
El chisme es el idioma del envidioso. (AMV)

Foto: de un amigo.
La pobreza no era óbice para que de cada hogar saliera humo embriagando de olores que abrían el apetito al transeúnte furtivo. Se veía por los solares, en frente de las casas, en la basura y por los lugares más disímiles plumas de aves de corral. Se llevaba al fogón encendido, la gallina que todo el año había brindado sus huevos y ya clueca, engordaron para esa ocasión. Los gamonales en sus propiedades lujosas, no podían apagar el chillido del cerdo, que un baquiano iba tasajeando de la misma manera que un cirujano. En el solar, sobre tres piedras, estaba acomodada la paila con manteca hirviendo a donde iban a parar pedazos de carne o los desperdicios, qué a decir verdad, tienen mejor gusto. Los pobres y las aves de corto vuelo; los acaudalados y sus marranos, hacían llegar a sus vecinos porciones brindadas con mucho amor. De pronto, en medio de la humareda, una voz de niño gritaba: ¡Va a caer! Sí. En cualquiera de los patios, hacía su entrada el globo multicolor ya sin fuerza, que escogió el lugar para descansar lleno de hollín y de nostalgia.


















