MÚSICA COLOMBIANA

ASÍ ESTAREMOS HOY.

sábado, 20 de febrero de 2021

NO TODO ERA PERA EN DULCE


DE MI TIERRA

La energía de los seres orgánicos, o sea, la vida, es caprichosa al igual que un niño criado en un ambiente de mimos, sin ninguna responsabilidad. Detrás de un santo puede existir un demonio. Ese amor inmenso puesto como Contador de Vivencias sobre la añeja Copacabana, la de las apacibles tardes soleadas en que solo el rumor del agua de la pila, escuchado, hacia adormecer el vaivén de la majestuosa palmera o el de aquellas sonoras campanas del templo llenando de armonía el volar de las golondrinas; no pierde importancia, si hacemos aparecer dentro del bucólico escenario, partes enfermizas de cualquier sociedad. Después del hotel de Pachita, que quedaba junto a la majestuosa torre de la iglesia, estaba la joyería de don Belisario Toro, bello ejemplar de la honestidad. Madrugaba abrir lo que le daba el sustento. Pasaba atrasada la anciana a misa de cinco y miró un bulto en el suelo, ahí estaba el patriarca en una charca de sangre y semiabierto el local, se veía había sido robado. El primer atraco con derramamiento de sangre. No pasaba domingo o día de fiesta y a veces un día cualquiera de la semana, en que, en camilla improvisada, bajaban de la montaña un herido grave macheteado ya por asuntos de linderos, aguas o herencias. Existía un capítulo más en demostraban la violencia nuestros conciudadanos, coterráneos y paisanos, aquella maldita enfermedad del fanatismo político. Llegando las elecciones presidenciales, todo era barullo, bullicio y algarabía por las apacibles calles; carros de volqueta llenos de imberbes recogidos (unas veces a la fuerza) para gritar vivas a un partido; el temor de llegar la oscuridad, pues llegaban de un municipio vecino gente a lo que se llamaba “la aplanchada” o poner tacos en las puertas de los contrarios.

Esos capítulos nefastos de la historia en el villorrio amado, se quedaron en la clarividencia del niño, que por el natural metimiento (igual que calzón de boba), no se perdía ningún acontecimiento. Esos ojos saltones no se perdieron la crueldad de los fogoneros (ayudantes de carros de escalera), cuando maltrataban a los ancianos, irrespetaban a las damas y aquel chillido del perro a quien le amarraron un tarro de la cola, el animalito cruzó el parque despavorido hasta perderse en la distancia…Creo que la humanidad se ha poblado a base de chisme, murmuración o hablilla, pero en los pueblos es muy notorio y sobre todo las viejas o solteronas camanduleras cuando salen del templo en el atrio; Copacabana tenía un excelente surtido. Unas fumaban ansiosas aguzando el oído, desde lejos se podía ver el rodar de las honras. Fiestas religiosas paganas. (Del lat. tardío pagānus), en el Sitio de la Tasajera venían encartuchadas desde tiempos inmemoriales. El día de la patrona, se bogaba alcohol en grandes proporciones, en cada cantina tenía lugar contiendas a botellas, taburetes y mesas volaban por los aires, heridos, carreras de quienes huían y policías detrás; debajo de la torre, novios no aceptados, se besaban furtivamente. No era bien visto aquel qué no estrenaba. La devoción hacía gala por la no asistencia y de ñapa, ese resquemor, aversión u hostilidad ante todo fuereño o forastero que quisiera posar su destino en las tierras de Cacique Nichío o Niquía. Lo bueno es que así la amé, la amo y la amaré. 

Alberto             

 

 


 

jueves, 4 de febrero de 2021

DETRÁS DE LAS NEBULOSAS



CANDELABRO.

Cuando el silencio y la tranquilidad estaban establecidas en el apacible villorrio de la Tricentenaria Fundadora de Pueblos, por aquellas calendas en que el pantalón corto asido por las cargaderas de cuero, se ajustaba al enclenque cuerpo y ese innato deseo de averiguar, conocer, preguntar de los niños, era aprovechado para recorrer el anchuroso parque (no había aparecido el peligro), por los cuatro costados; habiéndole quitado a la brumosa distancia, en el tiempo y sacudiendo el costal del recuerdo, se van formando la viñetas que el ayer esculpió en el cerebro para siempre. Ya de aquellos amiguitos, profesores y personajes de ese tiempo pasado, caminan por la inmensidad del cielo. No pueden ser testigos. La llegada a la escuela de “don Jesús” estaba lejos. La hermosa madre le puso desayuno “parviao” y con la marca del chocolate en el labio superior se escabulló por la puerta y tras de brincar como liebre los tres adobes que servían de escala, inició la expedición por el territorio que lo acogía y lo iría robusteciendo en el carácter para enfrentar las vicisitudes, que con el girar de las manecillas del reloj, irían apareciendo sucesivamente. Se acaecieron tantas, que el temple fue de espada toledana. Miró atrás, se dio cuenta qué nadie lo seguía.

Se fue caminando pegado a las paredes de cal y canto de los caserones históricos, en que veía las ventanas arrodilladas, con rejas de hierro forjado o las de madera con gruesos barrotes torneados, que servían también para separar a los enamorados. Estaba pasando por el frente de “la flor y nata” de pueblo. Era la jai. En lo que es hoy el Palacio Municipal, estaba la cantina Pielroja con su traganíquel esperando las monedas de un centavo, de dos o de cinco, para escuchar discos de Juan Arvizu, Margarita Cueto, Néstor Chaires o lo no menos famosos del Dueto De Antaño. En el lado nororiental estaban las cantinas en que los campesinos se reunían los domingos a libar licor. Arriba el inmenso atrio de la iglesia en que las viejecitas de grandes pañolones negros incursionaban al templo a escuchar la Hora Santa. Junto a la fontana (la pila) repleta de agua, el monumento a Bolívar y el de la Madre, los árboles de carbonero (Calliandra Pietteri) dando sombra y otro árbol de cuyos brazos se desprendían unos frutos que al destriparlos echaban un pequeño chorro de agua, al que le daban el nombre de “mionas” y bajando uno metros, estaba el acogedor kiosco en que, en las tardes señorones, algún coadjutor, un maestro sin circunspecciones se reunían a jugar ajedrez, mientras en las cercanías en mesas y taburetes de hierro, parejitas de enamorados. Al frente de éste, un edificio antiguo de dos plantas en que un día fuera las oficinas del gobierno. Echó escalas abajo sonriente, mientras iba esculpiendo en la mente, la vida apacible de uno de los más antiguos pueblo de Antioquia, Copacabana. Sudaba. Sigilosamente entró, vio a la madre recostada descansando y él, se desplomó a sus pies. 

Alberto.