MÚSICA COLOMBIANA

ASÍ ESTAREMOS HOY.

miércoles, 10 de julio de 2013

PANTALONES BIEN PUESTOS.

Figo, compañero de vejez
“Los grandes pensamientos, son como las grandes acciones, no necesitan trompetas” (James Bailey).
La disputa generacional no tiene arreglo; ellos, los jóvenes, no estará nunca de acuerdo con las normas conque los viejos se levantaron y los ancianos, no aceptan ver el libertinaje sembrado bajo la palabra libertad; es igual que juntar el agua y el aceite.
Claro que las cosas tienen que cambiar, pero no cortadas de un tajo. Los niños y las nuevas generaciones, no son culpables. Somos los padres que no trasportamos de lo nuestro, siquiera unas pequeñas migajas para crearles en la conciencia algo de ese ayer y aprendieran a quererlo; lo que se recibe en los primeros años, tiene sus frutos con el correr de los días. Se culpa a los niños, cuando en verdad, hemos sido los adutos. 
La casa la ocupaba la familia y se formaba el hogar. Había un padre que enseñaba con el ejemplo y tierna madre que traspasaba ternura con sentimientos pulcros. Existía el momento supremo de sentarse a la mesa. Con marco acogedor, se hablaba de todo: el recuento de los ancestros, se hacían planes para futuro inmediato, se corregía los errores al compartir las viandas, el respeto ante la figura paterna al esperar que él se sentara primero y fuera el primero en levantarse. Se corregía el modo de vestirse; era allí, en ese lugar, en que se dictaban las normas de respeto a la familia y la forma de comportamiento ante maestros, ancianos, mujeres, niños; normas sencillas, acatadas y constructoras de futuro, para que las leyes no fueran las castigadoras. Entre sorbo y sorbo de sopa, iba entrando en la conciencia de los hijos, la virtud de emular a los progenitores esculturas de honestidad. Cuando alguien, se separaba del camino, encontraba la voz férrea y disciplinada del señor del hogar, que le advertía que sólo le pasaría la falta otra vez, de lo contrario, tendría que abandonar el hogar; la madre, con lágrimas en los ojos, apoyaba al esposo en la determinación, para poder salvar el resto de la prole y la estabilidad. En cada familia no podía faltar la oveja negra, pero detrás de sí, se llevaba incrustado por siempre, el valor de los consejos. 

Atardecer en el campo.
Una falta en alguno de los hijos, era puesta en conocimiento por la madre, para que el padre hiciera la reprensión. Se le castigaba con correazos en las nalgas y no por ello, se veían las calles llenas de frustrados, ni centros de corrección a cada cuadra, mucho menos cuadrillas de delincuentes juveniles o madres bebés arrojando criaturas al pavimento porque el ‘juego’ sexual les quedó grande y no era como el de las filminas, que solo hicieron despertarles una sexualidad a destiempo, cuando aún, se orinan en la cama. Los padres de antaño estaban unidos por la responsabilidad que da el amor verdadero y sabían que en la punta de fuete estaba en formar hombres de bien para construir la paz, perdida hoy, por la permisividad. 

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