EN FAMILIA
La vida hogareña se había convertido
en un infierno. Le decía antes de irse al trabajo, cuando llegaba y en los
fines de semana con mayor intensidad: “no me he podido amañar ni un solo
instante en este barrio; sácame de aquí antes de que me dé una trombosis”. No
le faltaba sino arrodillarse. Le decía de buenas maneras; le subía el tono al
igual que doña Ramona, la esposa de don Pancho, el de tiras cómicas.
Cogía al niño pequeño entre los
brazos, para mostrarle que él, todos los días estaba más flaco, que seguro, era
por el aire viciado que provenía de la esquina, lugar preferido por los
fumadores de ‘maracachafa’. Trataba de darle celos, al contarle las miradas
lascivas del tendero, lo mismo que Cornelio el de la carnicería, cuando iba a
comprar el ‘diario’. Lloraba a moco tendido, contándole la forma en que la
observaban las viejas chismosas que salían de misa y que ella, alcanzaba a
escuchar el murmullo cuando la deshollejaban, especialmente de la parte que la
espalda pierde el nombre. El marido nada de nada.
No existe algo que no tenga su fin. Un
viernes en la noche, llegó el esposo, con muchos tragos demás: mija empiece a
empacar, que mañana por la noche, nos vamos. Mientras el marido dormía la
rasca, cantaba al son del radio, movía las caderas llevando el compás de música
costeña; se deslizo hasta la cocina para apagar las velas que le había prendido
a cuanto santo le manifestaron que hacía el milagro de sacarla.
Estaba tan contenta con el trasteo,
que no preguntó para donde iban. En un hueco sintió que algo cayó al suelo;
miró y alcanzó a ver al corazón de Jesús hecho pedazos en medio de la vía. No
dijo nada y con la punta de la blusa, se enjugó una lágrima.
Alberto.
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