MÚSICA COLOMBIANA

ASÍ ESTAREMOS HOY.

miércoles, 23 de enero de 2013

LOS REGODEOS DEL HOGAR.

La costumbre de la arepa.

"Engarza en oro las alas del pájaro y nunca más volará al cielo" (Tagore).
Esos ancestros del padre venían esculpidos en el cerebro, en el torrente sanguíneo y en la postura. Ese campesino íntegro, nacido entre montañas, quebradas arrulladoras, olores a musgo, elevado a las alturas por humo de chimeneas, de alegrías de recolector en el arado del alimento que brinda la tierra; buscador de leña que atice el fogón para que llamee y hierva el sustento para una familia numerosa, unidos por el calor de las llamas y una totuma de café. Esos ancestros jamás lo abandonaron. Buscando otros mundos, partió de su querencia. Lo siguió por todos los caminos, la fortaleza infundida en los años mozos. La universidad, la hizo, aferrado al azadón que a cada golpe, despejaba el tubérculo o la hortaliza; escribía planas enteras sobre el cielo azulado, derivados de honestidad, respeto y perdón. Se echó al hombro curtido por el sol, la maleta de experiencia, consejos y partió, no sin antes echar una última mirada a la casa de chambrana en la que el perro le decía adiós con latidos lastimeros y hasta el rumor del agua, hizo un minuto de silencio. Con el canto de la ruana, se enjugó las lágrimas y partió a lo desconocido. Toda su vida, la compartió con ese lugar, en que vio por primera vez la luz y sus ojos se llenaron de verdor. En el nuevo hogar formado, no faltó nunca el jardín, en que sobresalían todo tipo de flores, que con su colorido, le acercaran al pasado y le dieran vida, ternura y amor al presente. No supo de odios, intrigas, devaneos amorosos fuera del hogar, tuvo cómo escapulario la fidelidad, el respeto y la hidalguía. La música de cuerda, le despertaba sentimientos de ternura, sentía agrandarse el corazón por su terruño a quien amaba con infinita pasión. La nota de un tiple, compañero inseparable de la guitarra, le llegaba al alma y hacía que recorriera mentalmente: caminos de herradura, trochas, llanuras verdes, montañas escaleras para llegar al cielo, noches de luna y luceros, fogón con olor a leña y el croar de las ranas. Cada amanecer,

El compañero fiel en los años.

se vestía de abolengo; peinaba sus canas con picos de estrellas y llenaba el corazón con sangre de ancestros para darle bondad a cada acto de la vida. Los años le embellecía el rostro, cómo hace el tiempo con un buen vino. Cuando hablaba llenaba el entorno de experiencias que brindaba sin recato, para amigos, conocidos, hijos y una esposa que lo amó, en una entrega total durante 35 años, en que la felicidad, jamás pudo abandonarlos. No murió. Quedó flotando en la conciencia.   


miércoles, 16 de enero de 2013

SEGUIRA CON ALMA DE PUEBLO.

Juegos de ayer.

"Hay que unirse, no para estar juntos, sino para hacer algo juntos" (Juan Donoso Cortés).

El pueblito, cuna de pillerías infantiles, anhelos para el futuro, amoríos platónicos con niñas escueleras, peleas a las salida del aula, para entrar a orinar de primero; aprendizaje de normas de cultura, en hogares formados para eso. Libertad, libertad, de una época cobijada por la sencillez, las buenas costumbres, padres con autoridad, por aquello del ejemplo; empezaba a ir perdiendo su paz conventual. Las calles antes apacibles, jugadera de trompos, canicas y partidos de fútbol sin límites, se llenaron de vehículos que hicieron aparecer el peligro. Las mangas por donde se corría igual que conejos, dieron paso a lujosas viviendas. El kiosco antiguo, redondel de encuentros de amistades, de devaneos amorosos al son de boleros románticos, torneos de ajedrez en los que participaban el alcalde y el cura, un día se fue al suelo. La visión de lo que fue, sólo quedaba en el recuerdo. Al mismo ritmo, uno, se alejaba de los encantos de la infancia; los placeres, no tenían aquella capa de inocencia, pueblo y uno, marchaban al unísono al precipicio del desgaste, de la insatisfacción y el olvido. Lo peor, es que ya no existe el regreso. Personajes antes amados por el civismo, nadie los recuerda. La amnesia colectiva, los sepultó, solo quedaron sus nombres en una lápida borrosa por donde pasan miradas furtivas en amaneceres grises. Han transcurrido muchos años. La ciudad abrió sus puertas, para albergar al pueblerino; la ha caminado en toda su extensión y desde el primer día de la llegada, se ha sentido extraño. Es sólo


Tan posuda.


uno más entre tanta gente. Nadie saluda, pasan raudos igual que una exhalación que camina entre la vorágine de cemento y hierro sin importar el sentimiento, es una ficha más, que compone el juego de la supervivencia en un mundo egoísta. Su yo, su todo, sigue impregnado de pueblo añejo y querendón que un día le brindó abrigo, le llenó de amigos, le enseñó amar, a conocer el respeto y saber que el dolor también se puede compartir.   

miércoles, 9 de enero de 2013

LO QUE SE AGUANTABAN LOS PADRES.

El peso de los años.


"Los monos son demaciado buenos para que el hombre pueda descender de ellos" (Friedrich Nietzsche)

 El niño en el descubrimiento del universo, se atoja de todo. Sueña con sembrar un árbol en el patio; hacer un lago en un pequeño espacio, llenarlo de peces que salten. Cría de conejos y curíes que retocen emprendiendo veloz carrera y sin barreras o sesgos que atrofien la libertad. Tener el perro que lo ame y lo siga en todas las travesuras. Un gato que duerma arrullado por el ronroneo encima de la mejor cama, después de haber pasado la noche en devaneos amorosos por los tejados vecinos y claro, verlo correr despavorido, cuando el can, lo quiere sorprender, cuando baja a maullar al primer rastrillo de cuchillo. Quiere tener un sol que salga por las mañanas solo en el jardín casero. Que los amaneceres, sean limpios, sin amagos de lluvia, para que sus juegos no se vean interrumpidos. Las noches estén alumbradas por la luna, que con su luz le permita extender el día y contar tirado boca arriba, los luceros a quienes ya le apuesto nombre y los ha hecho sus amigos; en los sueños, retozan juntos andaregueando por constelaciones infinitas buscando seres mitológicos, otros mundos, donde pueda descargar sus fantasías, antes de que sean devoradas por el paso de los años. El hogar era un hervidero de ficciones dispares y confusión de los mayores, sólo su creador sentía el gusto infinito de alcanzar la realización de los ensueños. Brincaba de alegría, al ver los conejos resbalarse sobre el piso liso de las baldosas y lloraba cada vez que contaba los curíes y faltaba uno; había hecho un túnel que le dio la libertad, yéndose a vivir a la vega del río. Un amanecer…todos se habían fugado. El lago se fue secando y el pez daba saltos pero por la falta de aire. Los conejos, empezaron a pasar a mano de otros niños que iniciaban los caminos de nuevas quimeras. Entendió que el sol, la luna y los luceros, no eran de su propiedad. Las cosas que soñó, dieron un vuelco, que aunque quisiera prenderse a ellas, le eran imposible. Luchó como guerrero por sostener ese maravilloso tiempo, pero sus esfuerzos eran en vano. Nada ni nadie podría prestarle ayuda. Se sentó en el quicio de la verdad con lágrimas, se miró internamente y supo que le había llegado la pubertad y ésta, no entendía que pudiera existir un mundo de cosas simples y maravillosas en el corazón de los niños.

miércoles, 2 de enero de 2013

Y...SE TERMINAN LAS FIESTAS.

Dos épocas de un patriarca.

"El amor y el deseo son las alas del espíritu de las grandes azañas. (Johann Wolfgang Goethe)



A
quello era un derrumbe sentimental en la corta existencia del niño. De la misma manera en que se iba preguntando cuanto faltaba para llegar diciembre, las vocecillas, inquirían, ya no con aquella expectativa, por el desprendimiento de la última hoja del almanaque, que era el infausto momento en que morían, las alegría de un mes hecho planeado para ellos. En esos 31 días recibían las alegrías, sorpresa, besos y abrazos de que habían sido abandonados en el resto del año; se habla de los niños, pero los adultos, los disfrutaban como tales y…es que el momento, en que hombre, deje fenecer al infante que lleva por dentro, le ha dado paso a la amargura, la soledad y la tristeza. Cayendo esa última hoja, daban contra el suelo las esperanzas de libertad, esparcimiento en alianza con la naturaleza, el desfogue de una vitalidad en erección que brota hasta por los poros. De ese estado de ánimo, se percataba el perro. Sabía que esa partícula de papel tirada a la basura, lo afectaba. Entendía que las correrías por los campos vecinos, llenos de naranjales, mangos criollos, piñuelas y guamas en compañía del niño de cargaderas, se iban acortando. Presagiaba, lo poco que faltaba, para perder los baños en la quebrada de aguas cantarinas o la espectacular travesía del caudaloso río detrás de su imberbe amo. Por eso, aprovechaba con sonoridad, las hermosas mañanas en que salían juntos, antes de que llegaran las horas de la escuela, que castrarían la unión de dos seres que se amaban y se guardaban los secretos.
Dados listos para guachaquiar.


El tiempo ha pasado con la clemencia o inclemencia con que se le quiera mirar y aún así, el momento de ese desgarre del calendario es un momento angustioso. Es el marcharse de un año que brindó de todo: estados de satisfacción y algunos pocos de dolor, amortiguados por la fe; procesos de crecimiento familiar cargados de expectativa. Ya el perro de hoy, entiende que no se pueden hacer travesías, ni el disfrute de nadar; calmado se echa encima de las arrastraderas, con un ojo abierto a la espera de la caricia del amo, que perdió la juventud, pero que de vez en cuando, deja salir al niño que lleva en su alma.        

miércoles, 26 de diciembre de 2012

CARAMBA, COMO PASA EL TIEMPO.

El papel puede con todo, no se tocaba el acordeón.

"El corazón de todos los inviernos vive una primavera palpitante y, detrás de cada noche, viene una aurora sonriente (Khalil Gibran)
S
e había llegado de otro municipio y el cambio no hizo traumatismos. Pronto, se ajustaron a la cultura del nuevo. Allí, conocieron los engaños del celuloide, las primeras letras, los maestros que las enseñaron, que quedaron para siempre en el recuerdo; el primer muerto, amores sencillos y la suegra que no pudo disimular el odio. No es el tipo de hombre para mi hija.
Una noche, escuchó estallar la dinamita en la puerta de la tienda donde se compraban los trompos. Era la llegada de la violencia partidista. Una mañana, se encontraba en casa ajena, repitiendo el Credo, el Padre Nuestro, en preparación para la primera comunión; pero aún se cree, que lo único que importaba era la fiesta, los regalos y las tarjetas que hacían llegar las viejecitas solteronas. Conoció amigos y enemigos ganados por ser de otras tierras. Montó en un Ford 1923 de capota de lona del que era dueño Juan bobo. Veía llegar a la casa viandas enviadas por otras familias que querían compartir, costumbre lastimosamente desaparecida. Está en el recuerdo, las visitas que llegaban a eso de las tres de la tarde, con paquete inflado de panes, biscochos, pandequesos, buñuelos, para tomar con chocolate caliente y quesito envuelto en hojas de plátano. Al llegar la tarde, el padre caminaba por el corredor con la camándula, llamando a la familia para dar inicio al Rosario.


La araña en el patio.


En una reunión de juventud amenizada con licor, alguien dijo: ¿cómo seremos cuando lleguemos a los 50 años? A una se escucharon las risas. Jamás, ¡allá nunca llegaremos! Ahora se recorre por los setenta o más. Las cabezas canas, lentos en el caminar y lo peor en el pensar. Con un cúmulo de tristezas al ver los cambios de la época. Muchos universitarios, doctores, especialistas, filósofos, tecnólogos, todos faltos de conciencia y amor al semejante. Nació el ‘yoísmo’, los amores contados en días y los niños abandonados que, el futuro estará esperando, encerrados entre rejas. Y… nadie será culpable.

miércoles, 19 de diciembre de 2012

CUENTOS DE ESPANTOS.

talla de rostro de indio.

"No hace falta renunciar al pasado al entrar en el porvenir. Al cambiar las cosas no es necesario perderlas" (John Cage).

Los antepasados y sobre todos los que descendemos de campesinos, no podremos olvidar las terroríficas narraciones de algún entrometido espanto. Era infaltable la costumbre de cuentos de duendes, brujas y espantos. En los campos, los habitantes del las hermosas casas de chimeneas atizadas con leña, altos techos, corredor de chambrana en el que no podía faltar el tarimón, llamado por ellos, tarima; al llegar la tarde cuando el sol cae por el horizonte y empieza la noche, era el lugar de encuentro de toda la familia envueltos con prendas que amortiguaran el frío. De la voz del abuelo, que acababa de prender el tabaco con el yesquero y con acento pausado iba contando con pelos y señales las peripecias acontecidas cuando él, transitaba con su mula por algún despeñadero de los ariscos caminos, al pasar una quebrada o al atravesar un pequeño monte. Mientras le daba una chupada al tabaco y exhalaba con gracia el humo, contaba: que una noche que iba para la casa montado en su cabalgadura, por el camino mil veces transitado y al llegar a la quebradita, algo raro pasaba. La mula caminaba y caminaba, pero él notaba que no avanzaban; escuchaba en un sembrado de maíz el sonido de fuerte ventarrón, pero las hojas no se movían. Sintió un frío inmenso, cómo de ultratumba, se apeó, sentándose en una piedra cuando ya aclaraba el día, sacó del carriel el crucifijo y hasta ahí llegó el susto, todo regresó a la normalidad. La casa estaba frente a él o sea que pasó la noche a muy poca distancia del hogar.
mulera y perreros de arrieros.


Santiguándose les decía: no hay que creer en brujas, pero que las hay las hay. Los más pequeños quedaban con un miedo espantoso y esa noche, todos dormían con los papás o los hermanos mayores. Lo malo, era que al día siguiente, las cobijas de camas amanecían mojadas.
 

miércoles, 12 de diciembre de 2012

LA NAVIDAD EN ÉPOCAS PASADAS.

Alumbrado de Copacabana 2012.

"La felicidad humana generalmente no se logra con grandes golpes de suerte, que pueden ocurrir pocas veces, sino con pequeñas cosas que ocurren todos los días" (Venjamín Franklin)



Era raro aquello de que se salía de la escuela por vacaciones de diciembre y en vez de dormir a pierna suelta –cómo queríamos hacerlo cuando estábamos estudiando-, se despertaba con el primer canto del gallo. Los padres sí que lo deseaban, para recuperar sueños atrasados; sobre todo la madre que le tocaba estar pendiente del último detalle en la presentación: peleas para el baño, limpieza de oídos, planchada de ropa, ponerle botones a la camisa, que jugando los habíamos perdido en la cuneta; cepillada de dientes, vistazo a la maleta y ya bien peinado, la bendición para que nada nos pasara en el transcurrir del día. Pero ese descanso no les llegaba. Con infinita crueldad, nos disponíamos arrancar las travesuras y necesitábamos que nos dieran el desayuno, para lanzarnos al encuentro con la naturaleza. Juego de pelota, bolas, trompos; ir a los charcos de la quebrada a zambullirnos en las limpias aguas. De los radios se escuchaban los villancicos y música parrandera. Al inhalar con fuerza el aire limpio, entraba por la nariz olores de viandas navideñas entre mezcladas; unas veces olía a natilla que se confundía con el de los buñuelos, éstos, eran consumidos por el olor a caldo de gallina que hervía en el fogón acogedor de cada casa, rociado con cilantro y el condimento del amor.
El farol de la paz.

Al no haber grandes construcciones, ni empresas de químicos, ni nada que hiciera ser peligroso el elevamiento de globos, se compraban pliegos de papel para fabricarlos. El cielo se inundaba de multicolores zepelines, ‘cajas’, ‘trompos’, ‘cojines’ y tantos, cómo la imaginación pueda ir creando. Antes de llegar el 16 de diciembre, la familia salía hacia los morros en busca de artefactos para a hacer el pesebre. Se estaba parte del día en ese rebusque. Se cantaba, los chistes brotaban como por encanto; de ese encuentro familiar, se formaron idilios, que muchos llegaron hasta el altar. En esa comunidad, se anticipaba la degustación de los manjares navideños y los mayores se tomaban uno que otro aguardiente, mientras los pequeños no dejaban de hacer pilatunas que muchas veces ponían en riesgos el fogón de piedras atizado con leña del lugar. El globo se elevó y se llevó con él hasta las alturas, la fraternidad y las costumbres.