazón en la mano y despeinadas como sí hubieran visto al enemigo malo. El malestar iba creciendo…un día, la heladería La Mejor estaba llena personas que estaban en contra de la continuidad de aquel trasporte histórico de colorines; enviados de una empresa de buses modernos, quienes pagaban todo lo que se quisieran tomar hasta el de los pegajosos; ahí, murieron los 7 los 8 y nueve bancas, las sirenas en el capacete, el timbre de bicicleta jalado por una pita para anunciar la parada; se fueron despidiendo en penosa agonía, La Esmeralda y El Montecristo y como cuando el viejo se muere, se bota el bordón, llegaron los flamantes buses con dos pasajeros por puesto, terminando con la extensa banca en que todos compartían durante el viaje, principio de sociabilidad.


Alberto.     

 


 

viernes, 15 de julio de 2022

SON COSAS OLVIDADAS



 

Eran como gemelos el río y el tren; recorrían largas distancias uno muy cerca del otro, pasaban por poblaciones, sembrados de caña dulce y huertas campesinas; el uno cuando quería hacerse sentir agitaba sus aguas dejando escuchar el rumor de su caudal, el otro, era un monstruo negro que iba dejando escapar humo, mientras se escuchaba en los polines el traquetear al paso arrollador. De este último, es que Copacabana de antaño tiene los recuerdos más gratos y alguno por ahí enredado que marcó con lágrimas su estrepitoso paso. La estación estaba en la margen izquierda del río Aburrá, era una bella construcción que incitaba al descanso por aquella frescura que brindaban robustos árboles de mango, la cercanía al afluente lo mismo que a la montaña. En el frente, grandes y cómodas bancas para que todo el que iba a viajar, posara sus glúteos mientras compraba los tiquetes o a la espera de la llegada del mixto para subir ya fuera al vagón de primera que eran de color rojo o a los populares pintados de verde. Atrás, aquellos predispuestos para el transporte de equinos, bovinos y porcinos que iban directamente a la feria de ganado de la capital, también se acomodaban productos de pan coger y mercancías, de ahí el nombre del mixto. Cuando desde la lejanía se escuchaba el pito, se movilizaban al margen de los rieles, chiquillos y algunos mayores para ofrecer comestibles a los viajantes ya fuera los que venían desde Puerto Berrio o los de Medellín que viajaban a lugares antes de llegar al puerto.

 

Existía mucha actividad en aquella acogedora estación, sin faltar las lágrimas de recibimiento o despedida. Cuando el cha cha empezaba lo mismo que el escape de vapor, por las ventanillas rostros extraños aparecían y en sus manos blandía trémulos los pañuelos en signo de amistad y gratitud. El cadenero o frenero, tenía junto a la carretera que conduce a Girardota, un pequeño cuarto en que pernoctaba y manejaba gruesas cadenas para detener el tráfico cuando la locomotora estaba próxima. Desde la cancha de fútbol de la Pedrera, en que los caballos, yeguas, potrancas y muletos de Encarnación Mora pastaban, se escuchaba la gritería cuando el balón alcanzaba gran altura lanzado por Gustavo Puerta, era el tiempo en qué, el que más duro le diera para arriba, era el ídolo. Un día la inercia, pasividad y la paz de la antañona se llenó de estupor. Aprendimos a colarnos en el tren para ir a ver cine en Bello ya fuera al teatro Rosalía o al Bello, porque en el Gloria duraba mucho una misma cinta, de regreso el tren mermaba la marcha, ahí, nos tirábamos, llegábamos felices. Un muchacho bueno del Tablazo (Samuel Quintero), quiso hacer la misma travesura…cuando la locomotora mermaba la velocidad, él, se lanzó en forma contraria, rebotó y cayó debajo de los vagones perdiendo la vida; ese compañerito de escuela que lloraba cuando el maestro esgrimía la regla castradora de inteligencias al no saber la tarea, dibujó en el rostro lágrimas amargas en los educandos de la escuela de don Jesús, la de las inmensas paredes, grandes ventanales, acogedores corredores, su fresca fontana y la piscina de aguas limpias.


Alberto.

 


 

miércoles, 6 de julio de 2022

ESTAMPAS ESCULPIDAS


En el órgano de la iglesia, siempre se sentó alguien que tenía devoción por lo que hacía. Existía una barra de amigos que tenían la costumbre de encontrarse en el viejo kiosco, aquel del que tanto se hablado, o sea, el de techo rojizo, sillas, taburetes de metal que pesaban más qué un pecado mortal. Tintico, kolcana, vinol o cualquier otro refresco, llenaba las mesas, mientras chistes de doble sentido hacía brotar carcajadas, que eran escuchadas desde el balcón de la casa cural por el padre Sanín. Uno de aquellos muchachos preguntó: ¿sí ya sabían que existía un nuevo organista? Todos para el rosario de las seis. Música suave, siguió una sacra y terminó un pasillo fiestero; salieron satisfechos y pronto estaba el nuevo músico sentado en la caseta como otro contertulio del grupo, que por temporadas querían arreglar el mundo y sus alrededores. Se presentó como Francisco Zapata, de talla pequeña, buen conversador y agraciado el condenado. Todo marchaba lo más de bien, la gente contenta con el ambiente musical en las misas, las hijas de María, las madres católicas, todo el conglomerado feliz, hasta el párroco al alzar el copón, se le veía en el ceño lo amañado que estaba con aquella hermosa manera de tocar del mucharejo. Siempre el doctor Correa fue el médico del villorrio, pero un día de esos, hizo su aparición el doctor Augusto Hernández con su familia, esposa y dos hermosas niñas entrando en la pubertad; tomaron una casona de esas de las hidalgas del marco de la plaza. Como buenos católicos iban los domingos a la misa de nueve, que era como la destinada para las personas de algún postín; ahí empezó la guachafita de los amoríos no consentidos.

 

Por las ventanas de la inmensa torre se podía ver los movimientos aparatosos que hacía Chucho Arango, para alinear correctamente en la puntualidad los relojes, aquella peligrosa tarea, fue exclusividad de ese hombre que no supo de vértigos y miedos. El excelso clérigo padre Duque, hacía mucho había dejado de caminar de extremo a extremo del atrio leyendo el breviario, echando por encima de las antiparras una mirada a su feligresía, para internarse en el hotel de Juan Bobo en la salida para el Cabuyal, jamás usó la casa cural para dormir. Mientras tanto Pachito Zapata se iba enamorando cada día de una de las hijas del doctor Augusto; aquel romance fue tomando vuelo. El único lugar para citarse con una dulcinea era el amoroso kiosco, allí muy cerca del piano de 50 melodías, se sentaban a mirarse tiernamente mientras el disco de acetato giraba con la voz Alfredo Sadel; en los asuntos de amores no puede faltar el dolor. Llegó el negro día que los padres de la niña, prohibieron la relación. Citas a escondidas, llantos al interior del hogar de la enamorada, borracheras del músico sacro con desvíos de cumbias y bambucos. Del muchacho conversador poco quedaba, se le veía solo sentado en el Club de Rubio absorto, abstraído y ensimismado con Margarita Cueto; pronto el padre Sanín que no era perita en dulce lo llamó a cuentas por la actitud etílica constante. No se supo de que hablaron. Un día así tempranito cuando apenas despuntaba el sol en un automóvil salieron del pueblo Pachito y su progenitor, solo se volvió a escuchar de él, cuando por todas las emisoras sonaban como éxito musical el órgano de Francisco Zapata. Me podrán decir chismoso, pero lo que soy, es comunicativo…   


Alberto. 

 


 

lunes, 20 de junio de 2022

AL ABRIR EL POSTIGO VI EL AYER.





AL ABRIR EL POSTIGO VI EL AYER

 

Hay sentimientos raros, bueno ni tan raro, porque es este de amar intensamente el rinconcito acogedor, resguardado entre montañas en las que habitan las manos callosas de la hidalguía, que un día veía en el amplio parque el domingo de mercado, entregando el producto de su labor, amparado en la ruana encubridora de esperanzas, carriel de nutria lleno de misterios y la peinilla, espada para defender sus ancestros. Ese lugar, fue recorrido por las traviesas piernas del infante que deseaba ir grabando trecho a trecho, los recovecos de la hidalga, preclara y antañona población de la dulzura de las naranjas, el tapetusa de Quebrada Arriba, los guayabales de la quebrada Piedras Blancas; los “Niños” en Semana Santa y las grandiosas fiestas de la patrona los 15 de agosto. Toda esa amalgama, mistura de encantos, se fundieron en la mente para nunca dejar en el olvido. Un día de esos de cualquier año, empezó una cruzada en contra de amancebamiento,  contubernio o concubinato, mejor dicho, no se podía tener moza gu amante; fue así que por los campos aparecían junto a los plantíos  cerca donde estaba el espantapájaros una cruz de palo, eso quería decir que ya allí, los que habitaban sin casarse se les había echado la epístola de San Pablo y se acababa el “arrimadijo”, aquello era como capando leprosos que no es sino sacudirlos; ahora sí podían hacer “cositas buenas” sin ningún temor.

 

Por aquellas calendas en que la quebrada Piedras Blancas era el gran balneario al aire libre, por donde caminaban a pie limpio Cometierra y Majín, en que se escuchaban los cantos de las bellas lavanderas y el golpe de las prendas sobre las piedras, lo mismo que el correr del cristalino caudal y en que en ninguna parte vendía comistrajo, se exhibían en tiendas lo mismo que en cantinas, sartas de chorizos, algunos de color rojizo, unos más pálidos que pecados veniales y aquel largo y grueso salchichón que ya fritos, iban a parar a las mesas de quienes aún estaban “copetones” o los ya borrachitos, con el fin de que ese consumo de grasa al ciento por ciento, les ayudara a llegar a la casa. El templo aquel día estaba repleto: La banda del colegio, las escuelas de niños y niñas; se pasaban pañolones, mantillas, cachirulas, olores a sudores diferentes, ruanas y uno que otro pachulí dejaba sentir su bálsamo; habían hecho escala en el Sitio con la momia de San Pedro Claver, apóstol de los negros. La quietud del pueblo se vino al suelo. Entraban, salían como hormigas; confusión, admiración, incredulidad, hasta golpes de pecho pidiendo a Dios perdón; de pronto entre el gentío por la puerta principal, salía una figura enjuta con ojos llorosos, entre sus manos una enorme camándula que no la desamparaba, era Susanita, que trémulamente balbuceaba: “Esto si es un verdadero milagro mi niño.” 


Alberto. 

 

 


 

jueves, 9 de junio de 2022

LO QUE QUEDÓ EN EL ESCAPARATE

 


LO QUE QUEDÓ EN EL ESCAPARATE

 

Era mejor hacerse a un lado para que el juego de canicas o bolas de cristal, pudiera seguir entre aquellos niños, mientras él, observaba la treinta y una que se apostaba con la pirinola. El repartidor del periódico el colombiano traído desde el expendio de Moisés Pineda, lo había dejado en las cantinas de Rubio, Tito y el Brujo, para que la clientela se enterara de los últimos acontecimientos del país, los más conspicuos y serios, mientras otros, los resultados del fútbol, pero la gran mayoría detrás de los muñequitos de Mandrake, El Fantasma, Tarzán, Educando a Papá, Benitín y Eneas y otros más, que rompían la monotonía. Se vivía alejado de todo a pesar de la cercanía a la capital; el teléfono era monopolio de la alcaldía, Telegrafía, tienda de Moisés y aquella bendita cabina telefónica puesta diagonal al kiosco en el lado suroccidental de la plaza que vivía atiborrada de seres interesados en oír una voz familiar al otro lado; no faltaba un impertinente, molesto o fastidioso, que quería mangonear el importante lugar, haciendo que la fila se fuera prolongando. Cuando el almuerzo de suculenta gallina “Tabaca”, empezaba a hacer digestión, por el parque se movilizaban uno que otro asistente cuotidiano de aquel hermoso redondel del antiguo Kiosco, con ese techo rojizo, sin un muro que lo hiciera ver como discriminador, por el contrario, era un lugar romántico y acogedor, castigado por una brisa tierna llegada desde la montaña para arropar a los contertulios.

 

Desde ahí cerquita, a la entrada del Chispero, aparecía don Antonio Castro con aquellas gafas de grueso lente trayendo el ajedrez echo por sus propias manos, tallado en fina madera; limpiándose los ojos, semi dormido, descendía desde la casa cural el coadjutor de turno padre Jaramillo y otros afiebrados por el juego ciencia, grandes partidas de horas enteras, hacían de ese refugio amoroso un lugar buscado para solaz, esparcimiento y entretención de un conglomerado adormilado sobre un lago verde de ilusiones. Al frente en el antiguo palacio Consistorial, la telegrafía entregaba cartas de seres queridos que salieron a buscar “mejores oportunidades” o aquel telegrama lacónico: “Llegamos bien.” Se iba escuchando el repique del clave morse en aquel amplio salón de paredes de tapia pintadas de cal y atiborradas de alambres por todas partes; en esas mismas paredes, pero en el exterior, se veía cine de lo lindo presentado por industrias de drogas que a la vez que entregaban esparcimiento y distracción, hacían publicidad. Aquello era esporádicamente. Cuando el cielo se ponía negro y las flores del guayacán no se veían el proyector pegaba contra la pared telón, la película del Arquero Verde, Tarzán el hombre mono o El Enmascarado de Plata; gritos de los niños, aplausos de los mayores, mientras la alegría se desbordaba la sirena del Fargo 7 bancas anunciaba la llegada del último viaje…


Alberto    

 


martes, 3 de mayo de 2022


BRISAS DE ENSOÑACIÓN

Transcurría la época de las rasquiñas de la nigua en la estera, piojos encaramados en la cabeza, pantalones cortos en los impúberes, reglazos en las escuelas; la autoridad de los padres en los hogares, el Trisagio, Hora Santa, Rosario de Aurora, las Hijas de María y, dele por ay, un sartal de costumbres que se fueron desapareciendo, cuando, en un gran terreno donde estaban caserones de familias añejas y de aquella cantina Pielroja regentada por “Mamparo” con sus papas rellenas y empanadas, más el traganíquel de hermoso colorido, situado en costado nororiental, se empezó a derrumbar para hacer funcional el Palacio Municipal, pues el existente en la calle del Comercio con la Rosca era ya inapropiado. Todas aquellas paredes de tapia se fueron abajo, quedando algunas que sirvieron como escondite para calmar necesidades estomacales de campesinos de ambos sexos gu, cualquier loquillo que aparecía por el poblado; tuvo muchos tropiezos hasta que un día con la alegría y orgullo de sus gentes, fue inagurado con transmisión de Radio Copacabana, la animación de Rodrigo Correa Palacio y sentada como mandataria la primera alcaldesa de Antioquia y la primera del Sitio: Luz Elena Betancur de Cook.

Aquel acontecimiento fue el principio de que el pueblo empezara a buscar las alturas, no así, un busto de un político que sus seguidores habían colocado en el parque y que una gris mañana, amaneció arrancado del pedestal, la cabeza raspada reposaba contra el pavimento; se decía que le colocaron una cadena a un carro para ejecutar el daño. No se supo nunca quienes cometieron la acción. Toda aquella margen nororiental de la inmensa plaza, desde la salida del cabuyal hasta el principio de la calle del Comercio, estaba atiborrada, atestada de cantinas, en su mayoría listas para recibir los hermosos ejemplares campesinos; vea mijo, ¿qué era aquello en un día de madres? Era ambiente tristón, melancólico; música con letras de amargo sabor dedicada a las muertas; lágrimas en ojos de hombres adustos, mesas atiborradas de envases vacíos, que nadie por guapo, era capaz de retirar que no fuera al costo de un peinillazo, vasos y copas en el suelo, en cada mesa no faltaba uno dormido y otro en la puerta de entrada con el sombrero hacia atrás, botella en mano mirando al frente que la novia con sus pies descalzos, vestida de organza o muselina, no estuviera atisbando a un contrincante en los amoríos. De pronto en un abrir y cerrar de ojos, la escena daba una vuelta de noventa grados: volaban mesas y taburetes por los aires, botellas de cerveza explotaban en la pared o en la cabeza de uno de los parroquianos, el sonido del timbre de machetes y peinillas era la resonancia del dolor, gritos, hijueputazos y un hilillo de sangre corría por mitad del salón, mientras unas ruanas servían para encubrir unas figuras que huían despavoridas o el galope de los jamelgos en el empedrado del camino que conduce a la querencia.  


Alberto.  

 


 

domingo, 17 de abril de 2022

 


“YA EL TRAPICHE NO MUELE”

El niño estaba activo, había acabado de llegar de la plaza de hacer un mandado, junto a la poceta al pie de la máquina de moler el maíz, cerca donde dormitaba Pepe el gato bajo la mirada inquisidora de Biyú el fiel perro, estacionó el aro metálico y el gancho que le daba velocidad y dirección, la madre le tenía una taza con aguadulce con limón, premio por ser acomedido. Unos momentos de descanso…la bendición mamá y se tira a una nueva expedición por los intríngulis e incógnitas de la pasividad del poblado de la Virgen de la Asunción. La margen derecha del río Aburrá, era de gran extensión en que, al irla caminando, entre árboles, arbustos, matas de caña brava y caña dulce, al sentir presencia extraña, blancas cigüeñas salían espantadas; de vez en cuando por entre la maleza se veía corretear a gran velocidad parejas de conejos. Las aguas negras del caudaloso río, se prestaban para juguetear en su caudal evitando toparse con el remolino en la orilla contraria ¿Diversión o aventura? Jamás lo supo y menos los progenitores, porque de lo contrario, no estaría contando la historia. No muy lejos se escuchaba el sonido sordo de un machete derribando la caña dulce, el olor a tabaco se sentía, carcajadas de hombres, silbidos e hijueputazos por la cortada causada por una de las hojas o por las picaduras de centenares de moscos; no sentía miedo, era natural en la vega de los Santamaría a la siega de caña para alimentar el trapiche. La escena se repetía cada que iba a haber molienda en los diferentes trapiches del villorrio, ya fuera el de Guasimal, Cabuyal o el diagonal a su hogar en el barrio Asunción parte alta.

El atardecer estaba decorado con arreboles, vacas blancas orejinegras pastaban en la manga de la finca del Banco; ladridos de perros se escuchaban a la distancia, azulejos y sangre toros, cruzaban en vertiginoso vuelo mientras de la chimenea empezaba a escaparse un hilillo de humo negro síntoma ineludible que la inmensa rueda movida por el caudal de agua de la pequeña quebrada, hacía girar el exprimidor de las cañas haciendo brotar la dulzura del zumo y dejando atrás el bagazo que servía para atizar el inmenso horno que lo haría hervir en las pailas hasta darle la consistencia de la redonda panela. Adentro en aquella inmensa enramada, los hombres de torso desnudo, sudaban como si el entorno fuera fracción del infierno, todo lo contrario se experimentaba en el hogar del mozuelo, cuando reunidos armónicamente en torno del comedor dispuestos a engullir los frisolitos con coles, aspiraban el almíbar que el aire coqueto y juguetón, les llevaba a las narices para irlo depositando hasta el corazón y éste, lo adornaba con risas y lágrimas hasta convertirlo en añoranzas, nostalgias, meditaciones de tiempos que no regresarán aunque se haga todo el esfuerzo por volverlo a vivir.


Alberto.  

 


miércoles, 6 de abril de 2022




LA AÑORANZA QUE PERDURA

La mañana era fresca, el día despejado, una que otra nube se dejaba ver como moticas de nieve; decir que el poblado estaba en calma es una simple repetidera. Desde algún lugar del marco de la plaza, empujado por la leve brisa, llegaba a los oídos el sonar de un tiple solitario pulsado por la mano de un posible imberbe enamorado; los cuatro relojes de la torre de la iglesia marcaban fielmente la hora tierna de la alborada, la mano regordeta del sacristán halaba los rejos de las campanas, invitando a la primera misa, se arremolinaban pañolones negros, camándulas y algunos señorones de botas con carramplones que iban resonando por la nave central; las lámparas de bacará iluminaban el templo, ese cuadro ingenuo de religiosidad era algo así como el anticipo de la llegada de la Semana Santa que estaba rondando en el almanaque Pielroja colgado en la pared de la mayaría de los hogares. Los frentes de las casas recibían retoques de embellecimiento, las máquinas de coser estaban en constante movimiento en los domicilios de las costureras, nadie quería estar sin estrenar. Era una constante, el entrar y salir de la casa cural, las damas encopetadas e influyentes de la población y uno que otro de esos hostigantes que se pegan de un avión fallando.

Los tres primeros días de la semana todo era igual, carreras alocadas de los niños a la salida de la escuela; Marcos y el “mosco” llevando carbón en sus carretas, las filas esperando ser despachadas en el camión de la leche, la algarabía de los fogoneros a la tumbada de mangos o, gritando Copacabana Medellín, ¡súbanse qué nos vamos!; llegaba el jueves. La iglesia se trasformaba, estaba más iluminada, las flores multicolores le daban un encanto especial, los santos en sus nichos estaban cubiertos de una tela mora, incógnita el los niños; el templo permanecía repleto de gente orando y una gran parte de curiosos. Habían comenzado a llenarse las cantinas, sonaban las botellas junto con las copas. En la casa de mamaluisa (Luisa Guzmán) se hacía el sermón de prendimiento; las calles atiborradas de fieles, el párroco, sus coadjutores y los monaguillos; al pie del organillo el corista, todos sudaban, casi siempre ese día era canicular; la procesión era las más extensa en el recorrido y llegaba el viernes. El decorado del altar estaba matizado de brazos de árboles cortados en las veredas, para imitar un bosque, guaduas derechas ayudaban a la imitación. Sonaban las tres de la tarde; en el púlpito el padre Gómez Martínez gran orador religioso, empezaba con aquella voz entremezclada de dolor las siete palabras. Cuando llegaba el instante en qué Jesús muere, detrás del altar sonaban unos tacos las luces se prendían y apagaban, los árboles eran movidos y aquella parafernalia estremecía la feligresía haciendo llorar a las ancianitas de pañolón negro, a los niños de brazos; todo era confusión y silencio. Afuera, las cantinas apagaban los pianos…en la puerta un borrachito decía: “Me he bebido muertos peores, ¿cómo no me voy a emborrachar por éste?”.


Alberto.

 


 

lunes, 21 de marzo de 2022


UN BRINCO AL PASADO.

Es un privilegio éste, de aún ver pasar por la frágil y engañosa memoria, acaecimientos de un ayer aromatizado por fragantes flores esparcidas a lo largo del camino de la vida o por el airecillo remojado de rocío desprendido de la montaña; esa dispensa, no se puede dejar ir como si fuera un amor quebrantado por la ingratitud. No. Es para irlos deshojando como blanca margarita, sobre la hermosura del papiro, sin que a la caída de los pétalos se corrompa, pervierta o deprave su esencia. Es bálsamo de vida a pesar del tiempo y la distancia, acariciar con el alma, esa pasividad de la otrora tricentenaria, la de los amaneceres diáfanos en papados de sereno, sonidos de golpes sobre el yunque, campanas de acariciadora sonoridad invitando al rezo, mariposas succionado el néctar de las bifloras y el eco acompasado de zapatos de hombres camino al trabajo honesto, al cruzar anchuroso parque, dejando atrás la blancura del monumento a la madre. Esas cosas sencillas miradas por algunos por encima del hombro, fueron las que dejaron huellas indelebles en muchos de sus hijos ya envejecidos de tiempo e historia, caminar lento, ojos vidriosos mirando con añoranza ese pasado y dejando caer la lágrima ante la incomodidad del presente traumático, insensible y excluyente. ¡El poblado bucólico se fue desmembrando como un leproso!

Ya no se escuchan desde la benemérita capillita, la algarabía de los niños en el catecismo, son ruidos empalagosos entrecruzados de voces de niñas ahítas de alcohol. Se ha creado la ciudad, es la Zona Rosa. Nada es estático en el girar de los astros, todo cambia. En el virar van dando volteretas como saltimbanquis las cosas sencillas, la paz hogareña, las virtudes ancestrales y muere el ayer. Las cantinas bohemias de tangos tristones, de música antigua, las de boleros arrulladores y sonidos de pocillos con tinto (café) cayeron al suelo llevándose con ellas, la conversación amena de amigos compartiendo alegrías, pesares, triunfos y derrotas. Los edificios (palomeras), no permiten que las aves retocen en sus vuelos, no se asientan en los techos azulejos, chamones, golondrinas, ni colibríes; el rumor de la corriente de agua queriendo ser río de Piedras Blancas, se volvió un hilillo insignificante, como una lágrima constante por el recuerdo del ayer de alegría, de párvulos retozando en esos charcos azules. Ya nadie lleva reclinatorios al templo, no cruzan la inmensa plaza los carros de escalera con su sirena, menos los carros de bestia con aquellos: ¡Arre mula hijueputa! Son tantas cosas en cadeneta que se llevó la borrasca de la “civilización”, que queda uno de piel tostada por los años, con dolores en el alma y sin una sola arma para defender lo ancestral y dichoso de ese ayer, que jamás ha de volver. 

Alberto. 

 


 

jueves, 17 de febrero de 2022

 



A LOS MIL ATARRAYASOS UNA.

 

Si la memoria no falla, creo que fue presidente de la SMP, indestronable y en su larga estadía, veía llegar diferentes curas párrocos y sus coadjutores, en esas ocasiones de transición, manifestaba don Alberto Giraldo Fonnegra: “El curita que llegó nuevo, tiene estampa por menos de obispo”. Pasaron y pasaron levitas y nuestro hombre cívico no acertaba. No sé supo nunca, que podía sentir por dentro ante tanto fracaso de adivinador, “brujo” o soñador de entelequias y alucinaciones de ir creando santos donde no podían existir. Todo pueblo es encaminado bajo la batuta de tres jerarquías: (1)-la gubernamental, (2)-Los educadores y (3) Los religiosos; estos voltean a su voluntad el conglomerado de parroquianos, que sentían temor hasta de saludarlos, más bien agachaban la cerviz en signo de respeto y los que usaban sombrero se lo quitaban mientras pasaban ¡Eso era mucho la urbanidad de Carreño! El templo en todos los pueblos, villorrios, caseríos y veredas, es el centro de todas las actividades, en ellos, en sumo secreto se guardan pinturas religiosas históricas, alhajas de valor incalculable; del pasado se atesoran documentos secretos y hasta armas de criollos y españoles con que se selló la libertad de la república, esa que todavía andamos buscando. Existen esos santuarios religiosos para ser admirados por su belleza arquitectónica, la hermosura de sus esplendorosas joyas religiosas, altares decorados por cortinones de bellos coloridos y engalanados en oro (en algunos casos) y en su mayoría con imitaciones que deslumbran la mirada. Las enormes torres con sus campanarios, se convierten en guía del visitante, al observarlas desde lejos…la morada de la Virgen de la Asunción, ha sido uno de ellos, al ser cripta de 480 años de historia. Entre los elegidos por don Alberto, fue aquel sumo orador religioso que, desde el púlpito, estremecía a los parroquianos, en especial a las viejecitas camanduleras y a uno que otro hombre lleno de fanatismo. El padre Bernal (así a secas lo llamaban) era el orgullo en pasta, más quedó flotando en el ambiente sítiense por haber dejado el monumento de la cruz.

Otro de la camada del buen hombre de augurios, lo fue Mario Escobar, de complexión fuerte, demostrando su vitalidad y carácter; cuando llegó, se sentía que le iba a dar tremendo revolcón a la Fundadora de Pueblos, en lo que sí acertó don Alberto, pues fue obispo de Palmira. A él, en el tiempo de curato, le tocó la ingrata desaparición de la capillita de San Francisco fundada en 1897, uno de los incendios de Nuestra Señora de la Asunción en que desaparecieron santos, documentos, pinturas y ornamentos históricos; esos hechos conmovieron la religiosidad de los habitantes y quedaron flotando en el aire muchas preguntas… 

Alberto.