MÚSICA COLOMBIANA

ASÍ ESTAREMOS HOY.

miércoles, 15 de mayo de 2019

LA MODA DE LA BICICLETA



ATARDECER EN COPACABANA

Se escuchaban los susurros desde   puntos equidistantes, pero el sonido de una sirena encasquetada en el capacete del Chevrolet de Trasporte Montecristo reventaba el silencio, hacía volar las tórtolas adormecidas en los palos de mango, las golondrinas propietarias del campanario y hasta las palomas sin dueño, buscaban la quietud de otro sitio; sonaba, para avisar a los del vecindarios que permanecían en los biflorados patios, la llegada de los seres queridos que por cualquier causa, se habían echado el penoso viaje hasta la capital de la montaña. Aquellas callejuelas eran pisadas por huellas de historia, de niños traviesos, de cascos de mula en recuas que llevaban caña dulce para los trapiches y los asalariados padres para llegar al aposento del aluminio y el plástico. Uno que otro poseía el bípedo aparato de la bicicleta, los que no, envidiaban con los ojos el rodar zigzagueante de la Monark o la Coventry “engalladas” de timbre, espejo retrovisor, guardabarros, farola al frente que iluminaba en las noches, movido por el dinamo en llanta trasera y la parrilla para montar pegajosos o parte del mercado.
La envidia que aquello proporcionaba, la calmó un pensante de la necesidad de los párvulos y hasta de mayorcitos. En la esquina de abajo donde terminaba la calle de la Rosca, un día cualquiera de un año ídem, se veían algunas segundonas bicicletas recostadas perezosamente a la pared a la espera de ‘jundillos’ que se posaran en los sillines raspados. Eso fue como destapando y haciendo botellas. La chiquillería colmó el local, ellos felices y los padres, ennegrecidos de la ira, pues no aguantaban a los hijos pidiéndoles dinero para alquilar después de la salida de la escuela. Se veían pasar raudos bajando por la plaza haciendo piruetas a toda velocidad, unos mostraban la destreza manejando con una mano, otros mas avezados sin tocar el manubrio; mientras Jesús Gallego (Chucho), iba guardando dinero y, ganándose el odio de las desesperadas madres que no daban abasto pegando botones, zurciendo camisas y pantalones, mientras muy quedo le iban mentando la madre. 

Alberto.                            

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