MÚSICA COLOMBIANA

ASÍ ESTAREMOS HOY.

miércoles, 30 de octubre de 2019

PENSAMIENTOS...


EL AYER

 ¿UNIDAD RESIDENCIAL? Lugar en que habitan los siete pecados capitales, bajo la mirada cómplice de los vigilantes.
¿MONTAJE? Son las triquiñuelas que hacen los políticos para demostrar lo que no son.
¿CELOS? Pandemia cerebral que destruye el arco iris de las ilusiones.
¿SECTARÍSMO? Enfermedad nefasta que mata la razón.
¿DESAHUCIO? Las cárceles sacan presos para albergar “honorables” parlamentarios y magistrados.
¿MISTERIO? El lugar en que se enterró la honestidad.
¿TRIUNFO? Aprender a reírse de sus propios defectos.
¿BABUCHAS? Descanso de la abuela y dormitorio del gato.
¿PRÓTESIS? Caja de dientes con engalanada de levita.
¿DE LA VISTA GORDA? Hacerse el bobo ante las circunstancias a sabiendas de que puede quedarse así.
¿LÁSTIMA? Ver algunos cometiendo los mismos errores que uno realizó.
¿FICTICIO? La risa de la pose de la foto.
¿LLENO? Es mejor llegar al infierno pellendo, que al cielo bostezando.
¿GUMARRA O GALLINA? Animal de corto vuelo que odia los embarazos.
¿DEPENDIENTE? Quién no conoce las delicias de la libertad.
¿ESTAR MAL? Orinar con vejiga prestada.
¿OFENSA? Puede ser palabra mal interpretada por la susceptibilidad.  ---------

Alberto.

miércoles, 23 de octubre de 2019

CUANDO ERAN LOS SEGUNDOS PADRES


COPACABANA EN LA MEMORIA

Sería un pecado de lesa humanidad, desalojar del pensamiento aquella Escuela Urbana de Varones de la señorial Copacabana, del Sitio de la Tasajera o de la Fundadora de Pueblos. Echando una lastimera mirada por el espejo retrovisor del recuerdo, se atalayan exuberantes moles de paredones de barro pisado por los pies descalzos de antiguos moradores, quizás de descendientes de indios peruleros, con seguridad sí, de mestizos que deambulaban sin oficio por las polvorientas calles. Antes de llegar al primer salón al que siempre llegaban los niños de primer año, que caían en manos de una maestra, estaba en la parte de abajo limitando con la calle y la factoría que en principio perteneció a Sedeco (Sedas de Copacabana), la piscina ¡Oh qué frescura! ¡Cuántas peleas! Siguiendo por el enorme zaguán de entrada estaba el recinto de segundo año de primaria, queda de él en la memoria a un viejito rechoncho, boca de zapo, ojos pequeños rojizos cómo de fiera al asecho, que de vez en cuando levantaba la tapa del pupitre para absorber de una botella el extracto del anís. Era don Alfonso López el que todos los días llegaba hasta la estación del tren para viajar a su natal Barbosa. Dejó tan poco…No. Nada. Lindaba éste con otro segundo. Ahí, con cabello liso como lamido de vaca, pretina arriba de las caderas, vestido de “cachaco” azul oscuro, don Hernando Hoyos, preparando la caña de pescar detrás del tablero labor encomendada a dos de sus alumnos para las vacaciones de fin de año. Enseñaba con ahínco y amor. Quedó en la añoranza aquello: “Salga al tablero vusté Mejía.”
Adyacente estaba el tercero que siempre fue la dehesa del director don Jesús Molina y la rectoría de aquel instituto en que despertaron el deseo de saber más de lo que nos tenía la vida escondido detrás de los libros, los cuadernos, el compás, los secantes, borradores, la maleta de cuero los urbanos o jíqueras los del campo y aquellas malditas reglas hechas de comino, con las que llenos de ira, descargaban en nuestros glúteos, las que muchas veces hacíamos quebrar untándonos cebolleta, motivo de doble enojo. Queda de él, su cabellera áspera y cana, qué cuando estaba de buen humor, tiraba el trompo haciéndolo bailar en una uña. Formando escuadra se encontraba la cuna de la honorabilidad, el buen hablar, la distinción. En ese aposento del saber se destacaba don Jesús Tapias. Conspicuo señor dedicado con apego a formar personas para la sociedad. No conoció componendas para favorecer al hijo del potentado o la vieja engreída; mantenía a flote el rasero de la ecuanimidad, imparcialidad y la justicia. Dando vueltas en mi cerebro igual que el abejorro ante la colmena están aquellas benditas frases cuando se acercaba el fin del año y notando que no íbamos muy bien académicamente: “Esta molienda es con yeguas amarillas. El día de la quema se verá el humo. Sepulcros blanqueados y ya para que llorar sobre la leche derramada.” Oh salve a quienes dieron los primeros hachazos para destajar la ignorancia. Sí serrara el comentario sin hacer alusión a los dos patios de recreo, no me lo perdonaría algún viejo condiscípulo, que jarto de cantaleta se adentrara por estos andurriales del recuerdo. El primero estaba al frente de los salones, por ahí por entre matas correteaban los más pequeños jugando la “chucha” con gritería ensordecedora; cansados enrojecidos por los rayos del sol y con sed, tomaba agua de la sonora pila, bajo la mirada del maestro encargado de la disciplina y el otro, estaba en la parte de atrás. Los grandes se deleitaban con el “botellón”, el “tren” o jugaba partidos de fútbol sobre un piso irregular. Sonaba la vibrante campana y en menos que se persigna un cura ñato, los grupos se situaban en formación estricta y en completo silencio se llegaba a las aulas. El sol y el aire, entraban por las inmensas ventanas para escuchar qué dos más dos, son cuatro, Colombia está en Suramérica y que el catecismo es con puntos y comas.                        
Alberto.

miércoles, 16 de octubre de 2019

PENSAMIENTO


YA NO EXISTE

¡¡FUERA TODOS!!
Publicidad Política Pagada.
Un avión con reversa.
Un árbitro de fútbol con gafas.
Un humano como el gato con 7 vidas.
Encontrar el eslabón perdido.
Un entrenador de fútbol de sombrero.
La cama de descanso del judío errante.
El entretenedor del llanto de la llorona loca.
El marco del cuadro de Dorian Grey.
La virginidad de la dueña del prostíbulo.
Qué no sea peligroso hablar en contra de la libre determinación.

Alberto.

miércoles, 9 de octubre de 2019

REGRESO EN EL SIGLO XXI


MONUMENTOS DE COPACABANA FOTO TAVO GARCÍA

A pesar de haber llegado el invierno, la mañana amaneció limpia y con incipiente sol. Se dirigió al pueblo amado. La carretera llena de vehículos, por consiguiente, trancones, le hizo presagiar que allá en Copacabana, todo era distinto. Efectivamente. Enfrente a la cantina de Pizca y debajo del palo de mango, no estaban los carros de escalera con aquella estupenda policromía y sus trazos geométricos, como tampoco los paisajes bucólicos unos y otros, imágenes de santos; no se escuchaban por el contorno las sirenas del Fargo de la Empresa Montecristo o el siete bancas de Trasporte la Esmeralda. Halló un vacío sepulcral en el lugar que ocupaba la capilla de San Francisco y no pudo observar las Estaciones del Viacrucis estilo colonial, ni el altar tallado. Un dolor inmenso y múltiples preguntas. Algo semejante observó en el templo principal, se unieron las lágrimas y las interrogaciones…De aquella quebrada de grandes arroyos, en que sobresalían Charco Azul, Charco Negro, Charco Palo y otros tantos en que la chiquillería desfogaba su fuerza vital, se los había tragado el crecimiento poblacional, que a la vez despojo los guayabales comida nutriente de las aves, de algún orate que calmaba el hambre y de los escueleros que llenaban sus bolsillos del alimento silvestre para llevar a la escuela de don Jesús. Ésta, ya no estaba en el lugar; derruyeron los enormes salones de tapia con aquellas enormes ventanas que le daban permiso al viento para pavonearse dentro del aula, agitando los cuadernos Bolivariano o borrando con el ímpetu las letras escritas con tiza en el inmenso tablero.
No encontró la cantina de Tito y el vaso de avena blanca y nutriente de la esquina de Zacarías no existía. La mirada se posó en la acera del frente en la que mitad de la población encontró futuro, empezó a escuchar voces de fantasmas que salían de la soledad, parecían murmullos de dolor, extrañeza y rabia, le pareció ver en ese instante la figura bonachona de don Abrahán Espinal el viejo administrador. Se dio cuenta que ya la sirena de la factoría no sonaría más para partir el día. Al agudizar el oído no percibía el ruido de las carretas tiradas por caballos, cuando en caravana llegaban desde la capital para surtir las tiendas, ni tampoco escuchó: ¡Arre mula! Sabía que no estaba sordo, sino que el tiempo todo lo borró. La época estaba golpeada por la emancipación del futuro, pocos rasgos quedaban del pasado, hasta el clima había perdido el encanto saludable; las mangas con su verdor se estiraron buscando altura en edificios palomeras multiplicando la temperatura. Los vecinos de entonces reposaban en el Campo Santo; el carriel, la ruana y el machete se despidieron llorando al no encontrar un amante. Noté, que mis amigos no salían a recibirme… ¿Será qué ya no están? Creo de verdad que todo aquello visto y no, son una inmensa crueldad de la vida.  

Alberto.                                   

miércoles, 2 de octubre de 2019

DUALIDAD, CEMENTERIO Y PANORÁMICA


TEMPLO DE COPACABANA FOTO HÉCTOR BOTERO

¡Qué realidad abrumadora! El campo santo está enseñoreado desde la altura, de los vivos de Copacabana. Son observado por entre los pinos por la parca, una de las tres viejas deidades hermanas: Cloto, Láquesis y Átropos: las primeras en funciones de existencia, mientras que la última corta el hilo de la duración de Homo Sapiens. Desde aquel alcor, prominencia natural que se encumbra desde el torrente de la quebrada, las miradas escrutadoras del niño, se extasiaban incrédulas en la agreste montaña que delimita la propiedad del conglomerado sítiense con la vecindad del Señor Caído. Clavaba la mirada en los salones en que casi media población laboraba, muchos de ellos, exhalaban efluvios de boñiga, terneros mamones, vacas cachimochas, llevando en las uñas adheridos ínfimas porciones de tierra del arado. El aire caprichoso perturbador de la quietud de la palmera, se remontaba hasta el campanario, tomando el acariciador tañer y con juego de ondas esparcirlo por el espacio. El río oscuro se recostaba a las riberas para ir besando apasionado las vegas de cañaduzales, sauces parapeto de cigüeñas, cuevas de liebres y follajes rastreros que iban a parar a los comederos de los animales, antes de tomarse la melaza.

Desde ese altozano binóculo de la intrepidez del mozuelo, rapaz incrédulo, que con un ojo miraba la expansión de la comarca deleitándose con la herrumbre de los históricos tejados. El orín de los goznes de los portones hidalgos, que celosamente guardan la paz de las familias distinguidas y arropan con amor a los desalojados de la diosa fortuna. El viento trae hasta los oídos desde las aulas, las voces de maestros inculcando honradez y con el otro ojo, el párvulo indiscreto atemorizado, con los pelos de punta, mira la soledad congelada de las bóvedas y tumbas engalanadas de flores de papel: el ciprés testigo de llantos postizos y de dolores desconsolables de lealtad y amor. Gallinazos danzantes en lo alto de la parcela en que la igualdad es el rasero de la humildad y la opulencia. No alcanza a discernir la magnitud entre la vida y la muerte, sin embargo, siente alegría al retratar el paisaje con el iris de ojo y temor apocalíptico con la frialdad, soledad y desamparo del campo santo, dualidad existente desde el principio…

Alberto.