MÚSICA COLOMBIANA

ASÍ ESTAREMOS HOY.

miércoles, 21 de junio de 2017

LOS MUSICOS


DECORACIÓN

Llegó un buen día que el sueños de los niños, se llenó de notas musicales. No preguntemos de donde nace la idea, pero llegó el instante que juntaron las ambiciones en un manojito palpitante y comenzó la tarea: por la entrada a Quebrada Arriba, cerca de la casa de los Castrillón, existía un sembrado de guaduas, tomaron una mediana, de allí nace la guacharaca haciéndole muescas con un serrucho y con un alambre emprendió a sonar; de la madre costurera brotaban los retazos y del recipiente al que iban a caer, sonaron los acordes de un bongó; los timbales tomaron vida, empatando dos tarros de leche Klim con alambre, faltaba los cueros ¿Cómo? Sí. Pal matadero que quedaba en la calle Mejía al terminar junto al río en la desembocadura de la quebrada Piedras Blancas, nos regalaron unas vejigas de marrano y otras de novillo para el bongó, el sol hizo que se templaran y despidieran el sonido grueso y débil. Se encontraron en la carpintería y la bondad de don Zacarías de los Ríos Arenas (no es una charla) unos palitos sonoros y ahí estaban las claves, a alguien el niño Dios le había traído un par de maracas y ya estaba listo el conjunto de música tropical.  
Ensayos. Aprendida de cantos como aquellos de la batea tea se rompió, la piña madura y otros de los que estaban de moda cuando la radio y los pick up era lo último en tecnología. Todo lo hacían con devoción y a las carreras, estaba para llegar el día del niño en la escuela y allí, sería el debut tan anhelado y…llegó. Fotos, niños boquiabiertos haciendo redondel, maestros descrestados por el lado de allá y por el lado nuestro, pedantería, orgullo y satisfacción.
Con el tiempo, un acordeonista hizo entrada triunfal y con él, fin del primer conjunto de música bailable, con el acordeón llegó la codicia.  
 


miércoles, 14 de junio de 2017

EL CAWBOY CRIOLLO


BOSQUEJO

Había llegado con buen tiempo a la cita médica. Poca gente deambulaba por los pasillos (eso lo extrañó). Estaba acostumbrado a observar a ancianos hipertensos con la libreta en que les llevan el control; en el lugar siempre había personas en busca de médico que les ayudará con la salud o, más al fondo, detrás de la simpática odontóloga, cuando una muela estaba más enconada y dolorosa que la llaga de San Roque, pero lo que abundaba siempre, eran niñas impúber que no podían esconder el avanzado embarazo. Eso le hacía bajar la moral hasta los cordones de los zapatos. ¿Incultura? ¿Padres irresponsables? ¿Una época estúpida? ¡O todo junto!
Se sentó en la larga silla metálica que estaba fría como culo de tullido, posando sus ojos sobre el afiche en que indicaban lo importante del lavado de las manos; cuando una voz fuerte y grave le sacó de un empujón de la estúpida actitud. Un hombre grande y rectilíneo le pedía al dependiente una cita con el galeno. Aquello, era normal; no así su vestimenta, que al mirarlo, daba la imagen de un vaquero americano, salido sin permiso de una estampa de aquellas viejas películas del lejano Oeste. Su ropa sucia, mostraba que eran las calles las que le daban albergue y que su locura para emular algún galán de aquellos celuloides, era lo que le daban fuerza para esquivar las burlas de un vulgo apático y desalmado. 
  


miércoles, 7 de junio de 2017

AVENTURAS DEL PERIÓDICO


BENITÍN Y ENEAS

Era una costumbre entre los dueños y administradores de las cantinas, de aquel cebadero de paz que era la Tasajera, comprar diariamente el periódico, los más madrugadores lo recibían personalmente a los demás, les llegaba por debajo de la puerta, era el trato que tenía con don Moisés. Ya fuera Tito o Rubio, le habían exprimido todo el contenido e iban llegando lectores habidos de enterarse de los hechos acaecidos por ahí cerquita, en los pueblos, en el país del Sagrado Corazón, (no quiero ser machista), la Virgen de Chiquinquirá y se alejaban tanto que le daban la vuelta al mundo buscando noticias, claro, llegaban ya viejas de haber ocurrido. Lo que en verdad agitaba los corazones era encontrar la página deportiva y aquella…en que unas figuras pequeñas estaban llenas de fortaleza, de hipnotismo y de humor. Ahí, se clavaban los ojos. Siempre existía una mesa en que el diario reposaba con sus hojas abiertas, dándole satisfacción a los diversos intereses del conglomerado que prefería leer de ‘pegao’, además, podían tomarse su tinto o una gaseosa bien helada.
La costumbre de leer el impreso se iniciaba desde la salida de la escuela hasta ya bastantes bien creciditos. Se seguía con avidez los amoríos del Fantasma con Diana, las peleas a golpe limpio con los malos que siempre ganaba ¡Ha! Aquella de Mandraque, su hipnotismo nos dejaba perplejos; esa de Tarzán con su inseparable Chita cuidando la selva de la maldad del hombre y las risas con Educando a papá, con las rabietas de doña Ramona con el pobre don Pancho; Lorenzo y Pepita y pare de contar. Día a día se seguían los acontecimientos de aquellas tiras, que nos motivaban o el sentimiento de tristeza cuando algunos de aquellos héroes estaban en dificultad. 



miércoles, 31 de mayo de 2017

REENCUENTRO CON LOS PADRES


ALTARES CASEROS

Sabía que aquello había sido un sueño, pero la quimera logró hacerlo tan feliz. Era inaudito ser verdad. El ensueño logró por entre esa nebulosa del subconsciente, estar el instante necesitado con los seres inmensos que el hada de la suerte, dejó descargar con la suavidad de una pluma en el remanso del hogar. Alcancé a escuchar: “Viejo, ¿querés café?” Y contundente respuesta: “¿Vieja, cómo te diste cuenta?” Las ventanas de la nariz empezaron a llenarse del aroma de las bifloras y olor a tierra de jardín. Al oído por el nervio auditivo, los ladridos de Mirto el perro compañero de juventud, a Pepe, el gato, admiración de los transeúntes, raro ejemplar de una especie común. De pronto se escuchó más hacia adentro, el chorro del grifo y el sacudir de platos al lavarlos con jabón de barra Camel, en las manos pomposa de la generadora de vida, mientras en la parrilla el café empezaba hervir. La vida, la creí que se escapaba, cuando aquellos ojos picaros se posaron en la anatomía de quién se alimentó de sus senos. Era ella. Nítida. Amaba al limpia piedra.
Una tos pasmosa le hizo voltear, en aquel mueble recostado a la pared, bautizado el nido, estaba la cabeza cana reclinada sobre un cojín mirando el verdor de jardín; corría la tira de las cargaderas con una mano, mientras la otra entraba al bolsillo, para extraer el cigarrillo que empezaba a arder, después que el fuego de la lumbre lo había iniciado. Expulsó con fortaleza la bocanada de humo y la mirada verdosa observaba la fascinación en que estaba aquel hijo que había resuelto venir de visita, cuando el hogar se quedó solo y ni el eco de sus pasos se escuchaba y menos los de la vieja, que se dedicó a llevarle el tinto sin moverse. Lo ejecutaba con el poder del amor.  


miércoles, 24 de mayo de 2017

NINA, BOTÁNICA


NINA VÉLEZ MUÑOZ

Cuando se dedica a escarbar en el tiempo, se va topando con chispitas brillantes igual que en una batea zarandadora en medio de un río, quebrada o veta. En uno de esos barequeo de recordación se tropieza con la “medicina casera.” Aquellas madres de otrora, tenían igual o más conocimiento que el boticario del pueblo. En todas las casas y casi siempre junto a la ‘poceta’ o lavadero de la ropa, diseminados por el piso, tarros de todos los tamaños, de esos en que venían las galletas unas veces, otras, los de pintura; no faltaban los de beques que prestaron sus servicios hasta que los golpes los totearon y entraron a ser ingredientes en la botánica del hogar. Mi vieja (tan linda ella), era una consumada herbaria, creo que tenía los conocimientos de José Celestino Mutis, hacía sus viveros terapéuticos con el fin de ayudar al ‘viejo’ en los gastos con los hijos y no ver muy seguido al doctor Correa.
Cuando salía a las afueras del pueblo (Copacabana), por el camino estaban bellas y acogedoras fincas separadas las puertas por una manga rodeada de alambre de púa, la vieja buscaba comunicación con los dueños les gritaba: “Buenas y santas, cómo les va…amarren el perro.” Ya con la señora y después de prolongado dialogo y con aquella sonrisa pícara le iba pidiendo “piecitos” de cuanta mata existiera, haciendo énfasis en aquellos retoños o semillas de los que curarán hasta el mal de ojo. Por aquellos tarritos brotaba el apio, albaca, culantrillo, diente de león, hinojo, cidrón (cedrón) y limoncillo. A cuanto vecino ayudaba y cuando ella estaba enferma, jamás supo que hacerse.  
   


miércoles, 17 de mayo de 2017

LA RELOJERA


COPACABANA FOTO BPP

Se era pequeño y los taitas nos vestían con pantalones cortos, los anhelos nuestros y envidia, era ver los pantalones largos de los mayores. Por allí, no entraba el frío a las “verijas” o sea, a las pudendas, que nos enseñaron que no eran pa’ mostrar en público; el mayor escarnio de aquella vestimenta infantil, se venía encima cuando por aquello de los ancestros gu’ cualquier otra cosa, resultaba uno, con un monte de bellos en los perniles, lo que daba espacio para que los que estaban en la cima de la pubertad, hicieran las más acomplejadoras chanzas. Pena, angustia, mentada de madre en la mente, escurriendo el juste tomaba de Villa Diego. Cuando se andaba con el papá se le iba mirando de reojo todo movimiento, para desarrollarlo cuando llegara el venturoso día de la alargada del pantalón, aquello era la ¡emancipación! Para aquel venturoso tiempo circulaban las monedas de centavo, de dos, de cinco y veinte. El padre estaba a punto de pagar el “casao” de velitas ‘tirudas’ y las tajadas de coco, igual que un autómata, bajaba la mano hasta la pretina.
Allí al costado derecho se encontraba la imitación a los bolsillos, en forma minúscula. Estaba construido para ser la pequeña caja fuerte, que buscaba pasar de incógnita sin que nadie percibiera que allí caía lentamente lo que se ha llamado la menuda echa de aleaciones de metales finos, lo demostraba aquel sonido de timbre, cuando por descuido daba la moneda contra el suelo. Sí. Escondida se hallaba la famosa relojera. Del   enigma salían relucientes las monedas para el sacristán, en el arcano se encontraba la alegría de los niños cuando llegaba el padrino, de aquella confidencia aparecía la entrada al teatro Gloria; era pues, el desespero del infante porque del corte del pantalón viejo del padre, nos hicieran el lanzamiento del nuestro con aquella pequeña abertura, para sacar de allí centavos con el fin de comprar mamoncillos. 
 


miércoles, 10 de mayo de 2017

LOS MALOS MOMENTOS


LA HISTORIA CAE

A un bobo grandote que todos llamábamos "Vástago" y, a quien los fogoneros -ayudantes de carros- no dejaban nunca en paz, lo sacaron de la vida "Sitieña", ellos mismos. Un domingo lo encaramaron sobre los lomos de un jumento, al que golpearon en el anca, el animal encabritado, salió dando coces y saltos hasta que nuestro hombre dio contra el suelo, para levantarse a la Diestra de Dios Padre.
En la misma acera de la iglesia y después del hotel de "Pachita", en un pequeño cuarto, tenía don Belisario Toro su relojería y joyería, que atendía desde tempranas horas. Que ejemplar más hermoso era aquel distinguido señor; blanco, grueso. Con su vestido de pies a cabeza impecable, casi siempre de color negro. Sus gafas, las cargaderas, toda su vestimenta en completo orden. Jamás se le conoció otro vicio que el del trabajo y la honradez. Una de esas madrugadas y después de salir de misa de cinco que oficiaba el padre Duque, le salió al paso el negro "Pinocho" y golpeándole con algo contundente, lo tiró al suelo, dejándole inconsciente lo que aprovechó para robarle muchas alhajas que tenía en su negocio.
No se sabe sí la pena moral que aquello le causó, o sí, los golpes mellaron su salud, pero el caso fue, que don Belisario no salía ni a la puerta de su casa y poco a poco se fue alejando del mundo de los vivos, para sumir a su familia en profundo desconsuelo. Había llegado a Copacabana en esa mañana el primer acto delictuoso que ensombreció la tranquilidad del "Sitio de la Tasajera", que dejó a "Pinocho", cómo un hombre de alta peligrosidad.