MÚSICA COLOMBIANA

ASÍ ESTAREMOS HOY.

miércoles, 19 de enero de 2011

MAGÍN.


La telaraña de los recuerdos.
Habíamos mentado en otra parte, que en la salida para el Cabuyal tenía Manuel Gómez, un hotelucho y restaurante que asistía a los campesinos los domingos, pues allí tenía su vivienda un hermano del dueño que lo apodaban "Magín", poseía mucho de orate. Vestía de la manera más estrafalaria. Tenía siempre un gorrito en la cabeza, la camisa y el pantalón llenos de remiendos de distintos colores, los pegaba sin consideración de puntadas con hilos de los más variados tintes, siempre descalzo y con los calzones arremangados hasta la mitad de la pierna. De estatura pequeña, rechoncho, con unos ojitos saltones y de unos pequeños colmillos; no era sociable y más bien se mantenía solo, ganaba uno que otro peso haciendo mandados, como aquel de ayudar a los carniceros a sacar las mesas los domingos al parque. Pero lo curioso en el personaje era que en los momentos de soledad y cuando no tenía nada para hacer, se adentraba a la quebrada Piedras Blancas y la recorría sobre todo por la parte alta por donde existían sembrados de cañadulzales fumándose un tabaquito que se llamaban "calillas", se sentaba en alguna piedra de las que tanto tenía la quebrada en sus márgenes y allí pasaba largas horas en una meditación de las que nadie supo jamás su contenido; de pronto se desaparecía como sí quisiera que nadie supiera de lo que hacía. Muchas personas en el Sitio tenían por comentario, de que Magín tenía dinero y que lo escondía en las riberas, que lo que era, sin temor a equivocarse, un avaro; también se comentaba, que el traje era una caja fuerte ya que se aseguraba que ni para dormir se lo quitaba. Para muchos, no tenía nada de loco y mucho menos de bobo. Lo cierto del asunto, es de los personajes que queda vivo en la retina de chiquillería que disfrutaba con los baños en Piedras Blancas que a cada momento se lo encontraban en los puntos más distantes, él los miraba despectivamente y continuaba su camino dejando un halo de misterio en la cabeza de los párvulos. Cualquier día tomó el camino que no tiene regreso, sin decir adiós.

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