MÚSICA COLOMBIANA

ASÍ ESTAREMOS HOY.

viernes, 16 de junio de 2023

REMOLINOS DE ENSUEÑOS


Existieron noches anheladas con suma expectativa en el villorrio; eran aquellas en que desde un tiempo atrás, se hacía la publicidad de la llegada de algún cantante, dueto, trio, humorista o grupo de danzas a presentarse en el triste desaparecido Teatro Gloria. Entre muchos, llegan a la memoria, Montecristo, Obdulio y Julián, Julio Martel, Ortiz Tirado, el “pequeño gigante” ecuatoriano Olimpo Cárdenas, Andrés Falgas, el mago Gustavo Lorgia y otro tanto más que tenían el poder de movilizar el conglomerado apático[C1] , indiferente y frío. Las señoras encopetadas con sobreros de redecillas que tapaban sensualmente el rostro, guantes de cabritilla, vestidos a la moda extraído de alguna revista colocada en casa de la modista, las pipiolas pizperetas con collares, ropa fresca y zapatos a medio tacón, los señores sin mucho cambio, los más encopetados con el cachaco de Everfit o Valher, camisa almidonada con mancuernas, corbata negra, anillo en un dedo de la mano izquierda y zapatos bien embetunados, mientras esperaban el turno para llegar a la pequeña taquilla, un cigarrillo Pielroja, la compra de una caja de chicles o un confite anisado, al niño vendedor de vituallas; todo transcurría en completo orden y armonía, pero una bullaranga la interrumpía como cuando se cae un hermoso jarrón pretérito desde la vieja mesa de centro al volverse pedazos ¡Estupor! Hacían su aparición los ayudantes de carros, llamados fogoneros. Fueron peor que las 7 plagas de Egipto.

 

Pero no por los desafueros de aquel grupo de desadaptados se interrumpía el espectáculo, pero sí, sé dejó mala impresión de quienes nos visitaron. Aquel lugar era punto de encuentro único, de las familias, cuando no eran las películas de temas sagrados en tiempo se semana santa, llegaban a ser tantas que se agotaban las entradas con las del consagrado comediante Cantinflas; ese lugar tan central fue icono de socialización del vecindario citadino, cuando aún no soñaba con ser metrópolis o urbe con sus desarraigos insanos, desafueros sexuales y lo peor, la soledad y el miedo. Ya el portón y contra portón están cerrados, los hermosos patios no dejan ver su jardín florecido, ni el perro y el gato dormitan en las amplias ventanas. Es triste ver el Gloria en otros usos y no con aquel parlante dejando escapar música romántica o la voz invitando a la función en matiné, vespertina y noche, menos la presentación de un artista de calidad. Muchas voces seguro han hecho su reclamo para que reviva y tantas desoídas, pues sigue en salas de primeros auxilios. La cultura reclama ese espacio para atraer las juventudes y no se pierdan en la borrasca de los efugios que brindan los espirales en humo de mentirosas felicidades inexistentes. Se hace tarde revivirlo, es obligación de padres de familia, entes gubernamentales, clero, en una palabra, la sociedad entera. Nace otra pregunta: ¿En dónde está la emisora, ¿quién la enterró, no les hace falta?  Revivamos del pasado todo aquello qué sobresalió en su época y anudémoslo a lo bueno del hoy.   


Alberto.   

 


 [C1]


 

lunes, 15 de mayo de 2023

Y...LE RESULTÓ CONTRAPESO

 



 

Siempre que se hable del Sitio habrá que mentar el teatro, pues fuera de sentarse en las bancas de parque, aplastar los glúteos en el kiosco, jugar un chico de billar, emborracharse hasta los testículos o por si las moscas, ver un partido de fútbol en la cancha Camilo Torres, no había más que entretenerse, de vez en cuando ocurría algo diferente, que la chiquillada celebraba a reventar. Algunas empresas de cosméticos, dentífricos o de jabones enviaban en son de publicidad, carros adaptados para presentar películas en 35 mm, pero primero recorrían el pueblo con el parlante a todo volumen invitando a comprar su producto y matizando la retahíla con música bailable o aquellos boleros de los Panchos que arrancaban suspiros a las damas; pero no iban solos, detrás corrían los niños que acababan de salir de la escuela, pues algún souvenir les lanzaba y aquello los hacía feliz. El telón para aquellas películas era la pared de antigua casa Consistorial y las sillas era el tibio pavimento en que se acomodaban familias enteras disfrutando del séptimo arte al amparo de la frescura de la noche, el volar de intrépidos murciélagos y titilantes cocuyos, claro, ahí también se hacían sentir los fogoneros. Guillermo Toro con su vara conectaba la cuchilla para volver iluminar el espacio cuando aparecía el melancólico fin; traído por la brisa, desde el Café Pilsen, las voces de Margarita Cueto y Juan Arbizu incrustadas en el disco de 45 R.M manifestaban que la vida cuotidiana continuaba y así mismo lo hacía entender el tañido de la sonoridad de las campanas del reloj cuando daban las 9 de la noche, hora en que los hogares de la histórica población, volvía a su rutina. Un buen día, empezó a rodar la bola de que en la majestuosa residencia de los Tobón Roldán que quedaba unos metros antes de llegar a la cantina de Tito Montoya, esa noche se presentaría cine y… ¡Tome! A pedirle platica al papá para poder entrar. Darío Tobón, uno más de la cofradía de aquella aquilatada familia le dio por hacerle competencia al teatro Gloria.

 

Aquella casona, era una de tantas de los castillos de los nuestros en que se levantaban numerosas familias, en donde no podía faltar el solar arborizado con árboles de naranjas, mandarinas, guayabos, mangos y que muchos hacían sus eras de pan coger. En la entrada estaba un portón tallado, seguido de amplio zaguán que se topaba con un contra portón que al abrirlo los ojos se tropezaban con un enorme patio empedrado sembrado de bifloras florecidas, techo sostenido por gruesos pilares en que flores de conservadoras, “novios” y margaritas daban mayor colorido a aquellos amplios corredores enladrillados que recordaban la majestuosidad y señorío de un tiempo en que la sencillez era decoro; pues bien, en el contra portón estaba elegantemente vestido y con su sombrero gardeliano Darío, cobrando la entrada a cuanto mucharejo le dieron los centavos para la entrada, así mismo, señoronas encopetadas con sus fieles esposos que no querían dejar pasar la oportunidad de ver la película, cambiar la rutina y porque no, echarle un miradita aquella mansión. Tenía aquel disfrute la particularidad de ser el portero, el mismo maquinista reproductor de la cinta, la frescura del ambiente, de vez en cuando el airecillo llegaba impregnado de olor a sancocho, la paz absoluta de la familiaridad entre vecinos y sobre todo, esa gran dicha de no tener entre los asistentes, la plaga de los fogoneros. Fue la fragante época, en que todos se conocían, se respetaba los mayores, se compartía la dicha y hasta el dolor se llevaba entre todos para alivianarlo. 


Alberto.        

 


domingo, 7 de mayo de 2023

AQUELLAS CANCHAS


Era dicho popular de llamar la Escuela Urbana de Varones, así simplemente: Escuela de don Jesús. Pues bien. Ahí en ese castillo de las primeras letras, en las aulas, se iba formando un murmullo entre temeroso, todos esperaban que al rector se le conmoviera el corazón y dijera: Mañana iremos a caminada; aquello constaba de la ida de todos los educandos a media tarde de asuetos a la cancha de la Pedrera o de Encarnación Mora como también se le conocía. Esa fue la primera cancha de futbol que existió; como era bordeada por el río Aburrá cuando éste se crecía dejaba un sedimento de arenilla que cubría el césped, allí jugaban el Antonio Nariño y el Imusa, se usaba jugar de boina y la admiración de la chiquillería y el común de las gentes era Gustavo “galleto “porque era el que más elevaba el balón. Aquel encanto de distracción fue pedido por su dueño Manolo Sierra y se quedaron allá la frescura de los búcaros con sus enormes iguanas, las ramas de pringamoza y los muletos para amansar. En el barrio de la Asunción de propiedad de la fábrica Imusa quedaba un lote a orillas del río, lo cedió a la administración, la comunidad deportiva en convites lo adecuaron y volvió con todo su esplendor el futbol; las manos de don Francisco Meneses a la margen del caudaloso afluente la embelleció de rectilíneos sauces en que descargaban las aves sus trinos y para confort de los asistentes se hicieron graderías en madera tratada, faltaba el espectáculo mayor ¡Futbol nocturno! Alfonso Carbajal instaló luminarias alrededor del campo elaboradas en la empresa de la familia Hernández. Inauguración con reina, la señorita Oliva Gómez y el partidazo de fondo entre Fabricato y el Deportes Copacabana.

 

Todo marchaba de las mil maravillas, la gente feliz colmaba las graderías, en los partidos nocturnos las familias se solazaban, divertían y alegraban siguiendo las piruetas de los 22 jugadores cuando el balompié era una distracción y no, un problema matemático. No podía durar tanta belleza, llegó a la población un burgomaestre recalcitrante, energúmeno y estúpido que acabó con todo: “Qué acabaran con tanta alcahuetería. Que era una estupidez 22 hombres en calzoncillos detrás de una pelota.” Y dicho y hecho, destruyeron las luminarias (se cree que era la primera cancha iluminada del país) y el abandono terminó con las graderías. Se siguió jugando por mucho tiempo hasta la fábrica dueña del terreno, lo pidió para seguir construyendo casas para sus trabajadores. Por un tiempo se jugaba en canchas prestadas, fue cuando don Yayo Medina cedió un terreno entre el Chuscal y el Tablazo que se adecuó para jugar, pero la lejanía creo conflictos en los equipos visitantes y también en los comarcanos hinchas del pueblo, fue allí, que nace la cancha en frente de don Ramón Tobón (Calabazo); el tradicional Deportes Copacabana con su uniforme rojo y blanco se diluyó y apareció con una juventud avasalladora el juventus, once muchachos que dejaron huella, por su técnica depurada. Cuando ésta, también desapareció para darle cabida a más viviendas en el barrio la Asunción, aparecieron las Unidades Deportivas para darle la estabilidad a las actividades atléticas en el poblado, sin que los luchadores de antaño por sacar adelante el deporte, vieran que sus anhelos han llegado a la cumbre.


Alberto.


 

jueves, 20 de abril de 2023

ERA FELICIDAD




 

Aquella niñez y hasta muy entrada la pubertad, era dinámica, casi, de fortaleza extrema. El Sitio de la Tasajera, permanecía en un estado bucólico, pastoril e idílico que hacía posible desfogar la intrepidez de los párvulos; rodeaban largas extensiones de mangas el caserío del centro del pueblo, con aquel toque verde que daba frescura e invitaba a la chiquillería al disfrute y a la creación de amistades desde que comenzaban a escoger los jugadores de partidos interminables, con aquel pico-monto o al apostar carrera al que llegara primero donde estaba la vaca estrellita mascando la hierba, semidormida, pasando el alimento de uno en uno los cuatro estómagos, más aún, en las caudalosas aguas de la quebrada Piedras Blancas en charco Verde, Charco Piedras o cualquiera otro construido por los críos en el largo trayecto desde la montaña, hasta la desembocadura en el río Aburrá. El baño escogido después de trepar por las riberas desde la entrada desde el puente de Imusa, se prestaba inmediatamente a las zambullidas, en el juego de la “Chucha” por entre piedras, zarzos, tuneros, plastas de boñiga, hasta que comenzaba la desbandada al oír: Tapada y me salgo sin ella; otros menos intrépidos, apostaban al que más durara dentro del agua, mientras aquellos, dormitaban encima de una roca al calor del sol ardiente del medio día a la vez, que secaban los calzoncillos cuando no llevaban la prenda indicada. Los alrededores estaban cercados por cultivos de caña de azúcar que arrancaban, pelaba y devoraban con la destreza de un conejo. No faltaba merodeando los charcos a dos personajes, eran “Magín” y Come Tierra, el uno observando sin malicia los juegos y el otro, encuevado buscando oro en las orillas.   

 

Muchos de los juegos eran inventados por la imaginación y otro tanto por la tradición. En las empresas botaban unas canecas grandes de cartón en que venían las materias primas, que unos anillos metálicos daban consistencia, de esos, se sacaban el aro para hacer nuestros “carros” dándoles velocidad impulsados por un gancho que asimismo le daba el rumbo; orgullosamente salíamos a hacer los mandados haciendo piruetas con ellos. Cuando aún se era escuelero en aquel refugio hermoso de la escuela de niños, se creó la costumbre de llegar a las carreras hasta la inmensa reja de hierro qué dividía la curiosidad de los infantes, con las carteleras en que anunciaban las próximas películas. Para aquella época lejana se hicieron de moda la Wéstern o película del oeste. En las fotos aparecían con sus vestidos, sombreros, espuelas, inmensos revólveres y bellos caballos los héroes de la conquista del Oeste, John Wayne, Roy Roger, Hopalog Cassidy y Tom Mix. ¿Vamos a venir? Era la pregunta y la respuesta: ¡si mi papá me da la plata! Todos quería ser valientes cómo aquellos vaqueros, de eso nace el juego “del camán”. Se formaba un grupo grade de niños y se dividían en formas iguales; había quienes tenían pistolas de carey idénticas a las originales, pero la mayoría con cualquier palito simulaban el arma. Se desperdigaban y empezaban a buscarse y cuando se detectaba al contrario le gritaba: “Camán, no se mueva y si no hacía caso, le “disparaban.” Caiga mijo, le decía y caía”. Aquello era la delicia en un mundo sin convulsiones y de una sencillez que daba alegría y absoluta paz.  


lberto

 

 

sábado, 1 de abril de 2023

USNZAS DE UN TIEMPO





 

No había llegado el momento de alargar los pantalones, eso lo mortificaba, quería ser ya un hombre para entrar a las cantinas y echarle 5 centavos al piano, hacer carrizo sentado a la mesa en el Café Pilsen que quedaba en lo que hoy es Palacio Municipal. Eran muchas cosas que haría cuando ya se pusiera sus pantalones largos, pero mientras tanto, seguiría arrastrando el carrito de madera traído del Niño Dios el diciembre pasado, mantener el taleguito hecho por la mamá para guardar las bolas compradas en el almacén El Niño, sin faltar el trompo Canuto, que don Lalo Sierra vendía cerca de su casa. Las expediciones del granuja por las calles, el parque y aún dentro del templo, eran los escapes de la mirada vigilante de los venerables padres que no pocas veces terminaron en pelas, pues ellos querían a toda prueba sacar hombres de bien; a la verdad, en Copacabana de aquel entonces, no había manera de que el mal se apoderara de una criatura inocente, la paz se descolgaba desde las altas montañas y se irrigaba por entre las rendijas de los portones llegando hasta los solares, para ir a descansar en la silla mecedora de la abuela que ya no estaba, pero quedaba el cristo adherido a la camándula de chumbimbas y en la mente los consejos dados mientras zurcía los calcetines; lo mismo hacía el viento que venía del norte, recalcaba en el zumbido y ronroneo cuando con suavidad besaba la copa de los árboles o la esbelta palmera, lo hermoso de la armonía en los hogares. No. No había peligro. Las semanas eran como calcada la una de otra, todo acontecía con irrestricta igualdad, a la salida de los educandos en las horas de la tarde, gritería; a las doce y a las seis, la sirena de Imusa era un faro para la feligresía; las sirenas de los carros de escalera cuando llegaban; las campanas de la iglesia, llamando a misa, Hora Santa, Trisagio y el rosario vespertino, cada uno se sabía de memoria el movimiento del poblado. ¡Absoluta paz!

 

No así los domingos. Todo cambiaba, hasta la actitud de las gentes. En los rostros se veían sonrisas, en los cuerpos se acoplaba la “muda” nueva o dominguera, por las bocacalles que conectaban con los campos, aparecías las bestias con carga de pan coger, la matrona de la estirpe horqueteada de medio lado a la silla en la bestia o las gallinas en las angarillas; el movimiento en las cantinas de obreros en busca de retozo mental del laboreo, en un juego de billar, agregándole unos buenos tragos acunados por tangos tristones. En el costado nororiental en frente de las cantinas en que la música “guasca” sonaba, hí mismo, debajo de los frondosos árboles de mango, estaban con su blancura, recuerdo de una estirpe paisa, los toldos. Ya el padre Sanín había terminado la solemne misa de 9 que era la misa mayor. Las viejitas camanduleras y chismositas hacía su acostumbrada reunión, los señores prendían su tabaco o el cigarrillo. En la esquina del café Pilsen empezaba a redoblar un tambor, la gente se iba remolinando alrededor del ejecutante. Había llegado el instante del Bando. Se dice que el primer bando viene del franco ban, haciendo referencia a un edicto o sea, comunicado oficial que da alguna orden; dentro del redondel de espectadores aparecía el secretario de la alcaldía casi siempre de gruesas gafas de carey con un manojo de hojas de papel tamaño carta u en ocasiones el mismo burgomaestre era el que iba leyendo el comunicado de restricciones para las comunidades, momento que no desperdiciaba algún politiquero para darse a conocer gritando abajo las medidas u en el peor de los casos, el borrachito que salía de la cantina y con entonado acento decía: “Eso no sirve pa puta mierda.” 


Alberto.

  


 

viernes, 17 de marzo de 2023

COS Y SERES INCRUSTRADOS

 


COSAS Y SERES INCRUSTADOS

 

Al sentarse a observar el jardín, que él llama mis chamizas, buscando tranquilizar su estado ciento de veces alterado ante los aconteceres de la época, período que desvirtuó todas las leyes, normas y cánones de la actividad humana, que servían en el ayer para socializar el respeto; mirando el salto de la lagartija de una mata a otra detrás de un pequeño insecto, el brotar de un capullo de la flor, el nacimiento en la crisálida de la mariposa o ver el amor de la abeja puesto al tomar el néctar que la hermosa flor le depara o el movimiento que el airecillo efectúa sobre las hojas, van calmando el desasosiego que la incompatibilidad con el perturbante periodo le golpea el ánimo, robándole en algunas noches la paz absoluta del sueño, es ahí, que usando la reminiscencia, se traslada a la paz de la vieja Copacabana, empezando hacer extensos recorridos por veredas esquivando matorrales, quebradas, desfiladeros y hasta jauría de furiosos guardianes de sembradíos; recorre calle por calle, mira sí en algún postigo alcanza a ver un rostro conocido aunque sea desfigurado por las arrugas o el cabello blanco, ahora, de aquella que se robaba las miradas de los mancebos; busca con avidez si está abierta siquiera una de las cantinas para echarle la moneda al piano, llegar al mostrador del cantinero amigo, saludarlo con afecto y pedirle un aguardiente doble; recorrer el alrededor del parque e ir divisando los antiguos caserones, mirar si en las bancas están su grupo de amigos de aquellas tertulias sencillas, acogedoras en que los chascarrillos hacía brotar la risa; el dolor no había hecho su penosa entrada ¡Todos estaban juntos!

 

En ese estado de meditación encaminó sus pasos por la orilla de la antes caudalosa quebrada de Piedras Blancas, por entre los guayabales alcanzó a ver un hombre semidesnudo, con una totuma sobre la cabeza, aguzó la mirada vio en la mano una media cuchilla y que, con cuidado, iba haciéndose el corte en el cabello. Sí, era Pacho Sengue, quién perdió la razón de forma misteriosa después de haberse ido a la ciudad de Cali, caminaba largas distancias usando la vía del tren, era apacible y solitario. Aquella imagen le recordó viejo consejo del tío aventurero: “Cuando llegue a lugar desconocido y le brinden algo, solo recíbalo con la mano izquierda”. Se encaminó con pasos lentos pero seguros hasta el edificio que albergó por mucho tiempo la entretención de los pueblerinos, y qué él, desde que salía a las carreras de la escuela de “don Jesús”, no podía pasar derecho, no. Ahí detrás de la pesada reja estaban las carteleras con las fotos de la película del domingo en matiné, vespertina y noche ¡Claro, el inolvidable teatro Gloria! Recuerda sus dos plantas abarrotadas en días de Sema Santa con la super producción “La Pasión de Cristo”, creía escuchar sollozos de las matronas, era tanto el recogimiento, que ni los fogoneros se atrevían a romper el silencio. Por mucho tiempo fue administrado por don Ramón Fonnegra y sus hijos, Toto, uno de ellos, era el maquinista del proyector ¿Quién lo dejó morir, por qué? ¡Démosle nuevamente vida!    


Alberto.


jueves, 2 de marzo de 2023


ESPIRALES DE HUMO.

 

Se había empezado los cambios naturales de la biología, los carritos de madera con que cargaba montoncitos de arena, jalados con una pita, se fueron adormir por la indiferencia del otrora niño, al rincón de san Alejo, la cauchera quedó chilingueando en el escaparate del olvido; los juegos de esconde la correa, botellón, pelota envenenada, escondidijos, pares o nones se fueron diluyendo como las bocanadas de humo del cigarrillo al ser lanzadas al aire, dejando el fuerte olor del alquitrán; a medida que la morfología iba cambiando las cosas que hacían feliz al párvulo, se disolvían envueltas en el vaho inhumano de la omisión, los programas radiales del Capitán Silver y Chan Li Po, no se estacionó más el dial en esa frecuencia; las entradas a la panadería La Reina en busca del “rollo” o el encarcelado se terminaron aunque al pasar sentía nostalgia de saborear aquellos encantos. En las proximidades de diciembre no le despertaban ese vibrar del corazón para pedir aguinaldos a la pajita en boca, tocar y no fruncirse, hablar y no contestar; esos simples instantes dejaron de hacer presencia en el mozuelo que empezaba a dibujar un ingenuo bozo. No tenía tiempo para oír las noticias de la Voz de Antioquia por Pablo Emilio Becerra o las de la Voz de Medellín narradas por Luis García, aunque aquellos informes hablaban con 15 días de retraso de la toma del paralelo 38 en la guerra de Corea. Él, a pesar de no poder al hablar esconder su piti-gallo, quería pensar como un hombre libre.

 

Decía Federico García Lorca “No hay nada más vivo que un recuerdo”, lo corrobora el hecho de tocar constantemente a las puertas del alma de quién les abre los portones y ventanas para que no encuentren empalizadas que obstruyan su llegada. En un instante se vino aquel, en que tomó el camino del hogar un día despejado, brisa con olor decembrino; junto a la virgen que le daba entrada a la pendiente del sedero al morro del cementerio, echó una mirada a la casa finca de “Mama Luisa”, al grupo nuevo de casas del naciente barrio de la Asunción y empezó a trepar. Blanco signo de pureza el lugar del descanso eterno, se sentó y estiró las piernas al borde del vacío del desfiladero. Lo arropó una estasis mientras se llenaba de ensueños. Lanzaba la mirada hasta donde el cielo se besa con la montaña allá al morro del ancón, en que la leyenda despertó la codicia; más acá la humareda del trapiche de los Gómez en el Cabuyal. No quería volar con la imaginación y sí, con alas propias; pasar por la vieja escuela y ver sus patios, elevadas puertas y ventanas, la fontana y los educandos en completa formación; poder tocar en elevada torre del templo los nidos de las golondrinas, pasar una y otra vez por la morada de la niña que admiraba; ver en los patios la laboriosidad de las matronas, llegar muy cerca donde nace el sonido del yunque, pasar rozando por sobre la blancura de los toldos domingueros aspirando su fragancia de autenticidad, dejando escapar un débil lamento que se vuelve grito al retornar a la realidad. Aquel recorrido quimérico pareciera tenía la intención de gravar estampas de un Copacabana que no volvería a ver, porque el poder de los años trasformaría hasta hacerla difícil de conocer. 


Alberto.       

 


 

miércoles, 18 de enero de 2023

RECOGIENDO INSTANTES


En el antojo de ir buscando con la lupa del alma, las cosas dispersas dejadas tiradas en el gobelino del tiempo, se encuentran instantes inolvidables ya sea por la felicidad causada, como esa lágrima que rodó tatuando para siempre la causa; esos dos actos normales en la actividad humana, van labrando la conformación de la personalidad, la amiga consejera que irá guiando sin reveses el normal comportamiento ante las vicisitudes. Al ir acumulando años va apareciendo la vejez, esa compañera posesiva que nos acompañará aferrada también a la evocación y sin ninguna cautela, se dedica a acopiar del tiempo hasta lo más insignificante dejado por el ayer olvidado en uno de los estantes del carcomido escaparate del corazón, ese núcleo ya semivibrante por el largo recorrido, es el que va clasificando con austeridad, sin odios, intrigas y menos perversidad, todo eso ha ido muriendo por la espiritualidad que el tic-tac del reloj implanta. No se busca hacer una catarsis con estas retroactividades recordatorias del Copacabana de entonces, es con serenidad tratar de no dejar morir sin ser saboreadas por los nuevos habitantes las etapas serenas de un poblado en que no había aflorado la locura de constituirse en una metrópolis con todas sus aberraciones, incertidumbres, edificaciones buscando el cielo, obstruyendo los rayos del sol y taponando el correr de la brisa con su olor a frutas. Se les puede relatar tantas cosas sencillas que se degustan con gusto supremo, como aquella, de sentarse toda la familia alrededor de la mesa a saborear los alimentos con final de cuentos de espantos.

 

Se dice, que don Salvador Tobón que seguramente fue un acaudalado para aquellas calendas donó al templo de Nuestra Señora de la Asunción, el hermoso sagrario del que también se comenta, tenía en su construcción 30 arrobas de plata, ese, que deslumbraron los ojos del niño aferrado a los brazos de la madre, los del escuelero en estricta formación, al púber cornetero de la banda marcial del colegio y al hombre cuando se despidió de la soltería cuándo pronunció el sí. Al mucho tiempo vio uno igual en Medellín en la iglesia la Candelaria siendo párroco Manuel José Betancur Campuzno nacido en Copacabana. En 1897 fue la fundación de la venerable capilla de san Francisco, para hoy serían 125 años, si la ambición no la hubiera hecho desaparecer con argucias dándole un tinte natural a su desplome; el padre Pacho en su estadía lo había reconstruido y reunió en él, varias obras pictóricas antiguas que creo nadie sabe que existieron y mucho menos su paradero… ¡la historia jamás perdonará al que la hiere mortalmente! La emisora Radio   Copacabana 1560 kilociclos, que nació en el antiguo edificio Consistorial, pasó a una parte de la sacristía por la bondad del padre Bernardo Montoya, pues el añejo lo pidieron; era para ese entonces el técnico Fran Bravo Barco, desde ese lugar se realizó la transmisión de las primeras educadoras de la Normal, con animación de la estupenda voz del locutor de la Voz de Antioquia, Luis Fernando Posada, el qué esto narra, libretos de Eduardo Fonnegra y dirección de Miguel Cuenca, fueron los primeros pasos de una transmisión a control remoto de la emisora. 


Alberto. 

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                           


 

viernes, 16 de diciembre de 2022

DESHILACHNDO EL TIEMPO



 

Cruzaron raudos la vega del río, él y Biyú el perro compañero, se sentaron a la orilla  a ver con detenimiento el juego de las olas y el remolino en el que bailaban las más dispares de las suciedades arrojadas irresponsablemente, veían como el agua unas veces las hundía y otras trataba de arrojarlas fuera para que dejaran de contaminar; el silencio del ruido entre ellos estaba presente, pero estaban comunicados con el corazón constantemente; la blanca cigüeña se posó en el empinado  sauce, en que su vaivén sensual le propinaba junto con el aire, la paz infinita del ensueño , ella, como ellos, oteaba el ambiente de calma en que solo la brisa movía las hojas de los arbustos, las afiladas de los cañadulzales y jugaba entre la corriente del afluente. Al frente de sus ojos estaba la ribera en que estaba el intrincado sendero del tren, con sus gruesos polines o traviesas que soportan los brillantes rieles en el que el monstruo movido por carbón de piedra, se desliza haciendo que la tierra tiemble ante su arrollador paso y el pito de gratitud cuando los pueblerinos izaban sus pañuelos en son de despedida. Los gallinazos avizoraban desde las alturas algo en descomposición para cumplir la misión de descontaminación, mientras las hormigas cachonas formaban caminos cargando cada un trozo de hojas, en unión envidiable; el perro con su ladrido le avisaba que por entre los matorrales brincaba el conejo para escabullirse a la cueva profunda, mientras divisaban a hombres semidesnudos a metros más abajo, dedicados a extraer arena y cascajo, dejando ver en su piel morena, las inclemencias del clima. Cogían la batatilla que comerían sus cobayos y regresaban al hogar.   

 

Las costumbres en el pueblo, se arropaban fuertemente con grandes cadenas de decoro, tratando de que el ambiente familiar, sus tradiciones ancestrales, no fueran hacer violadas por la llegada de fuereños. Un día grandes empresas hicieron petición para afincarse en el suelo fundado por el mariscal Jorge Robledo, los pequeños terratenientes pusieron el grito en las alturas, para manifestar el rechazo dijeron al unísono ¡NO! Aquellas compañías se apuntalaron en hermana población de Girardota. Era don Félix Montoya otro integrante de la cofradía de los transportadores en carros de bestia, que ya cansado por los años tomara la decisión de hacer acarreos dentro del área urbana o algunas saliditas por ahí cerquita puesto que su “macho” (mulo) brioso de otrora, era ya un animal cansino y no aguantaba viajes hasta la capital y él, tampoco. Se le veía cargando tejas y ladrillos desde el tejar de los Zapatas, arena, gravilla y cascajo a la orilla del río o ayudando algún trasteo de una familia. El niño lo tenía observado pues siempre tenía que pasar por el frente de su casa, deseaba estar sentado junto a don Félix, ahí, cerquita del animal y llegó el día. El viejo a pesar del genio disparejo lo dejó que se trepara y de un salto estaba en el lugar soñado. Caminaba lerdo, pesado y torpe en el andar, no escuchaba los hijueputazos ni el arre macho, entonces don Félix sacaba del descolorido carriel, un enorme clavo que iba a introducirse en las ya laceradas, magulladas y heridas posaderas única forma de empezar a trotar. Aquella experiencia que buscaba tener felicidad, le dejó un recuerdo triste al ver que al anciano lo pullan para que pueda terminar su destino.


Alberto.   


 

sábado, 26 de noviembre de 2022

Y...CÓMO NO LLORAR


¿Y…cómo no llorar?

 

Con el correr del tiempo se fueron desvaneciendo hasta perderse, actitudes y cualidades engalanadoras de los especímenes que ocuparon el espacio parcelado para acoger a los descendientes del alelado Adán y la pizpereta Eva. La honradez, un día amaneció completamente desvencijada, descompuesta, tanto, que ya nadie la reconocía; aquello de la fidelidad, le fueron cambiando de nombre y alegremente la llaman bobada; ¿Amistad? Ya no existe. Ahora es el fajo de billetes en el bolsillo, la chequera o el escalón social el que es “respetado”. La felicidad sincera, es un espejismo que atraviesa la mente haciendo ver una realidad inexistente; de un momento a otro se desprendió el alud del existencialismo, tapando todo aquello que antes era delicadas virtudes. Los cambios en la sociedad se iban haciendo visibles, primero en las grandes urbes, hasta irlos observando la forma atrevida en que trepaban a los riscos, murallas que guardaban la dignidad del campesino, que fue doblegándose pasivamente al sibaritismo, hasta el punto de renegar del surco, el arado, la parcela, el chiquero de los marranos; el gallinero y la recogida de los huevos, ya era tormento la búsqueda de la leña para el fogón de tres piedras y el Ángelus vespertino le dio paso a la aspiración de efluvios engañosos de bienestar irreal que al ir despertando, sé es ya un guiñapo, al que las miradas se pasean sin detenerse, dejando ver el signo del terror y miedo. El fin de la estirpe que llenó de gloria las gestas de la arriería y el abandono de la recua de mulas, hizo que el arriero solo perduraría en libros de lomos gastados en repisas desvencijadas de un corazón envejecido.

 

Mucho antes de que el llanto empiece a brotar y el espeso de las lágrimas nublen la mente, se debe ir entregando de aquel pasado en el villorrio de la virgen de La Asunción, acaecimientos del cuotidiano vivir, en los que se entremezclan alegrías desbordantes o penalidades, que son como los dos caminos transitables de la humanidad. El teatro Gloria, era ese sitio perfecto para que una sociedad pasiva, calmada y sin muchos lugares de esparcimiento, lo tomara como la zona de salvamento, a pesar de que las bancas estaban hechas más bien para incomodar que para dar descanso; las películas venían muy maltratadas y constantemente se reventaban, momento aprovechado por la chusma de los fogoneros para insultar a Horacio el cabezón con gritos ensordecedores, para calmar el instante se prendían las luces, acto que calmaba el ambiente. Aquella noche se había ido a ver: Yo maté a Rosita Alvírez, con Luis Aguilar, ese día la cámara pasó la cinta sin ningún tropiezo. Para llegar al hogar, debía pasar el hermoso puente de Imusa, la casa finca de mama Luisa y la bendita entrada al cementerio; en la parte alta del camino sinuoso, torcido y desigual, en la oscuridad atravesada por uno que otro cocuyo empezó a ver un bulto negro, el golpe sordo de una campana y una voz gutural llenándolo de pánico; volteo la cara al lado contrario de la aparición “fantasmal” corrió como un gamo dejando atrás la entrada a la Azulita, el puente de las Sinarinas, entró al hogar…al día siguiente supo que un señor había comenzado la devoción paisa del animero. ¡Esos sí son espantos! 


Alberto.   

 


 

viernes, 18 de noviembre de 2022

DESHOJANDO ALMANAQUES


DESHOJANDO ALMANAQUES

 

En los últimos tiempos se ha estado como a la espera de aquella carta, en la que entre líneas han de venir fragantes noticias allende de los mares, sin que las gaviotas estropeen su curso; es una carta ficticia, creada por la mente, en la que atraviesa el oscuro túnel del tiempo, para que renueve el ayer vivido, al hoy, añorando ver con claridad estampas escritas en mármol en el lindero florecido de épocas eco distantes. Cuando llega el oscuro fantasma del “cartero”, es a horas impropias, como aquella de llegar a media noche en medio de la oscuridad de la alcoba o a la modorra del mediodía cuando se escucha el taconear de la gente sobre el pavimento humeante; sin negar, se siente una felicidad de muchacho cagao hasta la crin. Se abre el pliego de ese ayer y van apareciendo ilustraciones, estampas y grabados desde los pantalones cortos con los bolsillos que estaban llenos de bolas roñosas, el trompo y la pita, la cauchera de cuatro ramales con la horqueta tallada con la efigie de mujer voluptuosa, hasta con roto incorporado para tocarse el “pipí”; así mismo, surge por entre gobelinos perfumados, el hogar paterno con sus costumbres, patios florecidos, bendiciones, regaños, ronronear de gato y ladridos, una mixtura soberbia de encantos quizás irrepetibles en el lapso que queda por recorrer. En esa esquela perfumada por el espacio, no puede faltar en el guion, los efugios de amores rechazados por la suegra con infinita crueldad, son todo aquello, la parafernalia que va endureciendo la personalidad para enfrentar en el futuro al monstruo de la realidad.

 

Al seguir avanzando en la lectura, llega el instante fatídico de otra tragedia casi en el mismo punto del de la escuela de niña, en el lugar de Cuatro Esquinas un poco más abajo de la cantina de “Molé”; un señor se subió a hacer un arreglo en un techo y por un descuido tocó las primarias de la energía y murió electrocutado, no deja de ser algo curioso, en tan corta zona, dos desdichas. En la epístola del tiempo con aquella hermosa caligrafía de la añoranza, aparen la alegría ingenua de saltar polines de la carrilera, unas veces para ir hasta Girardota y las más, para ir a Bello a ver cine en el teatro Rosalía o al Bello; cuando existía cansancio, se caminaba estableciendo equilibrio sobre el riel, aquellas paralelas aceitadas serían como todo un psicólogo para las generaciones actuales. Avanzando en la lectura de esa “carta” artificiosa, aparecen los juegos infantiles desarrolladores de la mente, espíritu y cuerpo, las niñas jugando: al lazo, con muñecas de trapo muñequero a las mamacitas, también la golosa y los niños, pirinola, botellón, pelota envenenada y con carritos en madera rústica, recogiendo arena de las construcciones, que, a la vez, amontonaba en las uñas las minúsculas niguas culpables de incitante rasquiña y dolorosas pelas.


Alberto.

 


 

domingo, 9 de octubre de 2022

BUSCANDO HORIZONTES



El hombre desde que pisoteo la tierra ha venido en crecimiento y con la rueda, se emberracó en busca de superación. En el tiempo que las miradas inquisitivas iban trasladando los instantes a la oficina central de la mente, quedaron el vocabulario, el atuendo, las costumbres familiares, comidas y el proceder de la añeja cultura. Sin hacer esfuerzo, aparecen esas estampas de esos ejemplares de la gallardía abrigados por la runa, carriel de nutria, peinilla envainada en la cartuchera de ocho ramales, acompañados por su prole y el caballito galapero que ya conocía todos los vericuetos del camino que los llevaría a la cabecera del pueblo y dejaba escapar un relincho al ver la cúpula de la iglesia, que sobresalía por encima de los tejados que resguardaban la honestidad; se escuchaban a lo lejos: “Pañe ese costal y arranquemos pal jilo, vusté sí ques bien langaruto”, era que ya habían asistido a misa y emprendían el viaje de regreso a la parcela sembrada de plátano, hortalizas, árboles de mango, naranja y mandarinas en que revoleteaban las abejas polinizadoras, colibrís, azulejos, “sangre toros”, toches y cuanta ave sintiera a su paso el deseo de saborear la dulzura esparcida en la heredad de la estirpe. Debajo de un árbol frondoso con ojos amodorrados, estaba la vaquita mascando sin finalizar el bocado de hierba, mientras con la cola espantaba los moscos, en la que el perro criollo redoblaba los latidos para dejar escapar su felicidad.  

 

Por la puerta falsa del caserón que miraba de frente el templo, de mañanita salía arriando las vacas, don Ramón Ríos (Ramoncito), con su figura cansada de años y aquella hernia inguinal que llenaba de interrogantes a los ladinos niños; se le veía abrir la alambrada existente después del histórico puente de Imusa, dejando que los rumiantes cuadrúpedos se adentraran por entre los guayabales que bordeaban la caudalosa quebrada de Piedras Blancas, él, envolvía el rejo, retomando el camino de regreso; por muchos años fue su disciplina y estampa que aún divaga por el sendero de la quimera. Las empresas llamaban a los trabajadores, con pitos y sirenas, los carros de escalera movían personas a fábricas de la ciudad. La Tasajera fue emporio de semejantes dedicados a elaborar productos de aluminio: ollas, poncheras, pailas y hasta ceniceros. Algunos de ellos, iniciaron sus propias empresas, tal es el caso de Pelgón (Pedro Luis González), empresa que llegó a figurar internacionalmente e Imelda, un caso de visión en un elemento de estrato campesino, iletrado pero de corazón futurista, (Eduardo Gómez); en un pequeño cuarto en que cabían un torno hechizo, una pulidora, él, y alguno de sus hermanos, fueron dándole vida a ollas pequeñas, medianas y grandes, portacomidas y poncheras que engrosaban los estantes de las cacharrerías en Medellín. Prueba innegable de la intrepidez, arrojo y bravura del pueblo antioqueño en que Copacabana está implantada por los vínculos de la hidalguía de un pueblo creador.


Alberto.

 






 

miércoles, 5 de octubre de 2022

EL MIRADOR DE LOS RECUERDOS.


Nunca se pensó que cabalgaría en el indómito corcel del tiempo, quien iba a cavilar que tomaría las bridas, correajes y arneses de épocas con sus segundos, minutos, horas, acumulando días hasta un siglo; ver en el sublime recorrido cruzar raudo el envejecimiento de rostros angelicales de aquellas bellas niñas de maleta, trenzas y zapatos brillantes, para ir a la escuela; el paso de ancianos gachos hoy, de amiguitos de juegos en las polvorientas calles o en el verde de predios amplios en que cabía la fogosidad de los mozuelos, mucho menos se visualizaba por allá en esa quietud de verde lago, el ir viendo en obituarios los nombres de seres apreciados, que dijeron adiós anticipado, cansados de la fragmentación y descomposición del humano mundo por la herida abierta en la unidad familiar, por la decadencia de la estirpe y el abandono total de la honestidad. Un día la geodesia del lugar de rezos de ángelus, de viviendas de techos históricos, el paso inseguro de personajes típicos, sonido de sirenas en carros policromos de escalera y de gentiles vecinos compartidores de viandas, desaparecieron del entorno como engullidos por una bestia mitológica.

 

Ya desde las cantinillas albergue de campesinos de día domingo, se apagaron aquellas tonadas tristonas y sentimentales que los pueblerinos llamaban despectivamente “Guascas”, para dar cabida a sones extranjeros unos y otros, a melodías con letras subidas de tono que no enternecen el alma y sí, alteran al monstro que llevamos dentro. El interior de la iglesia cambió, el altar hermosamente tallado en plata, no existe; el presbiterio ya no es resguardado de la ociosidad de los niños y a la vez servía para comulgar, por una barandilla de mármol, desapareció; la sonoridad de las campanas se dice ya no es la misma y los relojes no se ponen de acuerdo para dar la hora. creo que al progreso se le ha unido la rapiña y una fuerte porción de desidia, flojedad e indolencia por un pueblo que lo adormeció la intrusa tecnología mal usada ¡Oh Copacabana! El trote de las recuas de mulas sobre el pavimento ardiente del medio día, llevando en la angarilla el dulce alimento del trapiche, se desligó del encanto en el pentagrama del tiempo, cambiándolo por notas tristes que hacen que la melodía se vuelva apropiada en una sinfonía de horror. Cuando la existencia se vuelve extensa, te va mostrando con un índice tembloroso, que estás desvariando antes de llegar la decrepitud; el tiempo es arrollador, impetuoso y agresivo tal como una borrasca que todo aquello que se encuentre a su inhumano paso, será arrastrado con todo y sepas de los ensueños.


Alberto.  

 


 

domingo, 25 de septiembre de 2022

DESAZÓN

 


No es que se haya creado rancho aparte en el pasado, más bien, es un simple hecho de gratitud a la configuración de un conglomerado de caserones de calicanto y bahareque; de individuos procreados por el amor y paridos por la honestidad; mujeres forjadas para laboriosidad y arrulladas en la cuna de la dignidad; ese maremágnum de encantos, hechizos y sortilegios, hicieron nacer en un corazón de rapaz, un amor sempiterno por el villorrio bañado por un río y protegido como un búnker por montañas altaneras salpicadas por casitas de chimeneas, chambranas de macana, vaca cachi mocha, perro criollo y rezo del ángelus. Si no trajera ese ayer a revivir, a mostrar los encantos bucólicos y la armonía, la conciencia (juez implacable), daría una sentencia de culpabilidad que pagaría en la isla tétrica de la soledad en un lugar gélido. Rastreando en ese ayer se ve los alrededores del parque en la parte occidental con dos guayacanes amarillos, uno en frente de don Belisario Toro y un poco más abajo diagonal al kiosco, ahí en ese lugar, se llevaban a cabo peleas de boxeo montadas por el hermano de Julio Gaviria (Chonto) el singular arquero de fútbol; al frente de la anterior tienda de Luis Gil, estaba sembrado un algarrobo en que se oían cantar cucaracheros y los azulejos formaban nidos. Al oriente, los frondosos árboles de mango, hoteles cinco estrellas para todos los pájaros.

 

Siguiendo el recorrido por la antigua topografía del esplendido parque, están al frente del atrio los carboneros y entre ellos, unos que llamábamos “mionas”, ya que el fruto al apretarlo lanzaba un líquido, de lo que los niños hicieron un juego, causante de más de un disgusto y para acabar de ajustar, una pela al llegar al hogar. La quietud del parque de pronto se fue disipando, era el binomio de hombre y bicicleta que rodaban falda abajo en alocada carrera, ya las deslumbrantes por la parafernalia de los hermanos Montoya (Horacio y Genaro), que estaban llenas de pequeñas bombillas, farola, espejos, sillín acolchonado, retrovisores, parrilla y dinamo, admiración de todo el contorno, fueron proscritos ante la ola de velocípedos aparatos destartalados unos, algunos con manubrios encorvados y otros en buen estado, que inundaron las callejuelas del apacible poblado; culpable Jesús Gallego (Chucho) quien gozaba contando los pesos que pagaban los mocosos por un cuarto, media o una hora de alquiler y que algunas veces se extendía, porque habían unos lanzados que llegaban hasta Hatillo. Los niños enloquecidos por el alquiladero y los padres que se los llevaba el diablo. 


Alberto. 

 


miércoles, 7 de septiembre de 2022

HUBO UN TIEMPO


HUBO UN TIEMPO…

Corría el meridiano del siglo pasado, el acontecer exhalaba otro ambiente. Los hogares, seguían los ritmos de una batuta que ejecutaba los movimientos, con el saber del corazón y la responsabilidad. Existían escuelas y colegios en que se enseñaba primero la honradez, que, a contar el dinero, el respeto antes del poder. Las aves trinaban sin asfixia, el verde de los campos era el color natural, la nieve era perpetua, el agua corría a raudales; los niños jugaban ingenuamente por la cornisa de la imaginación. Las reuniones familiares, eran un festín de aprendizaje en donde los lazos de amistad, se ligaban hasta el pretérito. Para aquel entonces, las fincas enchambranadas eran sagrario de la heredad, reposo del carriel, ruana, machete y dados que rodaban lanzados por las manos callosas del campesino labrador de sueños e ilusiones, hoy, convertidas en lupanares de orgías promiscuas irrespetuosas del abolengo. 

 

Por las calles se caminaba con la cabeza en alto, llevando siempre una sonrisa al encuentro del trabajo honesto, sin negar un saludo a quien en la travesía se atravesaba. Simple gesto de urbanidad. Los asilos, eran lugares casi ociosos, pues las familias adoraban a sus ancianos ellos, representaban la hidalguía acumulada en el venerable patriarca, de caminar lento atiborrado de historia, que al narrarlas quedaban marcadas en el alma.

La niñez, correteaba alegremente fuera de temores, sin encontrar al paso libidinoso hambriento que mancillara la castidad de los sueños y borrara por siempre, la expresión de alegría en la faz angelical. Era satisfactorio, llegar al hogar perenne en que irradiaba el amor encasillado sobre el ejemplo y ser recibido en los instantes de angustia, por unos brazos de comprensión, prestos irrestrictamente a brindar ayuda. Hermosa y despampanante la lozanía de la mujer, maquillada por el poder de la naturaleza e irreprochable el donaire con que matizaba la pulcritud de su dignidad.  


Alberto.   

 


 

miércoles, 31 de agosto de 2022

BUCÓLICO



Idealizar aquel tiempo enredado en la zarza del recuerdo, ensalzar los parajes adyacentes enverdecidos de pastos, árboles frutales, surcos de pan coger, encumbrar la delicia del airecillo madrugador o ennoblecer el comportamiento de sus gentes, no se pueden llamar especulaciones, teorías o pensamientos de un maniático soñador, es la evocación genuina de quien vio con la mirada limpia de niño, esa, que apenas despierta asombrada ante las bellezas del entorno, traslada esas imágenes a la mente (potencia intelectual del alma), ahí se apertrechan para siempre, para con el correr del tiempo irse configurando como historias y depositarlas con amor entrañable a los nuevos habitantes, que sepan que hubo un ayer y…aquellos congéneres, vuelvan a vivir siquiera por un instante, la paz de ese entorno. Ante la mirada de delicia de los niños, iban pasando los entrañables carros de bestia que llegaban con una puntualidad militar, para entregar en las tiendas de abarrotes, situadas casi todas en la parte nororiental, los encargos hechos. Siempre llegaba de primero Germán Montoya con su jamelgo de inmensa contextura, mientras los otros, hermanos o sobrinos, contaban con mulas algunas de estas, con muchos años encima. A eso de las tres y media de la tarde, empezaban el retorno a sus hogares en el Pedregal condominio de esa acrisolada familia de cocheros fundadores del transporte en el Sitio y la ocasión de los párvulos que salían de la escuela de niños, que vivían por aquellos entornos, para colgarse por debajo del planchón, en el eje que unía las ruedas de madera, para viajar más rápido a tomar el “algo parviao” en el refugio del hogar, muchas veces bajados a punto de soga y de sobremesa, el hijueputazo.  

 

Cansado ya el sol de entrar a los anchurosos corredores enladrillados y visitar de una en una las amplias piezas de la casa, en que el cuadro del Corazón de Jesús daba la bienvenida, iba tenuemente la oscuridad apoderándose del espacio, era el mejor momento para que los infantes se tomaran por asalto las calles y más de medio parque; hacían aparición chiquillos de la calle de la Rosca, Chispero, la calle Mejía y comenzaban a jugar partidos de fútbol con pelota de números que siempre terminaban cuando el dueño de la bola porque iba perdiendo, la recogiera y se fuera. La cosa no terminaba ahí…se iniciaba el botellón que muchos al brincar aprovechaban para golpear con fuerza al inclinado en los glúteos, factor que prendía la pelea que se apaciguaba con el coclí:, el que lo vi lo vi y el que esté detrás de mí no pago. Las niñas en el quicio de la casa mientras tanto jugaban esconde la correa, a la gallina ciega o a las mamacitas; el ambiente era de agitación, movimiento, bulla y algarabía bajo la mirada escrutaste de los padres; algunas damitas casaderas se reunían en frente de los hogares a contarse de sus amoríos escondidos o a hacer coros con tonadas sentimentales. La noche se ponía oscura, pues el bombillo no alcanzaba a despejar lo lóbregue del momento, ese era el mejor instante y antes de ser llamados a dormir, jugar el escondidijo. Una noche como tantas se empezó el esparcimiento, el que le tocaba buscar iba descubriendo compañeritos en los puntos más extraños. La diversión consistía en escudriñar a los que se ocultaban hasta encontrarlos; uno a uno descubría…faltaba uno. Detrás del kiosco, nada; agazapado en los árboles, tampoco. Corría la noche y no daba con el último. No lo encontró porque el padre lo cogió de la oreja y lo llevó a dormir sin que él se diera cuenta…  


Alberto.

 

 

miércoles, 10 de agosto de 2022

ENSOÑACIÓN

 

Aquello era casi sagrado cuando daba principio un nuevo año. Según era el día, si lluvioso o de verano, se iba sabiendo como irían a hacer los meses del año; la palabra con que denominaban aquello era (era, porque con los daños a la naturaleza, eso ya no existe), les decían cabañuelas. Los campesinos sabían con exactitud los instantes de siembra y de cosecha, en los hogares no se conocía aflicción, desconsuelo ni congojas a la hora de hacer el mercado para apertrecharse de viandas, pues por la puntualidad del clima nada faltaba en las tiendas y menos en el mercado dominical, en que la naturaleza hacía gala de su magnanimidad. La inmensa plaza se veía colmada de todo lo que Dios dio para calmar la voracidad de los hombres; se entrecruzaban las elegantes damas acompañadas de sus consortes con las matronas de mantillas y los nietos, hasta florecientes damitas con vestidos alegres y hermosas sonrisas salían a hacer algún mandado. Aquella pasividad de Santo Domingo de la Tasajera, nombre que también le pertrecharon y habilitaron en los más tiernos años a Copacabana; los días de la semana, corrían como las aguas mansas de una quebrada de arroyos puros; antecitos de las doce, se veían pasar niños descalzos llevando portacomidas para los trabajadores de Imusa, corriendo antes que sonara la sirena. Desde la cantina de Tito, se dejaba escuchar un tango tristón y arrabalero.  

 

Cuando iban pasando las fragancias expedidas desde las cocinas en que hasta ollas de barro entraban en la cocción, de esas delicias de la comida paisa, entraba a sus anchas la modorra del medio día, a ese letargo, lo seguía un silencio sepulcral. Todo era desolación y sin quererlo, nostalgia. El sol cansado de iluminar los tejados pardos por el tiempo que cubrían la hidalguía, la nobleza y el señorío de sus habitantes, le iba dando paso a la oscuridad, era la hora precisa en que hacía su aparición Guillermo Toro con una extensa vara, derecha como su existencia, acondicionada en una de sus puntas, para ir juntando la cuchilla dejando pasar la corriente que iluminaba el “foco” (bombillo), para que una luz mortecina, vaga y alicaída dejara ver el frontis de los caserones, las bellas caras de las damitas y la alegría de los infantes que iniciaban el juego de pirinola, trompos y algunas veces pelota envenenada, que algunos padres no compartían por el peligro que podía representar. En la intimidad de la alcoba, la niña casadera se daba los últimos retoques con un rubor tenue en sus mejillas para esperar en la inmensa ventana “arrodillada”, al galán que después de muchos lloriqueos, los padres le dejaron dar la “arrimada”. Aquella estampa de sencillez que cobijaba diariamente el poblado se consumaba, con el acto de amistad y fraternidad entre los habitantes, cuando el niño pequeño de la familia Montoya, tocaba la puerta y decía: “Qué aquí le manda “miamá” esta mazamorrita.”


Alberto.

 


jueves, 28 de julio de 2022

COTIDIANIDAD



 

Ese nidito amado que sirvió para calentar las ilusiones del niño de cargaderas, al imberbe soñador de cuerpos voluptuosos, al joven incrédulo del contexto de la vida, de los devaneos del amor y desconfiado de la palabra lealtad, se quedó adorando para siempre ese terruño adormecido en los brazos de la brisa, en las caricias de la hidalguía y en la musicalidad de sus campanas. Era aquella época en el que el cruzar de las palomas en su vuelo, removían la tranquilidad del parque en que vacas, caballos y hermosas gallinas atisbadas por el gallo, pastaban en las mangas al frente de la telegrafía y al deleite de la mirada de los niños, que querían desfogarse al querer atraparlos; de pronto esa quietud acompañada de soledad, se interrumpía cuando unos cascos de caballo repicaban al cruzar camino al Cabuyal, lugar de origen de las elegantes damas montadas en sillas especiales echas para las amazonas doña Florentina Montoya y hermana; se perdían por el camino, pero aún perduran en mi recuerdo. En manos de chiquillos de escasos recursos eran trasladados los reclinatorios de las encopetadas señoronas, con mantillas negras de satín que cumplían el llamado de las campanas que Marquitos el sacristán, jalando los rejos, hacía desperdigar por todos los contornos del pequeño vecindario. Muy cerca del palo de mango en frente del café de la Pisca, estacionaba Juan Bobo con aquel carro antiguo convertible de capota de lona, hasta allí, llegaba el señor de “cachaco”, la esposa de vestido elegante con sombrero de pluma, redecilla o malla cubriendo los ojos, pasador plateado reteniendo el escote, guantes de cabritilla, zapatos medio tacón y los dos niños de pantalón corto con botas de charol, iban para Medellín a la fotografía Rodríguez, con el objeto de una foto del grupo familiar.

 

El trasporte de Sitio eran aquellos pintados de hermosos símbolos, emblemas, jeroglíficos, paisajes campesinos, imágenes del santoral o algunos de humor cruel; eran los Gaviria, los Toro, los Mesa y Arango los dueños de los históricos carros de escalera que rodaron por la polvorienta carretera vieja, aquella que pasaba por la zona de tolerancia de las Camelias, en que los mozuelos echaban habidas miradas a las damiselas de escotes profundos y baticas cortas, mientras las señoras se santiguaban mirando para otro lado; aquellas hermosas obras de arte, empezaron a tener problema en gran parte de la población. Mucho antes, los carros eran manejados por sus dueños, señores respetuosos, pero, todo cambió cuando los antiguos fogoneros tomaron la manija. Arrancaban antes que el pasajero (sobre todo los ancianos), pusiera los pies sobre la tierra, corrían como alma que lleva el diablo, las señoras llegaban con el corazón en la mano y despeinadas como sí hubieran visto al enemigo malo. El malestar iba creciendo…un día, la heladería La Mejor estaba llena personas que estaban en contra de la continuidad de aquel trasporte histórico de colorines; enviados de una empresa de buses modernos, quienes pagaban todo lo que se quisieran tomar hasta el de los pegajosos; ahí, murieron los 7 los 8 y nueve bancas, las sirenas en el capacete, el timbre de bicicleta jalado por una pita para anunciar la parada; se fueron despidiendo en penosa agonía, La Esmeralda y El Montecristo y como cuando el viejo se muere, se bota el bordón, llegaron los flamantes buses con dos pasajeros por puesto, terminando con la extensa banca en que todos compartían durante el viaje, principio de sociabilidad.


Alberto.     

 


 

viernes, 15 de julio de 2022

SON COSAS OLVIDADAS



 

Eran como gemelos el río y el tren; recorrían largas distancias uno muy cerca del otro, pasaban por poblaciones, sembrados de caña dulce y huertas campesinas; el uno cuando quería hacerse sentir agitaba sus aguas dejando escuchar el rumor de su caudal, el otro, era un monstruo negro que iba dejando escapar humo, mientras se escuchaba en los polines el traquetear al paso arrollador. De este último, es que Copacabana de antaño tiene los recuerdos más gratos y alguno por ahí enredado que marcó con lágrimas su estrepitoso paso. La estación estaba en la margen izquierda del río Aburrá, era una bella construcción que incitaba al descanso por aquella frescura que brindaban robustos árboles de mango, la cercanía al afluente lo mismo que a la montaña. En el frente, grandes y cómodas bancas para que todo el que iba a viajar, posara sus glúteos mientras compraba los tiquetes o a la espera de la llegada del mixto para subir ya fuera al vagón de primera que eran de color rojo o a los populares pintados de verde. Atrás, aquellos predispuestos para el transporte de equinos, bovinos y porcinos que iban directamente a la feria de ganado de la capital, también se acomodaban productos de pan coger y mercancías, de ahí el nombre del mixto. Cuando desde la lejanía se escuchaba el pito, se movilizaban al margen de los rieles, chiquillos y algunos mayores para ofrecer comestibles a los viajantes ya fuera los que venían desde Puerto Berrio o los de Medellín que viajaban a lugares antes de llegar al puerto.

 

Existía mucha actividad en aquella acogedora estación, sin faltar las lágrimas de recibimiento o despedida. Cuando el cha cha empezaba lo mismo que el escape de vapor, por las ventanillas rostros extraños aparecían y en sus manos blandía trémulos los pañuelos en signo de amistad y gratitud. El cadenero o frenero, tenía junto a la carretera que conduce a Girardota, un pequeño cuarto en que pernoctaba y manejaba gruesas cadenas para detener el tráfico cuando la locomotora estaba próxima. Desde la cancha de fútbol de la Pedrera, en que los caballos, yeguas, potrancas y muletos de Encarnación Mora pastaban, se escuchaba la gritería cuando el balón alcanzaba gran altura lanzado por Gustavo Puerta, era el tiempo en qué, el que más duro le diera para arriba, era el ídolo. Un día la inercia, pasividad y la paz de la antañona se llenó de estupor. Aprendimos a colarnos en el tren para ir a ver cine en Bello ya fuera al teatro Rosalía o al Bello, porque en el Gloria duraba mucho una misma cinta, de regreso el tren mermaba la marcha, ahí, nos tirábamos, llegábamos felices. Un muchacho bueno del Tablazo (Samuel Quintero), quiso hacer la misma travesura…cuando la locomotora mermaba la velocidad, él, se lanzó en forma contraria, rebotó y cayó debajo de los vagones perdiendo la vida; ese compañerito de escuela que lloraba cuando el maestro esgrimía la regla castradora de inteligencias al no saber la tarea, dibujó en el rostro lágrimas amargas en los educandos de la escuela de don Jesús, la de las inmensas paredes, grandes ventanales, acogedores corredores, su fresca fontana y la piscina de aguas limpias.


Alberto.