MÚSICA COLOMBIANA

ASÍ ESTAREMOS HOY.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

EL MAESTRO.


Padre Julían Sanín.
El padre Sanín trajo para la iglesia un extraordinario órgano de impecable sonido, el que fue manejado por músicos que lo supieran interpretar con maestría. Pasaron muchos años hasta que un día, el mismo cura, se apareció con uno que jamás las gentes de Copacabana podrán olvidar. Se trata de José Longas Isaza. Un hombre menudito, pero de unas manos prodigiosas que desplazaban por el teclado en forma

José Longas Isaza.
de caricias. El primer domingo, los feligreses se aterraron cuando del coro en el momento de la elevación, en vez de música sacra, un pasillo colombiano, llenaba las naves del templo y, muchos, se pusieron a llevar el compás con sus pies, otros decían que era un sacrilegio, que ese hombre era el demonio o un ateo, pero poco tiempo después, estaban felices con el nuevo corista, la iglesia estaba los domingos con más personas que antes, creo que el padre Sanín, se benefició con la contratación de éste artista.

Escaleras para subir al coro.
Se encontraba José Longas en el kiosco departiendo con unos amigos, cuando llegaron unos señores preguntando por él, al identificarse, le dijeron que ellos tenían una apuesta, que consistía, en que uno decía que tocaba un pasillo fiestero con el teclado del órgano tapado, a lo que don José, los condujo al coro y lo hizo con maestría y sin una sola equivocación. Los señores se marcharon con asombro.
El MAESTRO, así con mayúsculas, dejó en Copacabana honda huella, porque era hombre culto, bueno y sincero. La poesía otra expresión de su versatilidad, se conoció primero, por el hecho de que algunas solteronas, vivían acusándolo ante el padre Sanín, sobre todo, tres de una misma casa, a las que llamaban las "Taparas" y un día con sus tragos de aguardiente, se puso a escribir unos versos en contra de aquellas hijas de San Antonio, los versos los escribió en papel de envolver, que quedaron en mi poder, pero, para mi desfortuna, se desaparecieron; cuando el maestro se corría sus vidrios, lo hacía en vaso, tomando a sorbitos y cuando el licor lo ponía nostálgico, le gustaba la música de Alfredo Sadel, también la de Juan Arvizu; a Sadel, tiempo después, le daría uno de sus poemas convertido en canción.


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