MÚSICA COLOMBIANA

ASÍ ESTAREMOS HOY.

martes, 3 de mayo de 2022


BRISAS DE ENSOÑACIÓN

Transcurría la época de las rasquiñas de la nigua en la estera, piojos encaramados en la cabeza, pantalones cortos en los impúberes, reglazos en las escuelas; la autoridad de los padres en los hogares, el Trisagio, Hora Santa, Rosario de Aurora, las Hijas de María y, dele por ay, un sartal de costumbres que se fueron desapareciendo, cuando, en un gran terreno donde estaban caserones de familias añejas y de aquella cantina Pielroja regentada por “Mamparo” con sus papas rellenas y empanadas, más el traganíquel de hermoso colorido, situado en costado nororiental, se empezó a derrumbar para hacer funcional el Palacio Municipal, pues el existente en la calle del Comercio con la Rosca era ya inapropiado. Todas aquellas paredes de tapia se fueron abajo, quedando algunas que sirvieron como escondite para calmar necesidades estomacales de campesinos de ambos sexos gu, cualquier loquillo que aparecía por el poblado; tuvo muchos tropiezos hasta que un día con la alegría y orgullo de sus gentes, fue inagurado con transmisión de Radio Copacabana, la animación de Rodrigo Correa Palacio y sentada como mandataria la primera alcaldesa de Antioquia y la primera del Sitio: Luz Elena Betancur de Cook.

Aquel acontecimiento fue el principio de que el pueblo empezara a buscar las alturas, no así, un busto de un político que sus seguidores habían colocado en el parque y que una gris mañana, amaneció arrancado del pedestal, la cabeza raspada reposaba contra el pavimento; se decía que le colocaron una cadena a un carro para ejecutar el daño. No se supo nunca quienes cometieron la acción. Toda aquella margen nororiental de la inmensa plaza, desde la salida del cabuyal hasta el principio de la calle del Comercio, estaba atiborrada, atestada de cantinas, en su mayoría listas para recibir los hermosos ejemplares campesinos; vea mijo, ¿qué era aquello en un día de madres? Era ambiente tristón, melancólico; música con letras de amargo sabor dedicada a las muertas; lágrimas en ojos de hombres adustos, mesas atiborradas de envases vacíos, que nadie por guapo, era capaz de retirar que no fuera al costo de un peinillazo, vasos y copas en el suelo, en cada mesa no faltaba uno dormido y otro en la puerta de entrada con el sombrero hacia atrás, botella en mano mirando al frente que la novia con sus pies descalzos, vestida de organza o muselina, no estuviera atisbando a un contrincante en los amoríos. De pronto en un abrir y cerrar de ojos, la escena daba una vuelta de noventa grados: volaban mesas y taburetes por los aires, botellas de cerveza explotaban en la pared o en la cabeza de uno de los parroquianos, el sonido del timbre de machetes y peinillas era la resonancia del dolor, gritos, hijueputazos y un hilillo de sangre corría por mitad del salón, mientras unas ruanas servían para encubrir unas figuras que huían despavoridas o el galope de los jamelgos en el empedrado del camino que conduce a la querencia.  


Alberto.  

 


 

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